La gloria es fugaz, la oscuridad es para siempre
Napoleón Bonaparte
La gloria es fugaz, la oscuridad es para siempre
Napoleón Bonaparte
III/III
La mano de Napoleón Bonaparte se hizo sentir en la independencia de Iberoamérica, y las de muchos franceses vinculados a él aún más, ya que vinieron a estas tierras a luchar por la independencia.
En todo caso, las guerras de independencia fueron costosísimas y los nuevos países empezaron sus vidas republicanas con enormes deudas, y esta es una realidad que no han podido superar y que ha marcado su historia desde aquel momento.
Para financiar la independencia, de acuerdo con Alberto Acosta en su artículo La increíble y triste historia de América Latina y su deuda, desde “comienzos del siglo XIX fueron varios los compromisos financieros adquiridos en Londres, París, Hamburgo, Ámsterdam y Rotterdam”. En Gran Bretaña, por ejemplo, entre 1822 y 1825 se emitieron bonos por más de 20 millones de libras esterlinas, lo que equivale a unos 3298 millones de libras esterlinas o 4460 millones de dólares de 2026 y, para 1829 casi todos los nuevos países habían caído en cesación de pagos (default).
En su artículo titulado La deuda y el libre comercio como instrumentos de subordinación en Latinoamérica desde su independencia, Eric Toussaint afirma que: “Los banqueros británicos estaban bien dispuestos a arriesgarse en la organización de empréstitos para los nuevos Estados, en la medida en que eran meros intermediarios. Los títulos de los nuevos Estados eran vendidos en la Bolsa de Londres y su gestión les proporcionaba cuantiosas comisiones. Mientras que el tipo de interés practicado en Londres en el mercado interno, en el momento de la concesión de los préstamos, era de alrededor del 3 %, los tipos impuestos a los países latinoamericanos se elevaban, en general, al 6 % —siendo mayor el rendimiento real —, y las diversas comisiones casi llegaban del 8 al 10 % del monto efectivo obtenido por los banqueros en la venta de los títulos”.
Esta es una constante en la historia de América Latina y rápidamente vuelve a la mente la crisis de la deuda en la década de 1980. A principios de los años setenta, los países de América Latina, seducidos por los cantos de sirena de prestamistas internacionales contrajeron importantes deudas supuestamente para financiar su desarrollo. Era la moda, el dogma del momento, y solo una voz serena y solitaria se escuchó en la Asamblea General de las Naciones Unidas advirtiendo que esa no era la manera de financiar el desarrollo y que, además, representaba un altísimo riesgo: fue la voz del Dr. Reynaldo Galindo Pohl, Embajador de El Salvador ante las Naciones Unidas.
En los pasillos de la sede de las Naciones Unidas, los comentarios de otros diplomáticos latinoamericanos fueron fuertes, descalificadores e incluso burlones al afirmar, con fe dogmática, que el Embajador de El Salvador sencillamente no entendía la economía moderna, pero unos años después sus propios países estaban asfixiados por el pago de la deuda y habían caído en cesación de pagos, iniciando lo que se llamó la “década perdida”. El tiempo había puesto las cosas en su sitio y dejado claro que eran aquellos críticos los que no habían aprendido las lecciones de la historia.
En efecto, el estudio de la historia cuenta con muchos ejemplos ilustrativos de lo que sería el interminable ciclo de préstamos, pago de deudas y la contratación de nuevas deudas para pagar las anteriores que ha marcado la vida de las repúblicas latinoamericanas, tanto de habla española como portuguesa y francesa, y dos de ellos saltan a la memoria:
Primero: En 1824, la Provincia de Buenos Aires suscribió en Londres un préstamo por un millón de libras esterlinas (unos 18.5 millones de dólares de 2026). De acuerdo con Tomás Aguerre en su artículo Así fue la primera operación financiera internacional argentina, el objetivo del préstamo era “construir un puerto, fundar tres pueblos en la provincia de Buenos Aires y conectar la red de agua potable de la ciudad de Buenos Aires. El préstamo tenía una tasa de interés del 6% anual y requería un desembolso adicional del 0.5% por amortización. La casa británica tomaba el préstamo al 70% de su valor nominal y se cobraba intereses y amortización de dos años por adelantado”.
De esta manera, continúa diciendo Tomás Aguerre, “el Gobierno de Buenos Aires debió recibir £ 700.000 líquidas en oro, o sea $f. [peso fuerte] 3.500.000. Pero la casa intermediaria Baring Brothers, le va a retener el servicio de dos anualidades por adelantado, es decir £ 130.000. Entonces debía mandar el resto, o sea £ 570.000 ($f. 2.750.000). Pero hay un detalle…al que nadie le ha prestado mucha atención. Baring dice que los fondos que el Gobierno obtiene de la colocación del préstamo no se remitirán a Buenos Aires en oro sino en letras. Es decir, enviaba órdenes de pago a los comerciantes ingleses que vivían en Buenos Aires para que estos pagaran al Gobierno Provincial. Esos comerciantes no pagaban en oro. Estaban acá…justamente para exportar todo el oro posible. Y a la plaza de Buenos Aires le faltaba oro, como había dicho Hacienda para justificar la necesidad del préstamo, más que sobrarle. Los comerciantes ingleses pagaban en papeles de comercio, no en oro”.
De acuerdo con el Banco Provincia en el artículo Breve historia de la primera deuda argentina, esta deuda se terminó de pagar 80 años después de contraída, es decir, en 1904, con “un costo 9 veces mayor”.
Segundo. En 1804, recuerdan las Naciones Unidas en el escrito titulado La deuda colonial de Haití, 200 años después: ¿Ha llegado el momento de hacer cuentas?, Haití se independizó de Francia, pero el “17 de abril de 1825, bajo la amenaza de los cañones de la flota francesa, Haití aceptó pagar una indemnización de 150 millones de francos oro a la potencia europea. Oficialmente, esta suma debía compensar a los plantadores franceses por las ‘propiedades perdidas’ con la independencia de Haití, pero en realidad la cantidad era mucho mayor que las pérdidas sufridas”.
De acuerdo con Catherine Porter, Constant Méhuet, Matt Apuzzo y Selam Gebrekidan en su artículo The Ranson – The Root of Haiti’s Misery: Reparations to Enslavers (El rescate – La raíz de la miseria de Haití: Reparaciones a los esclavistas) que publicó The New York Times en 2022, esa cantidad superaba con creces los escasos recursos de Haití. Incluso el primer pago equivalía a unas seis veces los ingresos del gobierno ese año.
Pero ese era precisamente el objetivo y parte del plan: asegurarse de que la antigua colonia obtuviera un préstamo de los bancos franceses para realizar los pagos de la indemnización. Esto se conoce como la “doble deuda” de Haití, la indemnización y el préstamo para pagarla. Esto, continúan diciendo los autores del artículo, impulsó el incipiente sistema bancario internacional parisino y contribuyó a ahondar la pobreza y el subdesarrollo en Haití.
En 1838, la cantidad se redujo a 90 millones de francos oro, una cantidad que seguía siendo imposible para Haití. Sin embargo, los autores del artículo citado descubrieron que los haitianos pagaron el equivalente a 560 millones de dólares actuales. Además, hacen hincapié en que esa cifra no refleja la verdadera pérdida, pues si ese dinero se hubiera quedado en la economía haitiana y hubiera crecido al ritmo real del país durante dos siglos –en vez de enviarse a Francia sin recibir a cambio ningún bien o servicio- con el tiempo habría aportado la asombrosa cantidad de 21 mil millones de dólares a Haití.
De esta manera, muchos bancos lograron ganancias colosales, entre ellos el Crédit Industriel et Commercial, que ayudó a financiar la Torre Eiffel, pero afirman los autores, las riquezas de Haití también atrajeron a Wall Street, generando grandes márgenes para la institución que finalmente se convertiría en Citigroup. Así, desplazaron a los franceses y contribuyeron a la invasión estadounidense de Haití, una de las ocupaciones militares más largas de la historia de los Estados Unidos.
En su estudio titulado The Odious Haitian Independence Debt (La odiosa deuda de la independencia haitiana), Kim Oosterlinck, Ugo Panizza, W. Mark C. Weidemaier y Mitu Gulati hacen diferentes cálculos sobre el impacto que el pago de esa deuda ha tenido en Haití. Ellos estiman que de no haber tenido que pagar esa deuda, el ingreso per cápita de Haití, en 2028, sería de entre $4,600 y $8,100 dóalres, bastante más que los $1,496 de 2018, de acuerdo con cifras del Banco Mundial.
Fue solo en 1947, es decir, 143 años después de su independencia, que Haití terminó de pagar a Francia. Claramente, los haitianos no están donde están por tener menos capacidad que el resto de la humanidad, pues hay una larga historia que ha contribuido a llevarlos a su realidad actual: una historia tan incómoda que se prefiere no hablar de ella.
Sea como fuere, Napoleón es un personaje que se sigue estudiando sin descanso. Durante los cuatro años que fui jurado del premio literario Le Prix des Ambassadeurs en Francia, tuve la oportunidad de conocer y conversar con varios especialistas que han dedicado sus vidas al estudio de Napoleón. Uno de los que más llamó mi atención fue un profesor altamente especializado en los días de Napoleón entre su derrota en Waterloo (18 de junio de 1815), y su abdicación en la Malmaison (22 de junio de 1815). Fue en la Malmaison, la casa en las afueras de París que Josefina de Beauharnais, nacida en Martinica, había adquirido cuando estaba casada con Napoleón, años antes de que el Emperador la repudiara, donde encontró un breve refugio antes de ser exiliado en la isla de Santa Elena.
La mano de Napoleón en la independencia de Iberoamérica no fue intencional, pero fue importante. En 1806 ordenó la construcción del Arco del Triunfo. Allí están inscritos los nombres de 158 batallas y de 660 personas, la mayoría generales y oficiales de la Revolución, entre ellos, en el pilar norte, el del general venezolano Francisco de Miranda, Precursor de la independencia.
Napoleón murió el 5 de mayo de 1821 y fue enterrado en el Valle del Geranio en Santa Elena. Finalmente, el 15 de diciembre de 1840 fue sepultado en París cumpliendo así con la voluntad manifestada en su testamento: «Deseo que mis cenizas reposen en la ribera del Sena, en medio de ese pueblo francés al que tanto he amado». Está en una cripta de cuarcita roja bajo la gran cúpula dorada en el Domo de Los Inválidos (Les Invalides).
En cuanto a América Latina, pues sigue su camino, con aciertos y fracasos, adelantos y retrocesos, pero nunca sola, siempre acompañada, a veces estrechamente tutelada, desde fuera. Continúa sus intentos por construir Estados de derecho fuertes, con instituciones sólidas que hagan que el poder sea dilatado y dividido y sirva de firme cimiento para la edificación de democracias basadas en el imperio de la ley, pero con una permanente tensión, en ocasiones de extrema violencia, entre mantenerse con los rasgos semifeudales de la colonia o dar el salto definitivo a la modernidad.
Pese a todas las dificultades, la población de América Latina nunca pierde la esperanza, y todas las personas que no han sido tocadas por las vanidades son de una admirable nobleza.
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