En el mundo antiguo, los matrimonios de las familias gobernantes eran asuntos públicos de carácter político; a través de ellos establecían alianzas, fortalecían derechos dinásticos o modificaban el equilibrio de poderes. El primer matrimonio de Herodes Antipas fue con la hija del rey nabateo Aretas IV. Ese matrimonio le permitió a Herodes establecer una alianza con un reino vecino. Herodes decidió terminar con esa alianza al casarse con Herodías, quien todavía era esposa de uno de sus hermanos. La decisión provocó una crisis diplomática que posteriormente condujo a la guerra entre Herodes y Aretas. El historiador Flavio Josefo, en su obra Antigüedades judías, presenta estos hechos como un conflicto político y no meramente como un adulterio matrimonial.
Lo que movió a Herodes a divorciarse de su esposa, para después casarse con la mujer de su hermano, fueron consideraciones de cálculo político. Herodías poseía ascendencia asmonea, un linaje que remitía a antiguos héroes de la nación. Herodes vio que su matrimonio con Herodías podía hacerle ganar el apoyo de los sectores que recordaban con admiración a esos héroes antiguos y, de esa manera, fortalecer sus aspiraciones de poder. Lo que Herodes buscaba no era el amor, sino ampliar sus apoyos políticos. De manera que cuando Juan el Bautista lo increpó no lo hizo solo para denunciar una irregularidad sentimental, sino que para cuestionarlo por sus ambiciones políticas.
La crítica de Juan introducía un criterio superior: la permanencia de Herodes en el poder no demostraba que Dios aprobara su conducta. La expresión «No te es lícito» resultaba particularmente significativa. Juan no dijo simplemente que no estaba de acuerdo con Herodes, sino que apeló a una ley que también obligaba al gobernante. Su denuncia se apoyaba en la prohibición de tomar a la mujer del hermano mientras este viviera (Levítico 18:16). En otras palabras, Herodes podía disponer de soldados, cárceles y respaldo romano, pero no podía convertir sus deseos en justicia.
La autoridad política, por tanto, no posee capacidad para declarar bueno todo lo que hace. Puede legalizar una decisión, imponerla o silenciar a sus críticos, pero no puede librarse del juicio moral de Dios. Herodes podía presentarse como protector de su pueblo y aspirar al reconocimiento de rey. Sin embargo, Juan se negó a concederle legitimidad espiritual. No permitió que el esplendor de la corte, el respaldo de Roma o la propaganda ocultaran la injusticia.
El poder busca presentarse como necesario, benéfico e incuestionable; pero la palabra profética rompe esa apariencia y lo somete a evaluación. Juan logró con su predicación una inversión extraordinaria. En términos políticos, Herodes era quien podía interrogar, juzgar y encarcelar. Pero, en términos proféticos, era Juan quien pronunciaba juicio sobre Herodes. El tetrarca podía disponer de la libertad del profeta, pero seguía siendo el acusado ante la ley de Dios.
Herodes parecía poderoso y autoritario porque podía hacer su antojo, pero era moralmente débil porque era prisionero de su orgullo, sus juramentos imprudentes y la presión de su propia corte. Desde esa perspectiva, su conflicto con Juan sacaba a luz cómo operaba el poder injusto: desacreditando la crítica, intentando silenciarla y, finalmente, utilizando la fuerza para proteger su reputación. Pero, en el fondo de todo, Herodes sabía que Juan era un hombre justo y le temía.
Juan no solo estaba denunciando un adulterio, sino que algo mucho más profundo: la manera cómo se utilizaba el poder para adquirir más poder. Un asunto que estaba muy relacionado con las condiciones de vida de la población. Cuando las decisiones y actitudes personales de un gobernante comienzan a afectar la justicia, la dignidad humana, el bienestar común, dejan de ser asuntos exclusivamente privados.
De igual manera, las iglesias no deberían medir la justicia por la legalidad, popularidad o fuerza de un gobernante. Tampoco deberían conceder inmunidad moral a quienes ejercen cargos públicos ni guardar silencio para conservar beneficios. Cuando eso sucede, es cuando se necesita una voz profética independiente. El gobernante puede poseer autoridad política, pero nunca soberanía moral absoluta. Cuando el poder contradice la justicia, la tarea del profeta consiste en recordarle, con claridad y valentía: también tú estás bajo juicio, también a ti te obliga la verdad. Y, eso, fue exactamente lo que Juan el Bautista hizo.
Pastor General de la Misión Cristiana Elim.