No es un secreto cuál es la fórmula para lograr el desarrollo de una nación: regirse por un Estado de derecho, una economía de mercado y, como lo recalcó el rey Carlos III de Inglaterra en su discurso frente a las dos cámaras legislativas de Estados Unidos, apegarse a los principios básicos del cristianismo, la doctrina de la libertad y la democracia.
Fue gracias a la economía de mercado, a «la libertad de escoger», que Alemania pudo reconstruirse después del horror del nazismo. Esta fue también la fórmula que logró que tanto Japón como Corea y otros países de Asia salieran de las hambrunas milenarias.
La llamada «Revolución Industrial» fue obra de Adam Smith, el insigne pensador escocés que acuñó la frase: «No es debido a la bondad del panadero o del carnicero que tenemos pan y carne en nuestra mesa, sino a su deseo de ganar dinero y sostenerse». Este fue el gran motor del mundo contemporáneo, que hasta ese momento pensaba que acumular oro y bienes era la base del bienestar, en lo que se conoce como mercantilismo.
En tal sentido, la Revolución Industrial es una aplicación del capitalismo para lograr el bienestar de una mayoría humana a través del Estado de derecho y de leyes que ordenan muchas actividades, como, por ejemplo, las reglas de tránsito o las regulaciones sobre vuelos, transportes y atención médica. Siempre hay transgresores, pero las leyes los persiguen.
Las monarquías constitucionales, como las que rigen en Europa al día de hoy, se fundamentan en que los monarcas cumplen lo que la ley les estipula, dándoles el poder y el prestigio para mediar entre facciones políticas. El rey o la reina, además de ser los mejores vendedores de su país, siempre pueden reunir a los jefes de partidos políticos rivales y lograr que lleguen a acuerdos en beneficio de todos.