A las reinas de belleza no siempre les hacen preguntas para descubrir qué piensan. Muchas veces se las hacen esperando que tropiecen.
A las reinas de belleza no siempre les hacen preguntas para descubrir qué piensan. Muchas veces se las hacen esperando que tropiecen.
Existe la sospecha de que las coronas interrumpen la circulación de sangre hacia el cerebro. Basta que una mujer se coloque una, sonría y camine en tacones para que miles de personas concluyan que probablemente puede nombrar todos los tonos de labial, pero no los continentes. No importa qué estudió, en qué trabaja ni qué ha hecho antes del certamen. Primero es bonita; lo demás deberá probarlo ante un jurado popular que suele escribir “haber” cuando quiere decir “a ver”. La ortografía, al parecer, tampoco impide integrar el tribunal intelectual.
La reina de belleza vive bajo una presunción curiosa: es tonta hasta que demuestre lo contrario. Y deberá demostrarlo muchas veces, porque la evidencia vence rápidamente. Puede tener una licenciatura, dos maestrías y una carrera profesional, pero si se confunde durante treinta segundos frente a millones de personas, queda científicamente comprobado que dentro de su cabeza solo viven una banda, una corona y música de pasarela.
A un futbolista que falla un penal nadie le exige resolver una ecuación para conservar su dignidad. Tuvo una mala noche. A un presentador que se equivoca en vivo lo traicionaron los nervios. Un cantante puede confundir hasta la letra de sus propias canciones; sus seguidores explicarán que estaba cansado. Pero si una miss tropieza con una respuesta, no tuvo nervios ni un mal momento: reveló la verdad ancestral sobre todas las mujeres bonitas.
Tal vez el problema sea que nos cuesta aceptar que la belleza y la inteligencia puedan habitar el mismo cuerpo. Manejamos una especie de presupuesto universal de talentos: si alguien recibió pómulos, simetría facial y piernas largas, la naturaleza debió cobrarle con comprensión lectora. Sería injusto que una sola persona recibiera demasiado. Para tranquilizarnos, repartimos virtudes imaginariamente: ella tiene belleza; nosotros, por supuesto, profundidad.
También existe una trampa particular para las mujeres. La sociedad nos exige vernos bien, pero castiga que dediquemos tiempo a conseguirlo. Debemos maquillarnos sin parecer superficiales, arreglarnos sin demostrar esfuerzo y ser bonitas como si hubiera ocurrido por accidente. Si una mujer conoce de ropa, maquillaje o peinados, esos conocimientos no se suman a los demás: los sustituyen. Un hombre puede saber de fútbol, relojes y automóviles sin que nadie cuestione su capacidad intelectual. Una mujer distingue bases de maquillaje y, aparentemente, pierde el derecho a comprender la economía.
Los certámenes colaboran con el prejuicio cuando pretenden medir pensamiento con una pregunta improvisada de veinte segundos. A una candidata pueden preguntarle cómo alcanzaría la paz mundial justo después de desfilar en traje de gala, bajo reflectores y sabiendo que cada pausa será convertida en meme. Debe ser profunda, espontánea, breve, encantadora y gramaticalmente impecable. Hay tesis doctorales que necesitan trescientas páginas, pero ella debe solucionar la desigualdad antes de que termine la música.
Por supuesto que algunas reinas de belleza dicen tonterías. También las dicen médicos, abogados, periodistas, diputados y personas que ponen “universidad de la vida” en su perfil. La diferencia es que la torpeza de un abogado no se utiliza para demostrar que todos los abogados son idiotas. La respuesta de una miss, en cambio, se archiva como evidencia contra el gremio completo y reaparece cada temporada de concursos.
Además, las respuestas inteligentes casi nunca se vuelven virales. Nadie comparte con entusiasmo el video de una candidata articulada, informada y serena. No confirma nada divertido. En cambio, una frase mal construida puede recorrer el mundo durante quince años, porque no circula para que conozcamos a esa mujer, sino para que disfrutemos sintiéndonos superiores a ella.
Quizá eso sea lo que más incomoda: una mujer bella e inteligente arruina el consuelo. Podemos tolerar su belleza si creemos que nosotros poseemos aquello que a ella le falta. Pero cuando también estudia, trabaja, opina y destaca, sentimos que alguien recibió demasiados premios durante la repartición.
A las reinas de belleza no siempre les hacen preguntas para descubrir qué piensan. Muchas veces se las hacen esperando que tropiecen. Si responden mal, son tontas. Si responden bien, memorizaron el discurso. Si hablan de su preparación, presumen; si callan, confirman la sospecha.
El concurso más difícil no ocurre sobre el escenario. Ocurre después, frente a un público que exige inteligencia, pero parece incapaz de imaginarla usando tacones.
Alejandra Gavidia
Consultora política y Miss Universo El Salvador 2021
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