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La IA, la Biblia y el Quijote

Las pantallas de Alonso Quijano eran sus libros de caballería, que le alienaron de lo cotidiano. Por eso necesitaba un Sancho a su lado, alguien que le retrotrajera a la realidad, que lo pusiera con los pies en la tierra.

Los seres humanos somos los únicos animales que nos cuestionamos sobre lo importante.Interpelaciones de fondo, con enjundia, de esas cuyas respuestas más que sosegar la curiosidad abren la mente a preguntas más complejas. 

Preguntarle a la IA, o a la Biblia, con ánimo de encontrar respuesta para las cuestiones vitales suele ser cómodo, pero provisional. Las respuestas que nosvalen no son las que algo externo a nosotros mismos nos da, sino las que uno encuentra, pensando, viviendo.


Vivimos a caballo entre dos dimensiones: lo material y lo inmaterial (o, si se quiere, lo espiritual). En la primera nos encontramos «cómodos» en la segunda nos sentimos «intrusos», hasta que pensamos.

Cuando reflexionamos, descubrimos el misterio de lo cotidiano, de lo trivial. Exactamente, precisamente,lo que nos descubren los pintores, los poetas, los artistas, quienes corren el velo y nos muestran desde la belleza, no desde el razonamiento o las matemáticas, lo realmente “real”.

Los niños son expertos. Se admiran de todo y descubren en todo, lo magnífico. En su imaginación, claro está, pero para ellos lo que piensan no es imaginario, es “verdadero”, porque lo es. ¿Se recuerda el lector de una de las más citadas frases de Nietzsche?: «La madurez del hombre es haber vuelto a encontrar la seriedad con la que jugaba cuando era niño». Pues eso. 

En un mundo mediado por pantallas, estímulos, velocidad e impaciencia, el recogimiento y la serenidad resulta ser el bien más escaso, más raro, el que nos abre a ese mundo inmaterial que por “invisible” no es que no sea. 

Se trata de poner atención en lo que realmente hay que fijarse y no en los fugaces estímulos, hashtags, viralidades y trending topics que inundanredes y conversaciones, memes y TikToks, que nos alienan y nos impiden “mirar”. 

Mitos, símbolos, palabras, leyendas, narrativas, han mediado siempre entre la realidad y el ser humano pues este sabe que siempre, detrás de lo que ve, hay más. 

Hoy día, lo que media son las pantallas, una realidad no real (todo el mundo lo sabe, pero le da lo mismo) en la que «se está cómodo», pero que, por su constante mutación, necesita una igualmente perennerenovación; un renacer representado fielmente por la actualización de la imagen en cada pantalla que, por la velocidad a que se da (cosas de la técnica) nos parece que siempre está allí aunque, lo que de verdad sucede, es que está aparece y desaparece insesantemente. 

Como se expresa con lucidez un pensador contemporáneo, los hombres necesitamos un metaverso para poder acceder al universo. Fue el mito, fue la creencia, fue la ciencia… ahora es la imagen mediada por lo cibernético presentada con propósito. Mediada, siempre.

Las pantallas nos atraen y nos son útiles, porque en realidad nunca vemos nada directamente; siempre recibimos la realidad mediada, filtrada, matizada… Antes podía haber sido un relato, una cosmogonía, un imaginario colectivo. Ahora también, pero en la palma de la mano, en la pantalla que nos muestra el mundo“tal cual es” (y nos lo creemos).

El problema, en el fondo, no es que utilicemos las pantallas, sino que nos detengamos en ellas y que la imagen suplante la realidad. Y tan contentos.

Ya le pasó a Don Quijote, quien «se enfrasco tanto en su lectura, que se le pasaban las noches leyendo de claro en claro, y los días de turbio en turbio y así de poco dormir y del mucho leer se le secó el cerebro…de manera que vino a perder el juicio». 

Las pantallas de Alonso Quijano eran sus libros de caballería, que le alienaron de lo cotidiano. Por eso necesitaba un Sancho a su lado, alguien que le retrotrajera a la realidad, que lo pusiera con los pies en la tierra.

¡Qué actual, qué perenne, es Cervantes y sus quijotadas!

Ingeniero/@carlosmayorare

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