Uno de los mayores problemas matrimoniales es que muchos no escuchan para comprender, sino para preparar la respuesta
Uno de los mayores problemas matrimoniales es que muchos no escuchan para comprender, sino para preparar la respuesta

Hay hogares salvadoreños donde no hace falta que tiemble para que todo se sacuda. Basta que el marido deje la toalla mojada sobre la cama, que la esposa pregunte dónde estuvo, que uno de los muchachos se termine la última pupusa o que alguien cambie el canal cuando estaban viendo el partido.
En menos de cinco minutos comienza una discusión capaz de involucrar a la suegra, al cuñado, a la vecina, al pastor y hasta al pobre chucho, que termina escondido debajo de la mesa sin entender qué delito cometió.
Todo comenzó porque alguien no lavó la taza del café, pero rápidamente salen a relucir problemas archivados desde 1999. La esposa dice: “¡Eso mismo hiciste cuando fuimos a la playa con mi mamá!”. El esposo, confundido, trata de recordar cuál playa, cuál paseo y qué hizo exactamente hace mas de 27 años. Al final, nadie sabe por qué comenzaron a discutir, pero ambos están enojados, los jovenes encerrados en el cuarto y hasta los frijoles se quemaron. La Palabra de Dios declara en Proverbios 22:10: “Echa fuera al escarnecedor, y saldrá la contienda, y cesará el pleito y la afrenta”. Este pasaje contiene una verdad sencilla, pero poderosa: cuando sacamos del hogar aquello que alimenta la contienda, también comienza a desaparecer el pleito.
Pero aclaremos algo: “echar fuera al escarnecedor” no significa sacar al marido con una bolsa de supermercado llena de ropa, ni mandar a la esposa para donde la mamá cada vez que se enoja. Significa expulsar de la casa el orgullo, la burla, el menosprecio, los gritos, las amenazas y esa mala costumbre de herir y después decir: “¡Ay, si solo estaba bromeando!”. Hay matrimonios que no progresan porque toda su energía se les va en pleitos. El esposo podría estar pensando en iniciar un negocio, aprender un oficio, conseguir nuevos clientes o buscar otra fuente de ingresos.
Pero pasa el día preocupado imaginando el recibimiento que le espera porque llegará cuarenta minutos tarde debido al tráfico del Bulevard de Los Próceres. Antes de entrar a la casa respira profundamente, apaga el carro y hace una oración parecida a la de Daniel antes de entrar al foso de los leones: “Señor, cierra la boca de todo espíritu de pleito que se encuentre detrás de esa puerta”. También hay mujeres que podrían estudiar, emprender, vender sus productos, administrar mejor los recursos y desarrollar grandes capacidades, pero vive con un hombre que critica todo lo que hacen.
Si la comida tiene mucha sal, reclama; si tiene poca, también. Si ella habla, dice que habla demasiado; si guarda silencio, pregunta por qué anda con aquella cara. Si se arregla, quiere saber para quién; y si no se arregla, le dice que ya no se cuida. ¡Así no hay mujer que encuentre la salida! Hasta el Waze se declara incapaz de señalar la ruta correcta. Cuando una persona vive bajo constantes reclamos entra en modo supervivencia. Ya no piensa en progresar; piensa en cómo evitar la próxima discusión. Ya no busca oportunidades; busca dónde dejó las llaves para salir rápidamente si comienza el pleito.
Su mente está agotada y su corazón vive a la defensiva. Y nadie puede construir un futuro mientras siente que su propia casa se ha convertido en un juzgado donde todos los días lo sientan en el banquillo de los acusados. En algunos hogares, la esposa ya tiene preparada la acusación, las pruebas, los testigos y hasta los alegatos finales. El esposo todavía no ha terminado de entrar cuando ella le dice: “¡Ya sé de dónde venís!”. Él apenas fue a comprar pan francés y dos empanadas de leche y tres de frijoles, pero se siente interrogado como si hubiera cruzado tres fronteras con documentación falsa.
En otros hogares es el hombre quien actúa como comandante. Todo tiene que hacerse cuando él dice, como él dice y porque él lo dice. Si alguien pregunta por qué, responde: “¡Porque aquí mando yo!”. Eso no es liderazgo bíblico; eso es una dictadura doméstica con control remoto incluido. Proverbios 21:9 afirma: “Mejor es vivir en un rincón del terrado que con mujer rencillosa en casa espaciosa”. La Biblia advierte sobre el daño que causa una mujer que convierte cada asunto en pleito. Pero la misma Palabra dice en Colosenses 3:19: “Maridos, amad a vuestras mujeres, y no seáis ásperos con ellas”. Por tanto, aquí nadie puede salir corriendo a subrayar únicamente el versículo que condena al otro.
Hay mujeres rencillosas, pero también hay hombres ásperos, indiferentes, irresponsables y tan poco comunicativos que para sacarles una conversación se necesita más paciencia que para hacer un trámite en una oficina pública. La unidad matrimonial exige que ambos examinen su propio corazón. Es fácil decir: “Pastor, predíquele a mi esposa porque ella necesita escuchar esto”. Mientras tanto, la esposa piensa: “¡Aleluya, hoy sí le cayó la pedrada a este hombre!”. Pero el sermón no fue escrito para que cada uno se lo aplique al otro. La pregunta correcta no es: “¿Qué debe cambiar mi cónyuge?”, sino: “¿Qué debo cambiar yo para que vuelva la paz a mi hogar?”.
Proverbios 14:1 declara: “La mujer sabia edifica su casa; mas la necia con sus manos la derriba”. La mujer sabia no es la que aguanta abusos ni permanece callada ante la injusticia. Es la que sabe expresar su inconformidad sin despedazar la dignidad de su esposo. Puede decir: “Necesitamos hablar de este problema”, sin agregar: “¡Porque vos nunca has servido para nada!”. Una cosa es corregir una conducta y otra muy distinta pasarle el tractor emocional a la autoestima del cónyuge.
El hombre también tiene el deber de edificar. No puede pedir una mujer amorosa mientras él se comporta como si viviera en una pensión donde solamente llega a comer, dormir y preguntar si ya lavaron la camisa. Debe involucrarse en la crianza de los hijos, conversar, escuchar y participar en las responsabilidades del hogar. Ayudar a lavar los platos no disminuye su hombría. Ningún hombre ha perdido la autoridad espiritual por agarrar una escoba. Si acaso, puede perder el equilibrio si no sabe usarla, pero eso ya es otro asunto.
Uno de los mayores problemas matrimoniales es que muchos no escuchan para comprender, sino para preparar la respuesta. Mientras el otro habla, ya están cargando el cañón. La esposa dice: “Me siento cansada”, y él responde: “¿Cansada de qué?”. ¡Grave error!
Esa pregunta puede convertir una conversación sencilla en una cadena nacional de reclamos. El hombre también dice: “Estoy preocupado por el dinero”, y ella responde: “Pero para andar con tus amigos sí tenés”. En ese momento desapareció el diálogo y comenzó la tercera guerra mundial, edición colonia salvadoreña. Efesios 4:31-32 ordena quitar la amargura, el enojo, la ira, la gritería y la maledicencia, y manda que seamos misericordiosos y perdonadores. Esa es la verdadera limpieza profunda que necesitan muchos hogares. Hay que sacar la lista histórica de errores, las comparaciones con otros matrimonios, los consejos de personas resentidas y las indirectas publicadas en redes sociales. Facebook no es terapeuta matrimonial.
Pero aun así sube a las historias: “Algún día sabrán valorar lo que perdieron”, no está resolviendo nada; solo está invitando a los vecinos digitales a sentarse con palomitas para ver el siguiente capítulo. El Señor Jesucristo debe ser verdaderamente el centro del hogar. No basta con tener una Biblia abierta en el Salmo 91 mientras en la cocina se están diciendo hasta de qué se van a morir. Tener a Cristo en el centro significa obedecerlo: amar, servir, escuchar, perdonar, hablar con verdad y tratar al cónyuge con misericordia. El matrimonio cristiano no es el que nunca discute, sino el que no permite que la discusión destruya el pacto.
Por eso, echemos fuera al verdadero escarnecedor. No echemos a la esposa ni al esposo; echemos el orgullo, la burla, la violencia, la aspereza y el desprecio. Dejemos de gastar las fuerzas peleando por todo y comencemos a usarlas para construir algo juntos. Tal vez la familia no esté estancada por falta de oportunidades, sino porque toda su energía se consume en discusiones que no llevan a ninguna parte.
Cuando cesa la contienda, la mente vuelve a pensar, el corazón vuelve a soñar y el hogar recupera su propósito. Un matrimonio unido no es aquel donde ambos piensan igual, sino aquel donde han decidido que ninguna diferencia será más grande que el pacto hecho delante de Dios. Porque cuando Cristo gobierna la casa, el orgullo pierde la silla, el pleito se queda sin comida y la familia puede volver a crecer, reír, soñar y progresar junta.
Abogado y teólogo.
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