Juan el Bautista irrumpió en el escenario de su tiempo con una predicación vigorosa, capaz de estremecer las conciencias y sacudir la indiferencia de quienes lo escuchaban. Su voz no invitaba a un arrepentimiento reducido a palabras o emociones pasajeras, sino a una transformación visible de la vida. El corazón de su mensaje podía resumirse en esta exigencia: «Produzcan frutos que demuestren arrepentimiento» (Lucas 3:8). El fruto es la única evidencia de que un arrepentimiento es auténtico.
Preocupados por la confrontación del mensaje de Juan, las personas se acercaban para preguntarle: «¿Entonces qué debemos hacer?». El Bautista no les recomendaba solo oraciones o cultos religiosos, sino que les hablaba de posesiones, alimentos, impuestos, salarios y uso de la fuerza. «El que tiene dos camisas debe compartir con el que no tiene ninguna—les contestó Juan—, y el que tiene comida debe hacer lo mismo» (Lucas 3:11). El verdadero arrepentimiento modifica la relación que las personas desarrollan con los bienes. No es suficiente lamentar el sufrimiento del necesitado: quien posee más de lo necesario debe responder ante la necesidad de su semejante.
La enseñanza de Juan constituía una crítica directa a la sociedad estratificada de su época, en la que las élites acumulaban excedentes mientras numerosos campesinos vivían al borde del hambre. La propuesta de Juan no consistía simplemente en volverse más religioso o hablar más de Dios, sino en formar una comunidad en la que los recursos no sirvieran como signo de distinción de los poderosos, sino para preservar la vida de quienes carecían de lo necesario.
«Llegaron también unos recaudadores de impuestos para que los bautizara. —Maestro, ¿qué debemos hacer nosotros? —le preguntaron» (Lucas 3:12). Los recaudadores eran piezas importantes del sistema de extracción económica imperial. Eran agentes locales que cobraban recursos a su propio pueblo en beneficio de los gobernantes romanos. Juan no les dijo simplemente que oraran o que fueran creyentes, sino: «No cobren más de lo debido» (Lucas 3:13). Su arrepentimiento debía verse en sus cuentas. Debían renunciar a convertir su cargo en una oportunidad de enriquecimiento injusto. Un mensaje muy importante para los oportunistas de todos los tiempos que están dispuestos a apoyar cualquier abuso si eso incrementa sus ingresos.
«Y nosotros, ¿qué debemos hacer? —le preguntaron unos soldados. —No extorsionen a nadie ni hagan denuncias falsas; más bien confórmense con lo que les pagan» (Lucas 3:14). «No hagan denuncias falsas», ¡cómo resuenan esas palabras de Juan en nuestros días! Los soldados poseen una ventaja decisiva sobre la población: pueden recurrir a las armas y a la autoridad. Juan les exigía dejar de utilizar esa desigualdad para beneficio personal. La fuerza recibida para ejercer una función no les concedía derecho a maltratar a los pobres.
Juan no le pidió a los soldados expresamente que abandonaran el servicio; sin embargo, confrontó las prácticas mediante las cuales el dominio imperial se hacía sentir en la vida cotidiana: la intimidación, el despojo, las acusaciones falsas y el uso abusivo de la fuerza. Su llamado al arrepentimiento no se redujo a la intimidad de la conciencia ni se limitó al abandono de ciertos vicios personales. Se extendió a la vida pública y política, pues exigía transformar la manera de ejercer la autoridad y poner fin al maltrato y al abuso contra el prójimo.
El historiador Flavio Josefo coincide con el relato de los evangelios cuando en su libro Antigüedades judías escribe: «Juan, llamado el Bautista, era un hombre bueno y exhortaba a los judíos a practicar la virtud, a obrar con justicia unos con otros y con piedad hacia Dios, y así acudir al bautismo». Josefo dejó un registro claro de que el bautismo de Juan no era únicamente un rito, sino la expresión pública de una vida transformada. Quien entraba en sus aguas debía salir dispuesto a compartir sus bienes, actuar con honestidad y renunciar al abuso del poder. Lastimosamente, las iglesias de hoy practican el bautismo solo como un rito de iniciación a una comunidad religiosa. No se debe negar su valor espiritual, pero tampoco hay que negar su dimensión social. Bautizarse no debería significar solamente comenzar una vida eclesial, sino comprometerse con una existencia justa, solidaria y visible, capaz de producir frutos que demuestren arrepentimiento.
Pastor General de la Misión Cristiana Elim.