La apertura hacia Europa no significó el final de la industria española. Significó su transformación y modernización
La apertura hacia Europa no significó el final de la industria española. Significó su transformación y modernización
Espero que hayan disfrutado de las vacaciones de agosto junto a sus familias y que hayan regresado sanos, descansados y con nuevos ánimos para retomar sus actividades.
Mientras muchos aprovecharon estos días para descansar, yo dediqué parte de mi tiempo a seguir las noticias sobre la industria alemana. Es un tema que me interesa especialmente porque en Alemania estudié, viví y trabajé durante casi diez años. Allí recibí una parte muy importante de mi formación profesional y humana, experiencia que después tuve la oportunidad de aplicar como ingeniero y consultor en España y en varios países de América Latina.
Casi todos los días aparecieron noticias sobre insolvencias, reestructuraciones o despidos en empresas relacionadas con la industria del automóvil e, incluso, en grandes fabricantes como Volkswagen, que ha anunciado una profunda reconversión, con una importante reducción de modelos y de puestos de trabajo. Un día la noticia era un fabricante; al siguiente, un proveedor de componentes; y después, una empresa de ingeniería o de desarrollo tecnológico. Son informaciones que inevitablemente llaman mi atención porque conozco desde dentro el funcionamiento de esa gran cadena industrial.
Muchos pueden estar interpretando estas noticias como el comienzo del declive de Alemania. Yo prefiero analizarlas desde una perspectiva histórica.
Cuando llegué a Alemania, a mediados de los Años Sesenta, el país vivía uno de los momentos más brillantes de su desarrollo industrial. El carbón, el acero, la industria química, las máquinas-herramienta, los equipos industriales, los ferrocarriles y el automóvil eran los grandes motores de su economía. La energía nuclear apenas comenzaba a desarrollarse y nadie imaginaba que algún día hablaríamos de energía solar, parques eólicos, biogás, inteligencia artificial, robótica, baterías para vehículos eléctricos o software industrial.
En 1972 entré a trabajar en el departamento de planificación central de una gran empresa alemana del sector del automóvil. Éramos cerca de cien ingenieros y yo era el único extranjero. Hoy, seguramente, una parte importante de esos profesionales tendría sus raíces en numerosos países.
Los primeros Gastarbeiter —trabajadores extranjeros invitados— que llegaron desde Italia, España, Grecia, Turquía y otras naciones ayudaron a construir la prosperidad alemana. Muchos decidieron quedarse y hoy ya existen tres generaciones de esas familias: abuelos, hijos y nietos nacidos en Alemania.
También fui testigo de otra gran transformación cuando, en 1986, España ingresó en la entonces Comunidad Económica Europea, hoy Unión Europea. Se decía entonces que algunas empresas desaparecerían porque no podrían competir; muchas tendrían que modernizarse y adaptarse, y otras nuevas nacerían para aprovechar las oportunidades que ofrecía el mercado común.
Y así sucedió. La apertura hacia Europa no significó el final de la industria española. Significó su transformación y modernización.
Hoy Alemania parece enfrentarse a un reto parecido. La competencia internacional, especialmente la procedente de China en sectores como el automóvil eléctrico, está obligando a revisar estrategias, acelerar la innovación y buscar nuevos caminos de crecimiento.
La generación que hoy tiene entre 25 y 35 años será la que, dentro de pocos años, ocupe muchos de los puestos de dirección. Ellos tendrán la responsabilidad de construir una nueva etapa industrial. Quizá el automóvil ya no sea el principal motor económico. Tal vez lo sean la inteligencia artificial, la automatización, la biotecnología, las energías limpias o industrias que todavía ni siquiera imaginamos.
Cuando observo esta transformación, recuerdo a mi perro Doggy. Después del baño, se sacude con todas sus fuerzas para quitarse el agua y, quizá, Alemania esté haciendo exactamente eso: sacudirse para adaptarse a una nueva realidad.
Las crisis industriales no siempre anuncian el final de una economía. Muchas veces anuncian el nacimiento de la siguiente.
Desde aquí, solo puedo desearle lo mejor a ese gran país, al que guardo un profundo cariño y un sincero agradecimiento por todo lo que me enseñó y por las oportunidades que me brindó.
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