Semejante marcador despierta fantasmas que los salvadoreños creíamos enterrados. Los que tenemos algunos kilómetros recorridos inmediatamente pensamos en España 1982, cuando Hungría derrotó 10-1 a El Salvador
Semejante marcador despierta fantasmas que los salvadoreños creíamos enterrados. Los que tenemos algunos kilómetros recorridos inmediatamente pensamos en España 1982, cuando Hungría derrotó 10-1 a El Salvador

Hay momentos en que uno deja de pedir un milagro y comienza a pedir misericordia. A El Salvador le pasó ayer exactamente eso. Cuando Guatemala metió el sexto gol, aquello ya no parecía un partido de fútbol: parecía una emergencia regional. Faltaba que apareciera la Cruz Roja detrás de la portería y que Naciones Unidas convocara al Consejo de Seguridad. 😂 Según cuentan, desde las graderías algunos jóvenes salvadoreños comenzaron a gritar desesperados: “¡Señor árbitro, por favor, pare esa masacre!”, mientras otro, quizá conservando el último gramo de esperanza nacional, pedía: “¡Árbitro, aunque sea denos una ayudita!”. Y es comprensible. Con el 1-0 usted todavía habla de estrategia; con el 2-0 pide cambios; con el 3-0 reclama actitud; con el 4-0 comienza a orar; con el 5-0 pregunta cuánto falta; pero cuando llega el sexto, hermano querido, usted ya no está pidiendo fútbol: está solicitando medidas de protección.
Lo extraordinario es que la misericordia terminó llegando desde donde menos esperábamos. El técnico de Guatemala, Luis Fernando Tena, contó posteriormente que, cuando el partido ya estaba 5-0, pidió a sus jugadores bajar las revoluciones y les dijo que “ya no corran”. ¡Imagínese semejante escena! Nosotros esperando que el árbitro hiciera algo y resulta que el técnico contrario prácticamente estaba diciendo: “Muchachos, suavecito, que también son seres humanos”. A esas alturas uno ya no sabía si agradecerle a Tena la consideración o pedirle que mandara también unas pupusas al camerino para terminar de consolarnos.
Naturalmente, semejante marcador despierta fantasmas que los salvadoreños creíamos enterrados. Los que tenemos algunos kilómetros recorridos inmediatamente pensamos en España 1982, cuando Hungría derrotó 10-1 a El Salvador. Los jóvenes que no sepan de qué estoy hablando pueden buscarlo en Internet, pero recomiendo hacerlo bajo supervisión de un adulto responsable. Y si encuentran el partido completo, tampoco están obligados a terminarlo. Hay sufrimientos históricos que basta estudiarlos; no es necesario revivirlos. Afortunadamente, una goleada tiene una ventaja maravillosa: llega el minuto noventa, el árbitro pita y se acabó. Usted sale del estadio, hace un par de memes, culpa al entrenador, a los jugadores, a la federación, al clima y, si todavía le queda indignación, hasta al pobre que vendía las pupusas afuera. Después duerme y continúa con su vida. Pero existen otros cinco minutos de locura cuyo silbatazo final puede tardar años en escucharse.
Y ese es precisamente el punto que quiero abordar. Ayer también conocimos otro hecho que debería hacernos reflexionar. Según la información divulgada por la Policía Nacional Civil, Nelson Antonio Polanco Cruz, de 61 años, fue detenido después de un incidente ocurrido en la calle del cantón Joya de Cerén, San Juan Opico. De acuerdo con la versión policial, habría amenazado con un arma de fuego a otro conductor que viajaba acompañado de su familia; la PNC informó sobre la incautación de una pistola y anunció que sería remitido por amenazas agravadas. Conviene hacer aquí una precisión elemental, especialmente desde la perspectiva jurídica: una cosa es el fragmento que muestra un video, otra la versión comunicada por la Policía y, una tercera, aquello que finalmente pueda establecerse mediante prueba dentro de un proceso. Una captura no es una condena, las redes sociales no son tribunales y la responsabilidad penal corresponde determinarla a las autoridades competentes después de reconstruir integralmente los hechos.
Dicho eso, el episodio permite hablar de algo que vale para cualquiera de nosotros: no regale su tranquilidad por una provocación. Vivimos en una época extraordinaria. Antes dos personas discutían en una esquina y los vecinos salían a ver; ahora también salen, pero llevan teléfono de alta gama, excelente resolución y vocación repentina de corresponsal internacional. Lo curioso es que esos teléfonos poseen una misteriosa habilidad para comenzar a grabar exactamente en el peor momento para usted. Nadie grabó cuando lo insultaron cinco veces. Nadie registró cuando usted intentó evitar la discusión. Nadie documentó aquellos diez minutos durante los cuales se comportó como candidato al Premio Nobel de la Paz. Pero pierda la cabeza durante quince segundos y aparecerá una cámara con una calidad que ya quisiera una cadena de televisión: 4K, acercamiento, cámara lenta, repetición y, antes de que usted llegue a su casa, medio millón de reproducciones y una música dramática que ni siquiera estaba sonando cuando ocurrieron los hechos.
Después aparece la defensa universal de toda persona que acaba de descubrir que fue grabada: “¡Es que ustedes no saben cómo comenzó todo!”. Y puede ser absolutamente cierto. Quizá existió provocación. Tal vez hubo una discusión previa. Posiblemente el fragmento difundido no refleja todo el contexto. Precisamente por eso los hechos deben investigarse y no sentenciarse desde TikTok. Sin embargo, queda una realidad incómoda: aunque la cámara no haya registrado cómo comenzó el problema, puede haber registrado perfectamente la reacción que después tendrá que explicarse. Y aquellos segundos que parecían insignificantes pueden terminar siendo examinados cuadro por cuadro por policías, fiscales, defensores y jueces.
Tenemos que abandonar, además, esa idea infantil de que retirarse equivale a tener miedo. Si alguien le pita en el tráfico, déjelo pitar. Si quiere demostrar que maneja mejor, que es más fuerte, más bravo, más macho y descendiente directo de Sansón por línea materna, dele el campeonato completo. Entréguele la copa, la medalla, el diploma y permita que dé la vuelta olímpica alrededor del vehículo si eso lo hace feliz. Usted conserve algo bastante más valioso: su tranquilidad. Porque mientras aquel hombre celebra que supuestamente ganó una discusión de tránsito, usted puede llegar a su casa, cenar con su familia y dormir en su propia cama sin necesidad de preguntarle a un abogado cuánto cobra por acompañarlo a una audiencia.
La prudencia debe ser todavía mayor cuando una persona porta un arma de fuego. Un arma jamás debería convertirse en argumento dentro de una discusión cotidiana. Desde el instante en que aparece, cambia radicalmente la dimensión del conflicto. Aquello que comenzó con un bocinazo, una mala maniobra o una palabra ofensiva puede desembocar en consecuencias que nadie imaginaba cuando empezó el pleito. Después vienen patrullas, diligencias, Fiscalía, abogados y audiencias; y cuando la familia intenta comprender cómo una tontería terminó convertida en semejante problema, aparece inevitablemente una pregunta dolorosamente sencilla: “¿Por qué no se fue?”
Esa pregunta deberíamos hacérnosla antes. ¿Realmente vale la pena demostrarle a un desconocido que tenemos razón? ¿Qué ganamos teniendo la última palabra? Hay personas que han comprometido años de tranquilidad porque no estuvieron dispuestas a sacrificar treinta segundos de orgullo. Y aquí adquiere un sentido completamente diferente aquella frase del técnico de Guatemala durante la goleada: “Ya no corran”. ¡Qué extraordinario consejo para tantos momentos de la vida! Hay discusiones en las cuales alguien debería aparecer desde nuestro banquillo mental y gritarnos: “¡Ya estuvo! Esto no va para ninguna parte”. Porque muchos problemas graves no nacen de un gran acontecimiento, sino de nuestra incapacidad para reconocer el instante preciso en que debimos detenernos.
La Escritura expresa esa idea con una profundidad que atraviesa los siglos: “El que tarda en airarse es grande de entendimiento; mas el que es impaciente de espíritu enaltece la necedad” (Proverbios 14:29). Observe que el texto no presenta el dominio propio como debilidad, sino como entendimiento. El sabio no es quien carece de emociones; es quien no entrega a la ira el gobierno de sus decisiones. Puede sentirse ofendido, provocado e incluso justamente indignado, pero comprende que ninguna de esas emociones tiene derecho a tomar el volante de su conducta.
Y quizá allí se encuentre la gran enseñanza detrás de estas dos historias tan distintas. En Guatemala hubo un árbitro que finalmente hizo sonar el silbato y terminó el partido. En la vida no siempre tendremos uno. Nadie necesariamente aparecerá en el segundo exacto para impedir que pronunciemos aquella palabra, hagamos aquel gesto o tomemos aquella decisión que después quisiéramos borrar. Por eso Dios puso dentro del ser humano una facultad mucho más importante que cualquier silbato: el dominio propio.
La próxima vez que alguien quiera sacarlo de sus casillas, recuerde entonces Proverbios 14:29. No piense primero en demostrar quién es usted. Pregúntese quién quiere ser cuando todo haya terminado. Porque el hombre grande en entendimiento no necesita ganar cada discusión; sabe distinguir entre aquello que merece ser defendido y aquello que solamente pretende arrastrarlo hacia la necedad.
Tal vez esa sea la verdadera victoria que muchas veces no celebramos. Llegar a casa sin haber permitido que un desconocido gobernara nuestro carácter. Sentarnos a cenar con nuestra familia sabiendo que una provocación terminó exactamente donde debía terminar: en ninguna parte.
Ayer, desde las graderías, algunos pedían:
“¡SEÑOR ÁRBITRO, PARE ESA MASACRE!”
Hoy la enseñanza es otra.
No espere siempre al árbitro.
Aprenda usted a hacer sonar el silbato.
Porque hay partidos que se pierden 6-0 y al día siguiente uno vuelve a trabajar.
Pero hay seis segundos de ira que pueden costarnos años de vida.
Y entre demostrar que usted tenía razón y regresar tranquilo a casa, recuerde la sabiduría de Proverbios:
el verdaderamente fuerte no es el que logra vencer al otro; es el que, pudiendo perder el control, todavía sabe gobernarse a sí mismo.
Abogado y teólogo.
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