El trato era sencillo: Trump y su secretario de Estado, Marco Rubio, ponían las condiciones para dirigir un protectorado gestionado por Delcy. Sobre papel había tres fases: estabilización, recuperación y transición.
El trato era sencillo: Trump y su secretario de Estado, Marco Rubio, ponían las condiciones para dirigir un protectorado gestionado por Delcy. Sobre papel había tres fases: estabilización, recuperación y transición.
Delcy y Jorge Rodríguez son dos suertudos. En los primeros días de enero cualquiera habría apostado que, ante las amenazas del gobierno de Donald Trump contra el chavismo, los dos hermanos tenían los días contados al igual que el entonces gobernante de Venezuela, Nicolás Maduro. A fin de cuentas, ambos formaban parte de su núcleo duro: ella como segunda al mando y él en calidad de presidente de la Asamblea Nacional de Venezuela.
Después del operativo militar estadounidense que el 3 de enero capturó a Maduro y lo trasladó a una cárcel en Brooklyn, lo que se esperaba (y parecía razonable) era que los hermanos Rodríguez serían los siguientes en enfrentar la justicia de Estados Unidos al ser cómplices de los atropellos y la trama de corrupción liderada por el gobernante depuesto. Pero ese guion contenía unos giros inesperados, aunque con el tiempo se ha comprobado que el dúo llevaba meses comunicándose con la inteligencia americana por canales extraoficiales para consumar la traición al sucesor de Hugo Chávez. Ninguno quería acabar compartiendo celda con Maduro y su esposa, Cilia Flores. El instinto de supervivencia les indicó que había llegado la hora de pactar con Washington.
El trato era sencillo: Trump y su secretario de Estado, Marco Rubio, ponían las condiciones para dirigir un protectorado gestionado por Delcy. Sobre papel había tres fases: estabilización, recuperación y transición.
En la práctica, la estabilización ha sido la de colocar a la dirigente chavista en el Palacio de Miraflores; la recuperación se traduce en la cantidad ingente de barriles de petróleo que Venezuela envía a Houston; en cuanto a la transición, eso está en veremos, que es cuando a Trump y a Rubio les parezca conveniente y siempre que ellos elijan a dedo a los sectores de la oposición venezolana que les consideran aptos para negociar con los chavistas reciclados.
De la noche a la mañana, en la ecuación dictada por Washington la líder opositora María Corina Machado –quien hasta en víspera del apresamiento de Maduro se erigía como la figura más reconocida para presidir un proceso de transición– se convirtió en persona non grata para la administración Trump. Aparentemente, la líder de Vente Venezuela no encajaba en los actuales tejemanejes entre Washington y Caracas.
En el curso de este guion que todavía gran parte de los exiliados venezolanos procura digerir entre el estupor y la frustración, ya no sorprende que Washington haya levantado las sanciones que estaban en pie contra el hermanísimo de Delcy. Poco a poco, la administración Trump se ha encargado de blanquear la imagen de quienes ahora trabajan a las órdenes del republicano. Era una maniobra necesaria con el objeto de que la “presidenta encargada” y su entourage pudieran pasearse en el hemiciclo de la ONU en Nueva York y posteriormente departir con Trump en un lujoso hotel sin temer una orden de detención. Delcy está a punto de asistir a la Cumbre Iberoamericana que se celebrará en Madrid los días 3 y 4 de noviembre, y ya tiene poco sentido clamar que se haga justicia contra ella y su hermano si la primera potencia del mundo, la misma que pedía sus cabezas hasta hace poco, no sólo los valida, sino que los premia. Es el júbilo que provocan la borrachera de crudo y las oportunidades de beneficios millonarios en un individuo como Trump, cuyas relaciones son puramente transaccionales.
¿Podría viajar María Corina Machado a Madrid y organizar una rueda de prensa paralela a la presencia de su némesis política? En la capital española reside el presidente electo, Edmundo González (¿recuerdan que no hace mucho ganó unas elecciones presidenciales en Venezuela que la comunidad internacional dio por buenas?), así como otros líderes del exilio que pudieran arropar a la opositora y sacarla del ostracismo a la que la ha condenado Washington. Porque, eso también conviene recordarlo, su imposibilidad para retornar a Venezuela, un hecho insólito que los países miembros del Escudo de las Américas prefieren minimizar con tal de no perder los favores de Washington, se debe a que los americanos le han puesto trabas. Delcy cumple con el papel de la Bruja Mala del Oeste (¿acaso María Corina es Dorita recorriendo el incierto camino de ladrillos amarillos?), pero no mueve la escoba sin el permiso de sus actuales capataces. El Mago de Oz que ocupa la Casa Blanca ha resultado ser un fraude. [©FIRMAS PRESS]
Gina Montaner (La Habana, 1960). Periodista y escritora. Desde hace más de cuatro décadas publica una columna semanal en el Nuevo Herald y en diversos periódicos en América Latina. Sus libros más recientes son No esperes por mí mañana (Planeta 2026) y Deséenme un buen viaje. Memorias de una despedida (Planeta 2024). En 2009 publicó la novela La mala fama (Plaza y Janés) y en 2006 coordinó y prologó Un día sin inmigrantes (Grijalbo).
*Twitter: ginamontaner
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