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El peligroso arte de compartir un café con alguien que tiene VIH

La ciencia logró convertir una infección que antes era devastadora en una condición tratable. Lo que no hemos logrado es actualizar la mentalidad colectiva al mismo ritmo

Hay miedos que la humanidad ha logrado superar. Dejamos de creer que la Tierra era plana, entendimos que los eclipses no eran señales del apocalipsis y, en algún momento, descubrimos que los sapos no producen verrugas por contacto. Sin embargo, en pleno siglo XXI, todavía hay personas que creen que compartir un café con alguien que vive con VIH es una especie de deporte extremo.


La escena suele ser fascinante. Son individuos que usan un teléfono más potente que las computadoras que llevaron al hombre a la Luna, tienen acceso a toda la información del mundo en el bolsillo y, aun así, continúan actuando como si el VIH se transmitiera mediante telepatía, miradas prolongadas o la proximidad de una cuchara.

Lo curioso es que muchas de estas personas no temen a cosas que estadísticamente son mucho más peligrosas. Manejan mientras escriben mensajes, se someten a cualquier cosa que encuentran en internet recomendada por un influencer sin formación médica y aceptan términos y condiciones sin leer una sola línea. Pero ahí están, aterrados por un abrazo.

El VIH tiene una capacidad extraordinaria para revelar una característica profundamente humana: la habilidad de conservar prejuicios mucho después de que los hechos los hayan dejado sin empleo. Porque el problema nunca ha sido únicamente el virus. El problema ha sido la imaginación colectiva.

Durante décadas se construyó una narrativa en la que el VIH era menos una condición médica y más una especie de castigo moral. Como si los virus revisaran expedientes éticos antes de decidir a quién infectar. Una teoría revolucionaria que, por supuesto, jamás se aplicó a la gripe, al cáncer de pulmón o a las enfermedades cardiovasculares.

Algunos se sienten obligados a investigar cómo se contagió una persona, como si estuvieran resolviendo un crimen internacional. Otros adoptan una expresión de falsa compasión que en realidad es puro morbo disfrazado de empatía. Y no faltan quienes reaccionan al diagnóstico ajeno como si acabaran de recibir una alerta de bioseguridad nacional.

Mientras tanto, la ciencia avanza con una paciencia admirable. Explica una y otra vez que las personas en tratamiento pueden vivir vidas largas y saludables. Repite que el virus no se transmite por abrazos, besos casuales, platos compartidos o apretones de mano. Demuestra que una persona con carga viral indetectable no transmite el VIH por vía sexual.

Pero los prejuicios tienen una ventaja injusta sobre los datos: no necesitan evidencia para sobrevivir. De hecho, parecen alimentarse de la ignorancia con una eficiencia que cualquier organismo vivo envidiaría.

Quizá por eso el verdadero problema del VIH en muchos lugares ya no es únicamente el virus. Es el estigma. Esa enfermedad social que lleva décadas resistiéndose a los tratamientos disponibles. Una condición que produce aislamiento, silencio, discriminación y miedo.

Al final, compartir una oficina, una mesa o una amistad con alguien que vive con VIH no representa ningún riesgo, pero compartir sociedad con la desinformación, en cambio, sigue siendo peligrosamente contagioso.

Y aquí es donde la conversación se vuelve incómoda. Porque si después de más de cuarenta años de epidemia todavía hay personas que creen que el VIH se transmite por compartir un vaso, quizás el problema no es únicamente la ignorancia individual. Quizás también hay que preguntarse quiénes han fallado en educar.

Durante décadas, los ministerios de salud, los sistemas educativos, las campañas públicas y buena parte de las instituciones responsables han tratado el VIH como un tema que aparece una vez al año en una conferencia, en una caminata con camisetas conmemorativas o en un comunicado para el Día Mundial del Sida. Luego desaparece.

Se distribuyen medicamentos, se presentan estadísticas y se celebran avances médicos —que ciertamente son importantes—, pero se invierte mucho menos esfuerzo en combatir la epidemia paralela: la desinformación.

Y es una paradoja extraordinaria. La ciencia logró convertir una infección que antes era devastadora en una condición tratable. Lo que no hemos logrado es actualizar la mentalidad colectiva al mismo ritmo.

Los laboratorios avanzaron. Los tratamientos avanzaron. La evidencia avanzó. El prejuicio recibió la invitación para avanzar también, pero decidió quedarse en 1987.

La pregunta que queda es por qué quienes tienen la responsabilidad de combatirlo parecen conformarse con administrarlo.

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