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Del atajo a la cárcel

Muchachos, no entreguen veinte años de libertad por un amigo que puede tardar veinte segundos en olvidar su nombre.

Jaime Ramírez Ortega

Hay jóvenes salvadoreños que quieren tener a los veinte años lo que a su papá le costó treinta conseguir. Quieren carro, motocicleta, iPhone, cadena, reloj, apartamento y vacaciones, pero cuando uno les habla de estudiar cinco años, hacen una cara como si la universidad hubiera establecido la carrera en cuarenta y siete semestres. Quieren ser empresarios, pero levantarse a las cinco de la mañana les parece explotación laboral. Quieren independencia financiera, pero todavía le gritan desde el cuarto a la mamá: “¡Mamá, deme para el pasaje!”. El problema no es querer prosperar; todo joven debería aspirar a vivir mejor que sus padres. El problema comienza cuando queremos el resultado sin soportar el proceso

Allí aparece inevitablemente aquel personaje que todos hemos conocido alguna vez: no sabemos dónde trabaja, nunca lo hemos visto trabajar, tampoco conocemos a nadie que trabaje con él, pero extrañamente siempre tiene dinero. Uno le pregunta: “¿Y vos qué hacés?”. Y responde con la descripción empresarial más sospechosa del mercado laboral salvadoreño: “Ahí andamos haciendo unas vueltas”. Muchachos, cuando alguien describe su fuente de ingresos como “unas vueltas”, no estamos precisamente frente al gerente regional de una multinacional.

El salvadoreño tiene además una capacidad extraordinaria para justificar cambios económicos que desafían las leyes de la contabilidad. El lunes el muchacho le pidió un dólar prestado para completar el pasaje y el sábado aparece en una moto que cuesta varios miles. La mamá, que quizá no estudió auditoría, pero lleva veinte años auditándolo gratuitamente, pregunta:

–“¿Y esa moto?”.

–“Es de un chero”.

Aparece con teléfono nuevo.

–“¿Y ese teléfono?”.

–“Me lo prestaron”.

Aparecen cien dólares.

— “¿Y ese dinero?”.

–“Me lo dieron a guardar”. 

En menos de una semana el cipote se ha convertido en administrador de bienes ajenos: no posee absolutamente nada, pero curiosamente todo lo ajeno permanece en su poder. Si la mamá continúa preguntando, llega la defensa jurídica universal: “¡Usted nunca confía en mí!”. No es falta de confianza, campeón. Es que los números no cuadran. Usted no puede tener ingresos mensuales de cero dólares y egresos mensuales de quinientos sin que hasta la calculadora comience a sospechar.

Ese deseo de conseguir rápido lo que normalmente tarda años es precisamente la puerta por donde entra el dinero fácil. Y la realidad salvadoreña reciente debería servir como advertencia. Entre enero y el 24 de julio de 2026, las autoridades reportaron 38 capturas de personas señaladas como distribuidores o traficantes de drogas; entre ellas aparecen jóvenes de 20 y 19 años e incluso un adolescente de 16. Naturalmente, una captura no equivale jurídicamente a una condena y toda persona conserva su presunción de inocencia mientras no exista sentencia. 

Pero las edades deberían preocuparnos. A los dieciséis años uno debería estar escondiendo las notas, no buscando quién lo defienda penalmente. A los diecinueve el gran drama debería ser que la muchacha a quien uno le escribió “buenos días, preciosa” contestó ocho horas después únicamente con un 👍. Esas son tragedias juveniles normales. Lo verdaderamente preocupante es que un muchacho comience su vida adulta aprendiendo antes qué significa audiencia inicial que qué significa cuenta de ahorro.

Hace apenas unos días, el 22 de agosto, fueron capturadas en San Miguel tres personas de 19, 21 y 23 años respectivamente durante un procedimiento en el cual la Policía reportó marihuana, una balanza electrónica, seis teléfonos, una motocicleta y dinero. Insisto: hablamos de personas investigadas, no condenadas. Pero el caso permite formular una pregunta dirigida a cualquier joven que esté contemplando meterse en ese mundo: ¿de verdad vale la pena? Porque el amigo que inicialmente le dice “solo acompañame” normalmente no le explica la segunda parte. 

Nunca comienza diciendo: “Mirá, necesito que me acompañés a realizar una actividad que eventualmente podría terminar incorporada como evidencia dentro de un proceso penal”. No. Dice: “Dale, maje, no pasa nada”. Esa frase debería imprimirse en todas las facultades de Derecho debajo de una advertencia: históricamente, después de esta expresión sí pasan cosas. Después viene la modalidad del favor.

“Guardame esta bolsita”. No. Su casa no es encomienda.

“Prestame tu cuenta para que me depositen”. Tampoco. Los bancos tienen cuentas disponibles y aire acondicionado.

“Llevame este paquete”. Llévelo usted, campeón.

“Prestame la moto para hacer una vueltecita”. ¿Dónde queda exactamente la vuelta? 

Y cuando finalmente aparece la frase: “No seas miedoso”, observe la extraordinaria contradicción: el hombre valiente necesita que usted cargue el paquete. Él es tan valiente que decidió quedarse esperando mientras usted se expone. Esa amistad necesita una revisión urgente. Porque la etapa siguiente ya no tiene tanta gracia. El 25 de agosto de 2026, la Fiscalía informó que 31 personas vinculadas a una red dedicada al narcotráfico fueron condenadas a penas que, debido a la concurrencia de diferentes delitos, llegaron hasta 81 años y seis meses de prisión. Uno de los procesados recibió 68 años, y otro, 47. 

Ese mismo día se informó sobre otro hombre condenado en Santa Tecla a 25 años de prisión, diez de ellos por tráfico ilícito de drogas y quince por un delito relacionado con armas de guerra. Aquí el famoso “dinero rápido” comienza a parecer el negocio peor administrado de la historia. Trabajar algunos meses para después entregar décadas de libertad no es rentabilidad. Si alguien le presentó eso como inversión, cambie urgentemente de asesor financiero. Y existe otro pequeño detalle que los amigos nunca explican mientras todo marcha bien. Antes de una captura todos son hermanos. “Vos sabés que aquí somos familia”. “Hasta la muerte, bro”. “Aquí nadie deja morir a nadie”. 

Parece una convención internacional sobre fraternidad. Pero aparece la Policía, comienza la investigación y ocurre un milagro de pérdida colectiva de memoria. “¿Usted conoce a Juan?”. “Lo he visto por ahí”. ¡Por ahí! Hace cuarenta y ocho horas Juan era prácticamente hermano de leche y ahora resulta que quizá coincidieron una vez comprando pan. “¿Por qué tiene treinta y siete llamadas con él?”. “No recuerdo”. “¿Y por qué aparece usted en esta fotografía abrazándolo?”. “No sabría decirle”. Muchachos, no entreguen veinte años de libertad por un amigo que puede tardar veinte segundos en olvidar su nombre.

Aquí nuestras madres vuelven a tener una ventaja extraordinaria. Una mamá salvadoreña no necesita software israelí para saber que algo anda mal. Usted entra a las dos de la mañana caminando despacito, se quita los zapatos, evita hasta respirar y cuando cree haber ejecutado el ingreso clandestino perfecto, desde la oscuridad se escucha: “¿Estas son horas de venir?”. ¿Cómo lo supo? Nadie sabe. La ciencia no ha logrado explicarlo. Y si usted trae una amistad nueva, la señora necesita aproximadamente seis segundos para emitir su dictamen: “Ese cipote no me gusta”. Uno protesta: “¡Pero si ni lo conoce!”. 

Tres meses después capturan al chero y la mamá no desperdicia semejante oportunidad histórica. Lo mira y pronuncia las cuatro palabras más insoportables del idioma español: “Yo te lo dije”. Y lo peor es que efectivamente se lo dijo. Unas cuarenta y siete veces.

Por eso deberíamos enseñarles nuevamente a nuestros jóvenes que andar en bus no es fracaso, trabajar por el salario mínimo mientras uno se prepara no es fracaso y tener un teléfono viejo tampoco es fracaso. Hay jóvenes salvadoreños levantándose antes de amanecer para estudiar y trabajar. Algunos llevan el teléfono con la pantalla tan quebrada que para leer WhatsApp necesitan inclinarlo hacia la luz y cerrar un ojo. 

Pero están libres. Hay muchachos que todavía no tienen carro y pasan cuarenta minutos esperando la ruta. Pero están construyendo algo. Hay jóvenes vendiendo comida, aprendiendo mecánica, electricidad, programación o inglés; otros manejan, trabajan en call centers, atienden negocios o estudian por la noche. Quizá hoy tienen veinte dólares en la bolsa. Pero son veinte dólares que pueden explicarle tranquilamente a su mamá, al banco, a Hacienda y, si fuera necesario, hasta al fiscal.

Nos hemos equivocado al hacer creer a los jóvenes que el éxito consiste en parecer rico rápidamente. No. El éxito consiste en construir una vida que no tenga que esconderse. No importa si a los veinte todavía anda en bus. Súbase. Algún día puede comprar carro. No importa si hoy almuerza pupusas en lugar de sushi. Le garantizo que el frijol con queso no aparece como antecedente penal. No importa si tiene que usar la misma camisa varias veces; existe una tecnología revolucionaria llamada lavadora. Lo importante es conservar aquello que después ningún dinero puede comprar: la libertad, el nombre y la tranquilidad de entrar a su casa sin estar mirando quién viene detrás.

Y por encima de todo esto está Jesucristo. Jesús hizo una pregunta que continúa siendo brutalmente actual: “¿Qué aprovechará al hombre si ganare todo el mundo y perdiere su alma?” (Marcos 8:36). Traducido al problema que estamos examinando: ¿de qué sirve conseguir en seis meses el dinero que después puede costarle diez, veinte o treinta años de libertad? Cristo no está condenando que usted prospere. Está enseñándole que ninguna ganancia merece que usted se destruya para conseguirla.

Así que, joven, tenga paciencia. Estudie. Trabaje. Aprenda un oficio. Ahorre cinco dólares si solamente puede ahorrar cinco. Escuche a su mamá. Y cuando aparezca aquel amigo con lentes oscuros a las siete de la noche diciendo: “Mirá, tengo un negocio donde se gana rápido”, haga algo profundamente espiritual, jurídicamente prudente y culturalmente salvadoreño: váyase para su casa.

Quizá llegue sin moto nueva. Quizá todavía tenga que pedirle a su mamá qué dejó de cena. Quizá mañana tenga que levantarse temprano para agarrar el bus. No importa.Porque más vale levantarse a las cinco de la mañana diciendo “qué sueño tengo”, que despertarse años después preguntando “cuánto me falta”. El dinero fácil tiene una publicidad maravillosa, pero una letra pequeña espantosa. El atajo puede terminar en el hospital, la cárcel o el cementerio. Y cuando eso sucede, siempre aparece alguien diciendo que aquel muchacho “tenía mucho futuro”.Precisamente. Tenía futuro. Por eso no había ninguna necesidad de cambiarlo por una “vuelta”.

Y si todavía duda, recuerde el consejo jurídico más antiguo, económico y eficaz de nuestras madres salvadoreñas:“Dejá de andar con esos vagos, buscá a Dios y ponete a trabajar”. No aparece en el Código Penal. Pero posiblemente ha evitado más procesos que muchos abogados.

Abogado y teólogo

Legales Obituarios Epaper