El TDAH, el trastorno de atención más hiperactividad, parece que se está terminando o, al menos, está dejando de ser un trastorno en el sentido literal del término.
De manera fáctica, que no científica, tengo la impresión de que ese desorden se ha convertido hoy día en una condición tan generalizada, que no pasa nada si lo sacan de la clasificación de trastorno (coloquialmente, claro está), tomando como razón el simple hecho de que se ha extendido tanto, que ha pasado a ser -estadísticamente hablando- de lo más normal.
Cierto temor a quedarnos solos con nosotros mismos, la respuesta casi inmediata a los reclamos incesantes del teléfono celular, la incomodidad que sentimos cuando hay silencio, el aislamiento que procuramos en medio de una conferencia, una clase, una reunión social para poder contestar un correo “urgente” o escuchar la última nota de voz recibida… más que causantes de nuestra fiscalización insaciable por saberlo todo, experimentarlo todo, enterarnos de todo… vienen a ser como los efectos visibles de una nueva forma de prestar atención.
Hoy día no es que haya crisis de atención, es que vamos “a salto de mata”, y nos parece lo más normal del mundo.
Nuestros períodos de atención son cada vez de menor duración, mientras el afán por conocer todo va en franco aumento. La hiperactividad se ha trasladado de los pies a los dedos, decía un amigo mío, al notar la velocidad con que las personas -sobre todo los más jóvenes, pero los mayores no nos salvamos…- cambian incesantemente la pantalla del teléfono mientras asisten a una clase, están sentados con otros a la mesa, o miran un partido de fútbol.
Juan Luis Vives, pensador medieval célebre no solo por su erudición sino también por la profundidad de su pensamiento, hablaba del “ars nesciendi”, el “arte de no saber”; y señalaba que, para saber, necesitamos tener la lucidez necesaria para saber que no sabemos, y desde allí alcanzar aprendizajes.
Pues bien, hoy día parece que hemos dejado de lado el “ars nesciendi”, madre de la “studiositas” entendida como el deseo moderado y serio de conocer la verdad, para caer en su opuesto: la “curiositas”; definida como el apetito desordenado y descontrolado de saber “cosas”.
Los clásicos no podrían haber previsto el FOMO (“fear of missing out”) o temor de no enterarse de algo, de perderse eso en lo que todos están. Sin embargo, caracterizaban la “curiositas” como la tendencia desordenada de saber para no sentirse menos que los demás (buscando el conocimiento para aparentar que somos mejores o que, al menos, pertenecemos al grupo). Además, claro está, de la pérdida de tiempo y recursos que supone detenerse en lo baladí, por no hablar de temas peligrosos para la propia paz mental.
Así, a la rampante crisis de atención podría imputarse la omnipresente crisis de profundidad en las relaciones interpersonales y en las relaciones con las cosas que nos rodean, pues ya no nos importa qué sea cada cosa, sino únicamente en cómo nos hace sentir, disfrutar, empoderar, o -incluso- en su capacidad (de las cosas) de ser compartidas por medios cibernéticos. Hace poco escuchaba, por poner un ejemplo, la propaganda en radio de un hotel que ofrecía un restaurante con los platillos más “instagrameables”… ¡¿en serio?!
Si nos dejamos llevar por la mentada “curiositas” nos jugamos mucho, pues con ella es imposible el verdadero conocimiento, el aprendizaje, las experiencias que nos enriquecen profundamente, el diálogo (pues solo es posible dialogar cuando los interlocutores están convencidos de que hay diferencias y coincidencias entre ellos y que se puede llegar a acuerdos mientras se mantienen las discrepancias), la convivencia, el enriquecimiento mutuo en las relaciones con los demás.
Quizá por esto parece tan fácil hoy día manipular a las personas o, al menos, vislumbrar que la “curiositas” de marras sea uno de los factores más importantes que lo posibilitan.
Ingeniero/@carlosmayorare