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Ciencias sociales, ¿para qué?

El problema es que quienes detentan el poder en determinado momento son poco dados a reflexionar sobre las posibles consecuencias de sus decisiones. Obnubilados por visiones de progreso, modernidad o seguridad desdeñan las voces críticas. Es más, en nuestro medio el éxito político y la popularidad tienen efectos narcóticos que fácilmente derivan en pretensiones de perpetuación en el poder.

Carlos Gregorio López Bernal, historiador. Foto EDH / Mauro Arias

La semana pasada el sociólogo Walter Fagoaga publicó un provocador artículo en el cual reflexionaba sobre las relaciones de la sociología con el poder y cómo algunos “académicos” afines al actual gobierno han renunciado al pensamiento crítico, de tal modo que ya no buscan comprender los fenómenos sociales, sino defender una posición política. La crítica no pretende “despolitizar” la sociología y las ciencias sociales; al contrario, la esencia de estas disciplinas es política en sentido amplio. Pero ese componente político pretende develar los rasgos profundos de la realidad social y, sobre todo, mostrar las contradicciones y abusos inherentes a toda estructura de poder constituida, ya sea económica, política o social.

Una sociedad como la nuestra, pletórica de inequidades, abusos y problemáticas acumuladas es un fértil campo de estudio para cualquier disciplina social. Hoy día, quienes detentan el poder se regodean de haber resuelto el problema de las pandillas. Un análisis superficial y complaciente diría que sí. Pero no debiéramos olvidar que detrás de ese fenómeno delincuencial hay causas estructurales: emigración, desintegración familiar, marginación social y otras. El sesgo punitivo y autoritario del gobierno se centrado en la represión y la cárcel, y ha hecho muy poco para atacar las raíces del problema. Se priorizan las soluciones rápidas, ciertamente necesarias, pero insuficientes. Un sociólogo comprometido con el poder, aplaudirá al gobierno. Uno comprometido con la ciencia dirá: eso está bien, pero no basta y explicará por qué.


Algo parecido sucede con el proceso de gentrificación del centro histórico. La narrativa oficial destaca el orden, la seguridad y el remozamiento de los espacios citadinos. Pero se ocultan los intereses que mueven esas iniciativas y, sobre todo, se ignoran las necesidades y aspiraciones de todos los “indeseables” que han sido desplazados de esos espacios, hoy cedidos a nuevos inversionistas. Hay un esfuerzo mediático para descalificar a los desplazados, especialmente, vendedores informales, que son presentados como sucios, desordenados, y proclives a actos y actitudes reñidos con el orden que hoy se pregonan. A algunos les indignan los abusos del CAM contra los vendedores; otros justifican esas acciones y asumen acríticamente la narrativa del orden. Lo peor es que muchos son pobres contagiados de aporofobia.

Las transformaciones en curso en el centro de San Salvador debieran convocar a las ciencias sociales. Ese espacio que se transforma (y que en cierto modo se destruye) tiene un pasado, tiene una historia que muchos desconocen; y que por eso no valoran. Comprender el uso, apropiación y significación de los espacios requiere el concurso de la antropología. Otra cosa es tener la disposición a asumir el reto u optar por temáticas menos comprometedoras.

En esta discusión, ¿qué papel juega la historia? Al ser una disciplina que estudia el pasado, fácil es creer que poco tiene que ver con los problemas actuales. Todo lo contrario, toda realidad del presente tiene un pasado. Por lo tanto, el componente histórico es indispensable para todo análisis que pretenda superar lo superficial. Un ejemplo obvio, la narrativa del actual gobierno y de sus acólitos tiene un sesgo presentista que salta a primera vista; es más, pretenden proyectar ese presente magnificado a un futuro, cuando mínimo esplendente. Por eso abundan expresiones manidas como “por primera vez”, “nunca antes”, “los mismos de siempre” y otras tan vacías como insostenibles.

En realidad, esa pretensión de distanciarse del pasado se debe a que este resulta incómodo, porque ese pasado, bien analizado, terminaría mostrando vicios y contradicciones que son consustanciales al grupo en el poder, comenzando por el presidente mismo. Hace poco leí a alguien que decía “el peor enemigo de Bukele, es él mismo en el pasado”. Con esto aludía a las flagrantes contradicciones discursivas del político cuando pretendía el poder y se mostraba hiper crítico de los vicios y mañas de los “políticos de siempre”, y sus acciones una vez instalado en la presidencia. Basta buscar en redes sociales lo que decía sobre temas como reelección presidencial, vendedores informales del centro histórico, fiscalidad, minería, etc. La distancia entre el Bukele político en busca del poder y el Bukele instalado en el poder es abismal. Para suerte suya, los salvadoreños padecen amnesia histórica.

Pero la historia sirve para mucho más que mostrar las contradicciones y ambigüedades de los políticos. Su aporte más importante es dar una perspectiva de larga duración a los problemas económicos, políticos y socioculturales. Un mediano conocimiento histórico permite escapar a las trampas del presentismo y poner en cuestión valoraciones absolutas. En perspectiva histórica es difícil encontrar algo realmente nuevo, como tampoco algo que permanezca inmutable.

El análisis histórico relativiza sin demeritar logros pasados y presentes, mostrando lo positivo de un periodo, pero también sus aspectos negativos. Por ejemplo, es innegable que la expansión cafetalera del último tercio del siglo XIX fue determinante para el crecimiento de la economía nacional, el desarrollo de infraestructura (carreteras, puertos, ferrocarriles y telecomunicaciones) y el fortalecimiento del Estado. La bonanza cafetalera se reflejó en las dinámicas urbanísticas de ciudades como San Salvador, Santa Tecla y Santa Ana. El Palacio Nacional, los edificios municipales, los teatros y hasta iglesias católicas fueron construidos con las ganancias derivadas del café. El trastocó la forma de vida de muchos salvadoreños y no siempre para bien. Se impuso la propiedad privada de la tierra; a la larga esto produjo la proletarización de indígenas y campesinos. La economía terminó dependiendo excesivamente del café. Esta debilidad se hizo aparente en la crisis económica de 1929. El café no produjo las brechas socioeconómicas, pero las amplió de manera singular.

Esta mirada crítica no supone negar lo positivo, mucho menos pugnar por el estancamiento aduciendo que cualquier cambio pueda tener efectos negativos. Implica reconocer y potenciar lo positivo y exponer los problemas y sugerir variantes que los aminoren. En la historia no hay predeterminaciones. Es más, el análisis histórico comparado demuestra que un mismo producto, para el caso el café, puede ser económicamente exitoso sin provocar crisis sociales. Basta comparar los significados sociopolíticos del café en Centroamérica. Mientras que en Guatemala y El Salvador el café se asoció con regímenes políticos autoritarios y represivos y con marcadas desigualdades sociales; en Costa Rica primero y en Honduras después, la caficultura tuvo connotaciones sociales positivas, en tanto que no provocó concentración de la propiedad y la riqueza, sino más bien la expansión de pequeños y medianos productores. Es más, en Costa Rica el café favoreció el desarrollo de un fuerte movimiento cooperativo, y en Honduras la permanencia de los ejidos como forma de propiedad de la tierra.

El problema es que quienes detentan el poder en determinado momento son poco dados a reflexionar sobre las posibles consecuencias de sus decisiones. Obnubilados por visiones de progreso, modernidad o seguridad desdeñan las voces críticas. Es más, en nuestro medio el éxito político y la popularidad tienen efectos narcóticos que fácilmente derivan en pretensiones de perpetuación en el poder. Hay tres casos que guardan sorprendentes similitudes: Gerardo Barrios en el XIX, Hernández Martínez en el XX y el actual. En los tres casos, carisma y popularidad justificaron la violación flagrante de la constitución y la concentración abusiva del poder. Sabemos cómo terminaron los primeros y el desenlace no fue favorable ni para los personajes, ni para el país. No digo nada respecto al presente, porque la historia no predice, a lo sumo sugiere tendencias.

Historiador, Universidad de El Salvador

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