Mundo volátil: ideas de Bauman explican la transformación de la juventud salvadoreña
El concepto de «modernidad líquida», formulado por el sociólogo Zygmunt Bauman para describir una era donde las instituciones, el trabajo y las relaciones pierden estabilidad, encuentra un reflejo directo en la juventud actual y la salvadoreña no es la excepción
A inicios del siglo XXI, el pensador polaco Zygmunt Bauman legó a las ciencias sociales una de sus herramientas interpretativas más potentes: la distinción entre la modernidad sólida y la modernidad líquida.
Durante décadas, el marco de vida de las sociedades occidentales estuvo delimitado por estructuras firmes, predecibles e inamovibles.
Es decir, en términos generales las personas construían sus trayectorias vitales sobre pilares comunitarios, matrimonios concebidos para toda la vida (se cumpliera o no, siendo feliz o no), un sentido de pertenencia institucional y empleos que prometían estabilidad desde la juventud hasta la jubilación.
Hoy en día, ese escenario se ha disuelto. La metáfora del fluido desarrollada por Bauman ilustra con precisión la época contemporánea: los líquidos no conservan su forma, se adaptan fugazmente al recipiente que los contiene, fluyen con velocidad y se desbordan con facilidad.
En la sociedad líquida, nada está diseñado para durar; el cambio continuo y la obsolescencia programada no solo rigen el mercado de bienes, sino también la construcción de la identidad, las trayectorias profesionales y la arquitectura de las relaciones interpersonales.
La Generación Z (los jóvenes nacidos entre finales de los noventa y el inicio del 2000) no ha salido a las calles a confrontar el orden establecido; simplemente ha comenzado a operar bajo una lógica existencial completamente distinta, adaptándose de forma pragmática a un mundo donde las antiguas garantías sólidas han dejado de existir.
Además, nacieron en una sociedad donde la tecnología cambiante a un ritmo impresionante (que da hasta miedo a veces) ya era parte de sus vidas. No conocieron los teléfonos de antes, esos en los que se marcaba y se esperaba que, por suerte, estuviera el otro para contestar. No conocieron, por tanto, una forma diferente de vida en la que podían pasar hasta días para que coincidieran con otra persona.
En algunos países europeos se evalúa prohibir las redes sociales para menores. Foto EDH/Archivo.
Para una cita hecha por teléfono o en persona, se esperaba al otro, así fuera puntual o no, se vivía incertidumbre, bajo la lluvia, sol o lo que fuera. Pero había que esperar. Había que aburrirse, había que valorar. No era posible agarrar el celular (porque no existía) para simplemente decir, «sabés qué, no voy a poder llegar» a la cita que tienes en 15 minutos. Ahora, es tan fácil como poner un mensajito de WhatsApp y seguir de largo.
Amor líquido: el consumo de afectos en la era del swipe (barrido con el dedo sobre la pantalla)
Una de las aristas más incisivas del pensamiento de Bauman es la noción de “amor líquido”, que describe cómo la lógica mercantil propia del capitalismo de consumo se filtró en la esfera íntima de los individuos.
En una cultura orientada a la satisfacción inmediata y al descarte sistemático de aquello que deja de funcionar, las relaciones humanas corren el riesgo de ser tratadas como meras mercancías.
En el contexto actual, la proliferación de aplicaciones de citas y el dinamismo hiperconectado de las redes sociales han acentuado este fenómeno.
Las relaciones tradicionales, que exigían tiempo, paciencia, renuncias mutuas y una labor constante para superar la adversidad, ceden el paso a lo que Bauman denominó «conexiones»: nexos débiles, flexibles y fácilmente reversibles.
Aguilar sintetiza esta dinámica al advertir la trampa detrás del entorno digital: la idea difusa pero persistente de que “a dos perfiles de distancia se encuentra el amor de tu vida”.
Este espejismo fomenta la cultura del scroll, donde el interlocutor es desplazado con un leve movimiento de pantalla ante el primer atisbo de conflicto o imperfección.
De esta manera proliferan los vínculos sin etiqueta formal —tales como las situationships (así las menciona Aguilar)—, en las que se demandan los beneficios afectivos de la compañía, pero se elude cualquier grado de compromiso a largo plazo.
La paradoja señalada por Bauman se cumple con rigor: la búsqueda desmedida de autonomía afectiva y la evitación del dolor terminan por generar una profunda fragilidad emocional, un temor constante al rechazo y un sentimiento persistente de soledad.
Flexibilidad laboral y la exigencia del “desaprendizaje”
La fluidez teórica también se proyecta con fuerza sobre el ámbito socioeconómico. La modernidad sólida ofrecía un pacto implícito de lealtad entre la empresa y el trabajador (o al menos eso es lo que nos «vendían» en el pasado).
La modernidad líquida, en cambio, erige la flexibilidad, la subcontratación y la volatilidad como nuevos mandamientos. La identidad profesional ya no es una piedra angular duradera, sino un borrador que debe reescribirse continuamente. Y eso es algo que también está pasando en el país.
La desaparición de las carreras profesionales lineales, sumada a la masificación de la gig economy o trabajo por proyectos, desplaza toda la responsabilidad de la estabilidad sobre el individuo. Si el trabajador queda desplazado, la narrativa dominante tiende a culpabilizarlo por no haber sido lo suficientemente adaptable.
A la par del trabajo, la educación ha experimentado un cambio de paradigma insoslayable. En un mundo donde el conocimiento técnico caduca a un ritmo vertiginoso, la instrucción académica tradicional ha perdido su valor como garantía de bienestar permanente.
Como previó Bauman, en la sociedad líquida la destreza intelectual más valiosa deja de ser la acumulación memorística de información para convertirse en la capacidad de “desaprender” con rapidez, desprendiéndose de certezas obsoletas para asimilar las nuevas exigencias cambiantes del mercado.
La trampa del escaparate digital y la soledad hiperconectada
El modelo de Bauman plantea que, ante el desmantelamiento de las identidades colectivas tradicionales (la clase social, el sindicato, la comunidad local), el individuo moderno intenta afianzar su ser a través del consumo de bienes y la exhibición de estilos de vida. Somos, en definitiva, aquello que compramos, proyectamos y comunicamos.
En este terreno, las redes sociales operan como el gran amplificador de la modernidad líquida. Muestran un flujo ininterrumpido de éxito, dinamismo y libertades individuales, pero con frecuencia encubren la erosión del tejido social real. Eso sin entrar en el tema de la necesidad de una alfabetización digital y la afectación al desarrollo del pensamiento crítico.
Y lo que está ocurriendo es que profundiza una paradoja alarmante: la de sujetos hiperconectados que disponen de un escaparate global para mostrar sus vidas, pero que internamente experimentan una profunda desconexión afectiva e indefensión social.
Gobernar la fluidez: el desafío de las políticas públicas
El pensamiento de Zygmunt Bauman concluye con una advertencia fundamental: la fluidez permanente sin ningún tipo de contención genera sociedades dominadas por la ansiedad, la precariedad y el miedo a quedar al margen del sistema.
El examen de la realidad salvadoreña desde la lente de la modernidad líquida permite comprender que las decisiones de la Generación Z —desde su renuncia a los esquemas familiares del pasado hasta su escepticismo ante los empleos tradicionales— no responden a un capricho individual ni a una falta de valores, sino a una estrategia reflexiva de adaptación al entorno volátil que heredaron.
El reto fundamental para los tomadores de decisión no reside en la pretensión utópica de restaurar por decreto las estructuras del siglo pasado, sino en la capacidad del Estado para diseñar nuevas certezas.
Esto exige trascender la discusión superficial y articular políticas públicas sólidas en materia de vivienda accesible, estabilidad laboral ajustada a los nuevos tiempos, salud mental y fortalecimiento del tejido comunitario.
Solo creando cimientos firmes será posible ofrecer a las nuevas generaciones un suelo seguro sobre el cual edificar proyectos de vida con sentido.