Acabamos de celebrar el Día del Padre y parece oportuno hablar un poco de esa importantísima figura en la vida, en la maduración, en el desarrollo personal de todos y cada uno.
Dentro del paisaje de la estructura familiar en nuestros días, la figura del padre cobra cada vez más importancia; paradójicamente, no por su presencia o su influencia directa, sino con cierta frecuencia por lo contrario, por una ausencia física cada vez más extendida y también, en algunos casos, por lo que alguien ha llamado con acierto la conversión del padre de familia en una madre bis… una especie de ausencia presencial a pesar de su comparecencia física.
Alguien ha llamado a esa situación la “evaporación del padre”, aunque personalmente estaría de acuerdo más en llamarle la “evaporación de la autoridad y de todas las figuras sociales que la pueden encarnar”. Pero como es demasiado largo, quedémonos con esa guisa de sublimación parental.
Esta ablación del padre como figura de autoridad, fortaleza, referente de como debe enfrentarse el mundo exterior desde la seguridad interior que da la familia, parece estar difuminándose bajo la fortísima influencia de un feminismo mal entendido, y de una afirmación de los sentimientos y la ternura por encima del amor, entendido como cuidado y fortaleza.
Como que hubiéramos pasado del tradicional “los hombres no lloran” a un “está bien llorar”… o -incluso- “se debe llorar”.
Hace poco más de diez años, el psicoanalista italiano Massimo Recalcati escribió un libro que titulaba precisamente “El complejo de Telémaco” con afán de contribuir a los esfuerzos que desde la psicología se hacían -y se hacen- para comprender la juventud actual.
Recalcati dice que a diferencia de generaciones anteriores en las que cada hijo competía con su padre por el amor de la madre (lo que siempre desde Freud se ha llamado complejo de Edipo); ha pasado en la actualidad a que los hijos no compitan contra una autoridad omnipresente y opresiva, sino que anhelan -como Telémaco deseaba ver aparecer a Ulises en el horizonte- la presencia de un referente ausente, la figura de una imagen paterna que balancee la ternura, cuidado y protección de la madre, y le permita prepararse para “salir al mundo” y enfrentar una realidad oscura y amenazante.
Este autor explica que las figuras de autoridad han ido abandonando su rol de guías, portadores de sentido, “entrenadores” para la lucha que implica involucrarse en un mundo complejo… y se han convertido en hiper protectores, contemporizadores, “alcahuetos” como mal los llamamos.
Esa volatilización de la figura paterna (presente pero ausente, o simplemente ausente) ha generado un efecto colateral indeseado, pero real: una orfandad simbólica, cuya principal consecuencia es la carencia de un marco normativo claro sobre el cual apoyarse y medrar para construir la propia identidad.
Así, el Telémaco de nuestros días, igual que el hijo de Ulises, se encuentra en una situación de melancolía; que se traduce en verdaderos y preocupantes problemas psicológicos, como constatan los estudiosos del tema en las sociedades contemporáneas; alimentada por el deseo de ver aparecer a su padre en el horizonte.
Una explicación para el generalizado aislamiento digital, la extendida ansiedad, la prisa por vivir y, en definitiva, el nihilismo que permea profundamente las nuevas generaciones y que, a fin de cuentas, lejos de apuntarse a rebeldías edípicas, son una suerte de gritos de auxilio, o luces rojas de alarma permanentemente encendidas, pero nunca atendidas.
Como conclusión, podría apuntarse que urge rescatar la función paterna como guía y dador de límites, términos que no coartan la libertad, sino que la expanden y que hacen hijos e hijas fuertes; porque cuentan con padres y madres que pueden sostener la mirada de sus hijos mientras les exigen y, simultáneamente, les miman con una sabiduría y amor que les permite volar después de haber echado fuertes y sanas raíces en la familia.
Ingeniero
@carlosmayorare