Nunca convierta la emergencia financiera de otra persona en la futura emergencia financiera de su familia. Ayudar es una virtud; desproteger a los suyos no lo es
Nunca convierta la emergencia financiera de otra persona en la futura emergencia financiera de su familia. Ayudar es una virtud; desproteger a los suyos no lo es

En El Salvador existe una categoría de actores que Hollywood todavía no ha descubierto: las personas que llegan a pedir dinero prestado. Hay algunas que merecen un Óscar. Usted las conoce alegres, saludables, subiendo fotos, comiendo pupusas y escribiendo “Dios es bueno todo el tiempo”; pero el día que necesitan CINCO MIL DÓLARES experimentan una transformación impresionante. Llegan con los hombros caídos, la mirada perdida y una voz que parece grabada durante el último capítulo de una telenovela. “Mirá, necesito hablar con vos de algo delicado”. Desde que un salvadoreño le dice que necesita hablar con usted “de algo delicado”, vaya escondiendo la chequera. Entonces comienza el drama: le van a embargar la casa, el banco le está respirando en la nuca, los niños no podrán seguir estudiando, el carro se arruinó, la mamá está enferma y precisamente esa semana se le juntaron todos los recibos habidos y por haber. Si usted le da otros diez minutos, probablemente también aparecerá un perro necesitando una operación urgente. Lo maravilloso es que existe una solución capaz de resolver semejante catástrofe nacional: que usted le preste el dinero.
La historia siempre contiene un personaje misterioso que merece estudio científico: “un dinero que me tienen que dar”. Nadie sabe dónde está ese dinero, quién lo tiene ni por qué nunca termina de llegar, pero aparece en casi todas las solicitudes de préstamo. “Prestame TRES MIL, que la otra semana me cae un dinero”. Ese dinero lleva décadas cayendo en El Salvador y todavía no toca el suelo. A veces viene de la venta de un terreno; otras, de un negocio que “ya está cerrado”; también puede ser un cheque que solamente falta que firme “el gerente”, una transferencia que está por liberarse o un cliente que “el viernes sin falta me paga”. Y uno, que además de amigo quiere ser buen cristiano y buen samaritano, termina conmovido. “¿Cuándo me lo devolvés?”. “El 30, segurísimo”. Nunca pregunte el 30 de qué mes, porque puede ofenderlo. El hombre está al borde del colapso financiero y todavía usted quiere detalles.
Entonces aparece la frase que ha destruido más amistades que muchos pleitos familiares: “¿Para qué vamos a hacer documentos si somos amigos?”. Esa oración tiene algo mágico. Usted iba pensando en firmar un reconocimiento de deuda, un pagaré o exigir alguna garantía, pero de repente se siente culpable. ¿Cómo va a desconfiar de aquel hombre con quien jugó fútbol cuando tenía diecisiete años? ¿Cómo va a pedirle una garantía a aquella amiga que conoce desde hace veinte? Así que entrega CINCO MIL, DIEZ MIL o hasta VEINTE MIL DÓLARES respaldados por el instrumento jurídico más peligroso que existe: “la palabra de un amigo”. El dinero sale de su cuenta y ocurre un milagro que debería investigar la medicina moderna: el enfermo sana inmediatamente. El que estaba destruido recupera el apetito, desaparece la depresión y vuelve la alegría. Tres semanas después usted abre Facebook y encuentra al moribundo en La Libertad, frente a una mariscada, con una leyenda que dice: “La vida es una sola, disfrútala”. Y usted, que todavía no sospecha nada, hasta le pone un corazoncito.
Finalmente llega el famoso 30. Amanece, atardece y anochece. Nada. Usted espera al 31 porque tampoco quiere parecer desesperado. Pasan cinco días y manda un mensaje diplomático: “Hola, hermano, espero que estés bien. Solo quería consultarte lo del dinero”. Dos chequecitos azules. Silencio absoluto. Al día siguiente vuelve a escribir. Otros dos chequecitos. Después llama y el teléfono suena hasta que entra el buzón. Tres días más tarde desaparece la fotografía de WhatsApp y usted comienza a sospechar que ha ocurrido algo grave. Sí ocurrió: lo bloquearon. Aquel ser humano que cuando necesitaba el préstamo era capaz de encontrarlo a usted aunque estuviera escondido en una finca en Chalatenango, ahora es más difícil de localizar que una dirección salvadoreña que dice “donde antes estaba el palo de mango, dos cuadras abajo”. Usted pregunta por él y nadie sabe nada. La mamá dice que salió. La esposa dice que anda trabajando. El hermano dice que no lo ha visto. Parece que entró al programa de protección de testigos únicamente para no pagarle.
Pero El Salvador es chiquito, y tarde o temprano Dios permite el encuentro. Puede ser en el supermercado, en una gasolinera, en Metrocentro o, para hacer más interesante la escena, saliendo de la iglesia. Usted lo mira. Él lo mira. Por un instante parece que ambos están recordando de dónde se conocen. “¡Hey, hombre! ¡Qué milagro!”. ¿Milagro? Milagro sería que sacara la cartera. Después de los saludos usted aborda prudentemente el asunto: “Mirá, quería hablar con vos porque necesito que me pagués aquello”. Y entonces sucede uno de los fenómenos más extraordinarios de la psicología humana: el deudor se enoja. Cambia el rostro, levanta la voz y dice: “¡Púchica, hombre! ¿Todavía andás detrás de esos TRES MIL DÓLARES? ¿Tan necesitado estás?”. Espérese. Reconstruyamos la escena. Hace cuatro meses el que estaba agonizando era él. Él llegó diciendo que perdería la casa, que sacarían a los niños del colegio y que prácticamente terminaría durmiendo debajo de un puente. Usted estaba tranquilamente tomándose un café. Pero ahora resulta que el muerto de hambre es usted porque tuvo la extravagante idea de querer recuperar su propio dinero.
También tenemos al deudor filósofo. Cuando uno cobra, este personaje abandona las finanzas y comienza a reflexionar sobre el sentido de la existencia. “Mirá, el dinero no lo es todo en la vida”. Tiene razón. Devuélvamelo entonces. Otros descubren repentinamente valores cristianos: “Hay que tener paciencia, hermano”. Curiosamente, cuando necesitaban el préstamo no tenían ninguna. Llamaban a las seis de la mañana, a las diez de la noche y preguntaban cada media hora si ya había hecho la transferencia. Después del desembolso se convierten en estudiosos de Santiago: la paciencia produce su obra completa, especialmente cuando la paciencia debe tenerla el acreedor. Y nunca falta el que termina diciéndole: “Yo no sabía que nuestra amistad dependía del dinero”. Tampoco uno sabía que la amistad consistía en quedarse con DIEZ MIL DÓLARES ajenos.
Hay otra especie fascinante: el abonador simbólico. Debe OCHO MIL DÓLARES y, después de cuatro meses desaparecido, manda un comprobante por VEINTICINCO. Inmediatamente escribe: “Ahí te mandé un abono”. Uno observa aquella transferencia con respeto, porque comprende que está frente a un proyecto financiero de largo plazo. Si continúa pagando VEINTICINCO DÓLARES cada cuatro meses, posiblemente terminará de cancelar cuando ya exista transporte público entre la Tierra y Marte. Pero lo más impresionante es que después de mandar los VEINTICINCO recupera autoridad moral y pregunta: “¿Viste que yo sí te estoy pagando?”. Sí, hombre. Discúlpeme por haber dudado. Con ese ritmo, solamente nos faltan unos ciento seis años.
Hasta aquí uno se ríe porque todos conocemos historias parecidas. Sin embargo, detrás del chiste existe un problema bastante serio. Hay personas que han perdido los ahorros de muchos años por prestar cantidades importantes basándose únicamente en confianza. Sacaron DIEZ MIL DÓLARES destinados para su vejez, prestaron el capital del negocio, utilizaron dinero reservado para los estudios de sus hijos o comprometieron recursos familiares porque alguien llegó con una historia verdaderamente conmovedora. El problema aparece cuando aquella persona incumple y el acreedor descubre que no tiene un documento adecuado, una garantía suficiente o siquiera una prueba clara de las condiciones bajo las cuales entregó el dinero. Entonces la frase “somos amigos” deja de sonar bonita y comienza a salir bastante cara.
Por eso mi opinión es sencilla: si usted no puede darse el lujo de perder ese dinero, piénselo muy bien antes de prestarlo. Y si finalmente decide hacerlo, especialmente cuando estamos hablando de una suma importante, documente correctamente la obligación. La amistad no está reñida con la seguridad jurídica. Dependiendo de la cantidad y de las circunstancias, puede ser necesario establecer documentalmente el monto entregado, el plazo, la forma de pago y contar con una garantía jurídicamente adecuada. Si alguien solicita una suma considerable y se ofende porque usted quiere documentarla, quizá esa molestia sea precisamente una razón adicional para no entregar el dinero apresuradamente. Quien verdaderamente tiene intención de pagar no debería considerar ofensivo que quede claramente establecido qué recibió y cuándo se comprometió a devolverlo.
Sobre todo, nunca convierta la emergencia financiera de otra persona en la futura emergencia financiera de su familia. Ayudar es una virtud; desproteger a los suyos no lo es. Usted puede tener un corazón generoso sin dejar el cerebro guardado en la gaveta. Si va a prestar una cantidad importante, asesórese, documente la deuda y procure una garantía proporcional al riesgo. Porque las lágrimas se secan, las emergencias pasan, las amistades algunas veces cambian y aquel misterioso dinero que “ya viene” posiblemente nunca llegue.
Y recuerde algo la próxima vez que alguien aparezca diciendo: “Necesito hablar con vos urgentemente, pero no quiero que pensés mal”. Escuche la historia, tenga misericordia y, si puede ayudar, ayude. Pero cuando termine el drama y llegue el momento de entregar una cantidad que representa años de su trabajo, no tenga vergüenza de decir: “Claro que somos amigos. Precisamente por eso dejemos las cuentas claras y firmemos aquí”.
Porque después es demasiado triste descubrir que usted prestó el dinero para salvar una amistad y terminó necesitando un abogado para salvar el dinero.
Abogado y teólogo.
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