Durante décadas, Europa fue uno de los grandes motores industriales del mundo. Alemania era su locomotora y la industria automovilística, una de sus mayores fortalezas.
Volkswagen, Mercedes-Benz, BMW, Audi, Ford, Bosch y centenares de proveedores representaban tecnología, calidad, empleo y capacidad exportadora.
Pero algo está cambiando.
Desde hace varias semanas, y especialmente durante esta última, he continuado realizando, con el apoyo de ChatGPT, un seguimiento diario de las noticias económicas e industriales publicadas por medios alemanes como Bild, Frankfurter Allgemeine Zeitung y Der Spiegel.
No se trata de conjeturas mías sobre lo que podría suceder algún día. Son acontecimientos reales que se están produciendo ahora: reducciones de empleo, cierres de fábricas, proveedores en dificultades, empresas con muchos años de historia que desaparecen y grandes fabricantes que anuncian programas de ahorro, reducción de capacidad y reestructuración. Cada once minutos se declara una insolvencia en alguna empresa.
Una noticia aislada puede ser una anécdota. Dos pueden ser una coincidencia. Pero cuando durante semanas aparecen noticias diferentes que apuntan en una misma dirección, conviene prestar atención.
Tal como en el supermercado: ¡El anaquel no engaña!
Y mientras Europa intenta reducir costes y recuperar competitividad, al otro lado del mundo sucede algo diferente.China acelera.
Durante muchos años, empresas europeas, estadounidenses y japonesas fueron a China atraídas por su enorme mercado y sus posibilidades de crecimiento. Llevaron capital, tecnología, métodos de producción, conocimientos y experiencia.
China aprendió.Y aprendió rápidamente.
La conocida frase de Deng Xiaoping —No importa el color del gato, mientras cace ratones— simbolizó una manera pragmática de entender el desarrollo económico.
China abrió sus puertas. No importaba que la tecnología procediera de Alemania, Estados Unidos, Japón, Francia o cualquier otro país. Si servía para desarrollar su economía, era bienvenida.
Durante décadas aprendieron, fabricaron, mejoraron, desarrollaron y finalmente comenzaron a innovar.
Hoy los resultados están a la vista.
Basta observar la industria del automóvil. China ya no ofrece solamente vehículos baratos. Produce automóviles pequeños, medianos, SUV, eléctricos, híbridos, vehículos de alta gama y modelos de lujo. Y algo parecido está ocurriendo con camiones, autobuses, baterías y otros medios de transporte. China ya no es únicamente la gran fábrica del mundo. Se está convirtiendo también en uno de sus grandes centros de desarrollo tecnológico e industrial.
Durante años pensamos que las marcas europeas conservarían una ventaja basada en prestigio, tecnología y calidad.
Ya no podemos darlo por supuesto.
China, que durante décadas fue un extraordinario mercado para los fabricantes europeos, dispone ahora de marcas propias capaces de satisfacer prácticamente todos los segmentos de su mercado interno y competir también fuera de sus fronteras. Aquí puede ver lo que está pasando: https://www.youtube.com/watch?v=tW1biCKLm2Y
El antiguo alumno se convirtió en competidor.
Y en algunos sectores comienza a disputar el liderazgo.
Esto no significa que Europa esté derrotada. Mucho menos Alemania.
He vivido y trabajado muchos años allí y conozco su capacidad industrial, su ingeniería, su disciplina y, especialmente, su capacidad para reaccionar cuando reconoce un problema.
Y existe otra dimensión que merece observarse con serenidad.
Cuando la economía estornuda, la política puede terminar resfriándose.
Economía y política no viven en habitaciones separadas. Cuando cierran empresas, se anuncian despidos, aumenta la preocupación por el empleo o las familias sienten amenazados su poder adquisitivo y su seguridad económica, aparece naturalmente el malestar.
Ese malestar no determina por sí solo el comportamiento político de una sociedad. Las decisiones de los votantes responden a muchas razones. Pero sería igualmente poco prudente ignorar que la preocupación económica puede terminar influyendo en las urnas.
Los resultados de las elecciones celebradas el domingo pasado en Alemania pueden observarse también desde esta perspectiva, sin pretender atribuirlos únicamente a la economía.
La secuencia merece atención: dificultades económicas, preocupación social, malestar ciudadano y posible repercusión electoral.
La economía no decide el voto, pero puede contribuir a explicar por qué una parte de la sociedad comienza a buscar respuestas diferentes.
Nada es eterno. Tampoco las ventajas competitivas.
Quien durante los años buenos invierte, aprende, ahorra, mejora y se prepara tiene mayores posibilidades de superar los malos.
Esto sirve para las familias, las empresas y los países. Y también sirve para las personas.
El termómetro solo mide la temperatura. Las noticias que hemos venido observando son ese termómetro. El termómetro no crea la fiebre, solamente nos advierte de que algo está cambiando.
Conviene observarlo sin ideologías, sin prejuicios, sin alarmismo y, sobre todo, sin cerrar los ojos ante los hechos.
Pedro Roque
Todo es más facil y más sencillo con sentido común.