La ONU indicó que la infraestructura detrás de la IA provocará una crisis hídrica global. La huella invisible de cada consulta o imagen generada equivale al impacto de las necesidades básicas de millones de personas
La ONU indicó que la infraestructura detrás de la IA provocará una crisis hídrica global. La huella invisible de cada consulta o imagen generada equivale al impacto de las necesidades básicas de millones de personas

El debate global sobre el impacto de la inteligencia artificial (IA) ha dejado de lado un recurso vital: el agua.
Un informe publicado por el Instituto de la Universidad de la ONU para el Agua, el Medio Ambiente y la Salud (UNU-INWEH) advierte que la infraestructura digital detrás de los chatbots, la generación de imágenes y los videos sintéticos se convertirá en una pesadilla ambiental si no se gestiona de forma sostenible.
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De acuerdo con la investigación titulada «Coste ambiental del uso energético de la IA: huellas de carbono, agua y suelo», las proyecciones para el año 2030 sitúan la huella hídrica de la IA en un volumen equivalente al consumo de agua necesario para cubrir las necesidades básicas de 1,300 millones de personas, es decir, de toda la población de África subsahariana.
El Salvador
El Salvador no es ajeno a la utilización de la IA ya que el gobierno actual la está utilizando en diferentes campos, que van desde el educativo hasta la asistencia sanitaria.
El Diario de Hoy publicó recientemente que el gobierno salvadoreño ya creó un millón de «ciudadanos virtuales» para entrenar sistemas de IA.
Lo anterior a través de la Agencia Nacional de IA (ANIA), una institución gubernamental creada el año pasado, que anunció la creación de una base de datos con hasta un millón de perfiles ficticios, denominados también como personas sintéticas o ciudadanos virtuales, que reúnen las características demográficas de la población salvadoreña, con representaciones de los 14 departamentos del país.
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Tradicionalmente, la industria tecnológica ha medido el impacto de la IA basándose de forma casi exclusiva en sus emisiones de carbono, ignorando sistemáticamente el líquido utilizado para la refrigeración de los centros de datos y la generación eléctrica.
El profesor Kaveh Madani, director de UNU-INWEH y líder del estudio, aclara que este informe no busca atacar la tecnología, sino exigir un uso responsable.
«Bajo en carbono no es sinónimo de bajo en agua ni de bajo en territorio», detalla el documento, explicando que alternativas energéticas como la bioenergía disminuyen las emisiones de carbono en un 70%, pero disparan el consumo de agua multiplicándolo por treinta.
La investigación desmitifica la idea de que el mayor gasto ocurre durante el entrenamiento de los modelos (fase que requirió entre 50 y 70 gigavatios-hora para GPT-4).
En la actualidad, entre el 80% y el 90% del consumo energético total de la IA se produce durante la inferencia, que es el procesamiento continuo de las preguntas cotidianas de los usuarios.
Como muestra, solo la plataforma ChatGPT procesa cerca de 2,500 millones de consultas diarias. El gasto hídrico anual derivado de esta única herramienta equivale a los requerimientos de agua de medio millón de personas en África subsahariana.
Además, el costo ambiental varía drásticamente según la complejidad de la tarea:
El informe destaca la paradoja de Jevons o «efecto rebote». Aunque la tecnología se vuelva más eficiente y económica por cada consulta individual, esta reducción de costos abarata el servicio y provoca un crecimiento explosivo en su uso global, anulando cualquier ahorro ambiental real.
Este consumo masivo ya está detonando graves tensiones en territorios específicos.
En Querétaro (México), la expansión de las infraestructuras de computación está agotando el suministro de agua en medio de sequías prolongadas. Una situación similar ocurrió en Uruguay, donde se proyectó un centro de datos de alto consumo hídrico justo en el momento en que una sequía mermaba las reservas de agua dulce de Montevideo.
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La paradoja de esta revolución tecnológica radica en su desigualdad geográfica.
Solo 32 países del mundo albergan centros de datos especializados en inteligencia artificial, y el 90% de toda la capacidad informática de este sector se concentra únicamente en dos naciones.
Mientras más de 150 países carecen de acceso a una computación soberana de IA, las economías en desarrollo terminan soportando la extracción de minerales críticos en zonas con baja supervisión ambiental y la acumulación de hasta 2.5 millones de toneladas anuales de residuos electrónicos previstos para 2030.
El rector de la Universidad de la ONU, Tshilidzi Marwala, enfatizó que asegurar que la IA actúe en favor de la prosperidad humana sin destruir el entorno «es ahora una cuestión de gobernanza, no técnica».
El organismo urge a los gobiernos a integrar estas infraestructuras en sus planes nacionales de agua y energía antes de que la ventana de acción sostenible se cierre por completo.
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