El colapso de un modelo social nunca se anuncia con estadísticas amables en un despacho de burócratas, o en una sesión de algún Congreso nacional; irrumpe con el crujido del mobiliario urbano ardiendo en las avenidas y el eco de los escaparates hechos añicos con la música de fondo de sirenas policiales.
Lo que hoy presenciamos en el corazón de Europa —con disturbios y huelgas que se extienden desde las calles de París hasta los Balcanes— no es una simple crisis cíclica. Es la consecuencia directa de cierto estatismo asfixiante: un sistema hipertrofiado que, bajo la promesa de una protección infinita, termina por cancelar la paz social.
El experimento del bienestar patrocinado por el Estado ha creado un monstruo de dos cabezas. Por un lado, se sofoca sistemáticamente a los creadores de riqueza debido a una presión fiscal brutal y una maraña burocrática inmanejable. Por el otro, el fomento del clientelismo, aunado a la mengua de ingresos fiscales, genera expectativas imposibles de cumplir.
Cuando las movilizaciones estudiantiles y laborales en ciudades como Milán, Bruselas y Tirana denuncian el encarecimiento de la vida y la falta de oportunidades, omiten el verdadero origen del problema: un sector público que devora la economía y asfixia el motor productivo privado.
Lejos de fomentar el crecimiento personal, este modelo de supuesto bienestar generalizado y multiculturalismo ha convertido el gasto social en una fábrica de frustración. Al utilizar la inmigración descontrolada como una herramienta clientelar, las élites gobernantes han diseñado una subclase dependiente. El receptor de subvenciones percibe las dádivas no como un apoyo temporal, sino como un derecho adquirido.
En el fondo lo que está sucediendo es a la vez simple y bastante complejo: si el motor productivo se apaga por los impuestos descomunales, el Estado se queda sin recursos para sostener su propia farsa. Al asomarse el fantasma de los recortes, y ante una descarnada falta de oportunidades, la respuesta es el vandalismo, el asalto a comercios y el ataque directo a las fuerzas de seguridad que intentan controlar la situación.
Europa parece sufrir hoy las consecuencias de haber desmantelado la cultura del esfuerzo. En Francia, los disturbios han obligado al gobierno de Emmanuel Macron a imponer toques de queda parciales. En Italia, el ejecutivo de Giorgia Meloni despliega más efectivos policiales ante los destrozos en comercios. Mientras tanto, en España y Portugal, los jóvenes instalan campamentos y tiendas de campaña exigiendo soluciones mágicas a la crisis de vivienda, atrapados en la narrativa del derecho tutelado. No hacen más que responder a lo que se les ha enseñado desde que nacieron: todas las soluciones, así como todas las culpas, en lo que respecta a los problemas sociales vienen del Estado… pues si no es así ¿a quién se pueden imputar?
Son los adolescentes malcriados de un papá Estado sobreprotector y quebrado, que ahora destruyen la casa familiar porque sus caprichos ya no pueden ser financiados.
Detrás del caos en las calles no hay una estrategia de protesta desesperada, sino una táctica de amedrentamiento quizá no perfectamente organizada, pero tampoco simplemente espontánea. En Albania, por ejemplo, el primer ministro Edi Rama ya acusa a grupos extremistas de instrumentalizar el descontento. Y no faltan quienes atan cabos y dicen que las protestas tienen relación directa con futuras elecciones.
La lección de esta ola de violencia es brutal pero ineludible. El gasto público desbocado, la deuda soberana por las nubes y el déficit fiscal crónico no se solucionan otorgando más subvenciones, privilegios políticos ni imprimiendo más billetes.
La historia y la sabiduría popular son implacables ante la irresponsabilidad de quienes alimentan la desidia a cambio de cuotas de poder. Al sustituir la responsabilidad individual por el capricho garantizado, el estatismo europeo firma su propia sentencia, demostrando la vigencia de una máxima tan antigua como la misma insensatez humana: cría cuervos, y te sacarán los ojos.
Ingeniero/@carlosmayorare