Scaloni dio cátedra de cómo ganar a Tuchel para alcanzar la final
Argentina transitó por senderos sumamente espinosos durante más de una hora de brega; no obstante, el estratega de Pujato descifró el repliegue de Inglaterra, abarrotó el área enemiga, preservó al capitán como el titiritero del juego y consumó la remontada merced a las conquistas de Enzo Fernández y Lautaro Martínez
A lo largo de un prolongado pasaje de la semifinal, Thomas Tuchel consiguió arrastrar al combinado albiceleste a un terreno de absoluto desasosiego.
Inglaterra defendió con una disciplina espartana, clausuró las vías de acceso interiores y facturó el primer festejo por intermedio de Anthony Gordon cuando transcurría el minuto cincuenta y cinco.
Hasta ese instante, el plan trazado por el estratega alemán venía rindiendo los dividendos esperados: los rioplatenses controlaban la tenencia del útil, pero carecían de profundidad nítida y de fluidez asociativa en las inmediaciones de la valla adversaria.
La señal TyC Sports graficó ese lapso puntual advirtiendo que, durante casi una hora de juego, Inglaterra impuso con rigor las condiciones estipuladas en el pizarrón de Tuchel.
El planteamiento inicial de Lionel Scaloni acusó allí su principal desacierto: la Celeste y Blanca no logró activar con ductilidad a Lionel Messi en la zona de gestación, ni abastecer a los delanteros en posiciones de real ventaja. Al cuadro platense le faltó dinámica para desarticular el denso bloque defensivo propuesto por su oponente.
Si bien el golero Jordan Pickford debió extremarse ante un disparo de Julián Álvarez en los albores del complemento y posteriormente sostuvo a su seleccionado con otra intervención soberbia, estas aproximaciones denotaban que, aunque la escuadra sudamericana merodeaba con riesgo, todavía no lograba resquebrajar el sólido andamiaje del rival.
La anotación de Gordon alteró por completo la fisonomía del pleito, pero simultáneamente le otorgó una veta de oportunidad al cuerpo técnico argentino. La escuadra de Albión inició un repliegue excesivo y Tuchel consintió un escenario sumamente comprometido: refugiarse a escasos metros de su propia línea de meta.
El rotativo británico The Guardian aportó un registro estadístico demoledor: entre la conquista inglesa y el agónico gol del triunfo obra de Lautaro Martínez, los europeos apenas registraron un 12% de posesión de la pelota. Dicho guarismo ilustra a la perfección el vuelco anímico y estratégico de la jornada: Argentina abandonó la actitud contemplativa y procedió a asfixiar a su oponente en su propio territorio.
La maniobra cumbre del orientador santafesino consistió en asimilar que Inglaterra había declinado cualquier ambición de contragolpear. Cuando Tuchel reestructuró su retaguardia para conformar una línea de cinco defensores, su propósito era obturar las rendijas del fondo y robustecer el control del juego aéreo.
El propio director técnico germano argumentaría más tarde que detectó demasiados resquicios en su andamiaje, admitiendo que el cuadro rioplatense ensayaba envíos cruzados de manera incesante, lo que lo indujo a poblar la última trinchera.
No obstante, aquella rectificación táctica terminó siendo sumamente beneficiosa para las huestes argentinas. La acumulación de zagueros no le devolvió la tenencia de la guinda a los británicos, ni les otorgó una transición limpia hacia la ofensiva. Por el contrario, los privó de cualquier factor de sorpresa.
La prensa inglesa fue lapidaria en su diagnóstico: el cuadro nacional se refugió en exceso en su propio feudo, y la salida del movedizo Anthony Gordon los despojó de velocidad para ensayar réplicas, restándoles agresividad al espacio y dejándolos sin una vía de escape idónea. De este modo, figuras de la talla de Harry Kane y Jude Bellingham quedaron completamente aisladas del circuito de juego, flotando como náufragos en la mitad de la cancha.
En ese preciso instante afloró la determinación más inspirada de Scaloni: ensanchar el terreno de juego, martillar con centros sucesivos, capturar las segundas jugadas e instalar una presencia masiva en el área enemiga. Argentina renunció a la tozudez de progresar exclusivamente por el pasillo central, donde el adversario aglomeraba una enorme cantidad de piernas.
Modificó sustancialmente la naturaleza de sus embates; archivó la combinación corta o la traslación individual por el medio para empezar a bombardear la zona de castigo, forzando los rebotes y fijando a los corpulentos zagueros ingleses. La crónica internacional describió los minutos finales como un manual práctico sobre cómo vulnerar un bloque extremadamente bajo, apelando a la diversidad de envíos y variantes para fabricar opciones fácticas de gol.
La variante más audaz ensayada por el conductor rioplatense se produjo al minuto ochenta y uno, con el ingreso de Lautaro Martínez en reemplazo del lateral Nicolás Tagliafico. Aquello constituyó una declaración de principios en toda regla: Scaloni sacrificó un elemento de vocación de marca para sumar un finalizador neto dentro del área grande.
En una semifinal de Copa del Mundo, con el tanteador adverso, semejante audacia entrañaba un peligro evidente. Sin embargo, la lógica de la jugada resultaba incontrastable: si el rival ya se encontraba atrincherado contra su propia portería, la Celeste y Blanca requería de artilleros con olfato goleador antes que de un monopolio intrascendente del esférico.
Foto: AFP
El genio del diez
La paridad transitoria se concretó al minuto ochenta y cinco por mediación de Enzo Fernández. La gestación del avance halló en Messi al nexo indispensable y culminó con un formidable impacto de media distancia.
La prestigiosa cadena Sky Sports ponderó la reacción sudamericana como una ráfaga fulminante de dos estocadas en un intervalo de apenas siete minutos: primero el empate del volante del Chelsea y seguidamente el frentazo goleador del atacante del Inter en tiempo de adición.
Dicha secuencia retrata otra formidable lectura del cuerpo técnico platense: cuando el área contraria se encuentra densamente poblada, los remates desde la frontal y la disputa de los rebotes emergen como herramientas letales.
La disposición de sostener a Fernández en el cuadrante de definición fue una de las llaves del cotejo. No ofició meramente como un centrocampista de contención; se descolgó con vocación ofensiva para castigar la pasividad del cerrojo inglés desde la medialuna.
Scaloni comprendió que, ante el repliegue masivo del adversario, resultaba indispensable amenazar desde la segunda línea de ataque. Ese desmarque forzó una salida tardía e incómoda de los defensores británicos, resquebrajando la primera barrera de contención.
El segundo impacto tuvo un sello netamente criollo: Lionel Messi dispuso de la tregua necesaria para acomodar el cuerpo, alzó la mirada con su habitual clarividencia y divisó el desmarque de Martínez. El centro no representó un recurso desesperado, sino el fruto maduro de haber colmado el área con abundantes receptores.
El ingresado atacante buscó el espacio preciso donde la zaga inglesa intentaba resistir por mera acumulación de hombres, desprovista de una cobertura coordinada. Los cronistas especializados destacaron que la finura del envío del capitán se agiganta con cada repetición televisiva.
Dos lecturas contrapuestas ante la exigencia máxima
Desde la óptica del análisis táctico, la conducción de Scaloni alternó aciertos y vacilaciones. Inicialmente anduvo errático, pues la oncena demoró demasiado en encontrar los caminos interiores y permitió que Inglaterra manejara el trámite con comodidad durante casi una hora de partido.
No obstante, el director técnico de la vecina orilla rectificó sobre la marcha con mayor lucidez que su homólogo. Advirtió el hundimiento progresivo del adversario, incrementó el peso de sus hombres de punta, conservó la templanza colectiva, delegó en Messi la tarea de asistir y mandó a la cancha al nueve de área idóneo cuando el trámite lo demandaba con urgencia.
Tuchel pretendió salvaguardar la mínima diferencia acumulando defensores en su retaguardia; Scaloni replicó poblando la zona caliente, multiplicando los centros y renovando la confianza en sus individualidades determinantes.
Los analistas de la Cadena SER señalaron con severidad que las variantes conservadoras del adiestrador alemán terminaron por sepultar las aspiraciones inglesas, particularmente tras prescindir de Gordon, Reece James y Declan Rice de manera previa a las conquistas sudamericanas.
La remontada, por consiguiente, no obedeció de forma exclusiva al tradicional temperamento platense. Fue, ante todo, un ejercicio de perspicacia estratégica. Argentina visualizó que su oponente había renunciado por completo a la faceta ofensiva y lo empujó sin tregua hasta convertir su propio andamiaje defensivo en una ratonera sin salida.
Scaloni no se quedó con el triunfo en el primer movimiento del cotejo, pero sí se adueñó de la victoria en la jugada más trascendental: descifrar, mucho antes que Tuchel, las demandas del partido en los diez minutos definitivos. Y allí, con Messi habilitando con precisión milimétrica, Enzo Fernández rompiendo líneas desde atrás y Lautaro Martínez devorándose el área chica, el muro de los piratas terminó desmoronándose sin remedio.