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Roberto Pompei ante Franco Baresi: el día en que Vélez derribó al Milan y tocó el cielo en Tokio

El DT de Alianza FC, Roberto Pompei, y el finado Franco Baresi compartieron en la Intercontinental de 1994, una final que cambió la dimensión histórica de Vélez. Si bien las crónicas históricas carecen de testimonios sobre un duelo singular y exclusivo desarrollado entre ambos sobre la hierba, la jornada atesoró una gesta memorable en la cual la plantilla orientada por Carlos Bianchi superó inapelablemente a la escuadra conducida por Fabio Capello, flamante monarca del viejo continente y representación cumbre del poderío futbolístico orbital

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Foto: Vélez Sarsfield

El primer día de diciembre de 1994, Roberto Fabián Pompei integró la alineación estelar del Fortín que postergó por 2-0 al elenco lombardo en el recinto tokiota, adueñándose del preciado trofeo mundial.

En la vereda opuesta emergió Franco Baresi, estandarte y guía de uno de los esquemas más dominantes de Europa durante la década noventosa. La planilla de aquel pleito ubica al volante argentino en el sector creativo y al líbero peninsular comandando el cerrojo defensivo junto a Mauro Tassotti, Alessandro Costacurta y Paolo Maldini.


Pompei no desempeñó una labor superflua en aquel desarrollo. Operó como nexo organizador bajo las directivas de Carlos Bianchi, respaldado por José Basualdo, Marcelo Gómez y Christian Bassedas.

Por su parte, Baresi articulaba la zaga ‘rossonera’ como último hombre y mariscal del fondo. En términos de despliegue territorial, ambos pudieron cruzar trayectorias cuando el enganche conducía la guinda o pretendía filtrar asistencias hacia Omar Asad y José Oscar Flores.

No obstante, los registros archivísticos no detallan una brega individual encarnizada entre ambos como eje neurálgico del choque.

El análisis más sobrio indica aquello: Pompei rivalizó con Baresi sobre el césped y compartieron la totalidad del cotejo como inicialistas, mas no consta evidencia documental para aseverar que mantuvieron un mano a mano determinante en el trámite.

El desafío más encarnizado del capitán milanista se libró contra los arietes porteños, primordialmente Asad y Flores. De hecho, la memoria colectiva del club conserva una consigna impartida por el orientador al atacante sobre cómo impactar físicamente al líbero, indicación que sintetiza el plan combativo del cuadro sudamericano ante la jerarquía europea.

Una consagración sin complejos ante la aristocracia

La escuadra argentina desembarcó en suelo nipón ostentando el cetro sudamericano, tras doblegar al São Paulo en la serie decisiva. El cuadro italiano acudió con el galardón continental en el pecho y una credencial intimidante: venía de propinar un lapidario 4-0 al Barcelona de Johan Cruyff en la final de la Liga de Campeones de 1994.

Para cualquier oponente americano, medirse ante semejante nómina implicaba enfrentar una estructura repleta de distinciones, celebridades y solvencia estratégica.

El desnivel en la jerarquía de los planteles resultaba notable. La entidad europea alineaba a figuras de la talla de Baresi, Maldini, Costacurta, Desailly, Albertini, Donadoni, Boban, Savicevic y Massaro.

La entidad de Liniers, en cambio, comparecía con una fisonomía menos ostentosa pero sumamente aceitada: Chilavert bajo los tres palos, una retaguardia sobria, una zona media sacrificada y dos referentes ofensivos capaces de inquietar a una muralla histórica.

La formación rioplatense alistó a: Chilavert; Almandoz, Trotta, Sotomayor y Cardozo; Basualdo, Gómez, Bassedas y Pompei; Asad y Flores.

El pleito se inclinó en la etapa complementaria. Roberto Trotta inauguró el tanteador mediante un tiro penal a los 51 minutos, mientras que Omar Asad stamped el 2-0 definitivo sobre los 57. El conjunto lombardo intentó reaccionar mediante los ingresos de Marco Simone y Christian Panucci, pero terminó desbordado y sufriendo la expulsión de Costacurta sobre los 85 minutos.

Pompei no convirtió, empero formó parte del engranaje que permitió a su bando batallar sin ceder ante la prosapia del adversario. Su presencia en la franja central respondió a una premisa: no entregar la contienda ante la jerarquía del rival, disputar cada dividida y arrastrar el juego hacia un terreno incómodo para los campeones europeos.

La trascendencia de derrumbar al Milan

Para el Fortín, aquel triunfo representó la cúspide de su obra deportiva. El portal institucional de la entidad lo consagra como la fecha memorable en que el grupo alcanzó la cima del planeta. En su propio relato histórico, la institución evoca la obligación de medir fuerzas ante el temible conjunto de Capello y resalta cómo, con las anotaciones de Trotta y Asad, dinamitó las aspiraciones del poderoso coloso peninsular.

El impacto de la gesta alcanzó ribetes inconmensurables porque no consistió en vencer a un cuadro europeo cualquiera. Se trataba de la escuadra que había hegemonizado una época, con Baresi como paradigma de solvencia en la retaguardia y Capello en la conducción técnica.

Arribaba tras una exhibición deslumbrante en la definición continental y preservaba una muralla defensiva de leyenda. Que una institución barrial con recursos más modestos le encajara un 2-0 en un compromiso ecuménico constituyó un acontecimiento de resonancia afectiva y futbolística difícil de igualar.

En la prensa ibérica, el diario El País publicó al día siguiente una mirada tajante sobre el gigante derrotado: tituló que la escuadra milanista «descendía a la normalidad» y subrayó que la representación sudamericana le había arrebatado el trofeo a un bloque que empezaba a evidenciar síntomas de desgaste.

Aquella perspectiva permite calibrar la repercusión de la jornada: no significó únicamente la coronación de Vélez, sino también la comprobación de que el coloso de San Siro había dejado de ser invulnerable.

En la península itálica, las crónicas ‘rossoneras’ atesoran el tropiezo como un golpe de peso: Vélez Sarsfield 2, Milan 0, con Baresi como titular y la plantilla conducida por Capello hincando la rodilla en Tokio.

La estampa de Pompei frente a Baresi sintetiza un choque entre realidades opuestas. Por un lado, un volante rioplatense forjado en una dinámica colectiva rigurosa y disciplinada. Por el otro, uno de los defensores más colosales de la historia, capitán milanista y símbolo de la escuela defensiva italiana.

Aunque no existan testimonios de un duelo individual célebre entre ambos, compartieron una final en la cual el cuadro de Liniers concretó una hazaña superior: obligó al Milan de Baresi a someterse a una derrota que aún perdura en la memoria del fútbol ecuménico.

Aquella tarde, Pompei no precisó prevalecer en un pulso personal ante Baresi para inscribir su nombre en la posteridad. Le bastó con integrar el engranaje que tumbó al gigante. Y para Vélez, aquello implicó tocar el cielo: proclamarse campeón del mundo frente a uno de los imperios más poderosos de todos los tiempos.

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