España fue ampliamente criticada en diversidad de ocasiones desde el paladar y no desde los fundamentos futbolísticos ¿Por qué la prensa insistió tanto en ello?
España fue ampliamente criticada en diversidad de ocasiones desde el paladar y no desde los fundamentos futbolísticos ¿Por qué la prensa insistió tanto en ello?

España fue objeto de imputaciones recurrentes que lo catalogaban como un conjunto carente de atractivo, plasticidad o despliegue escénico; dictámenes severos e injustos a la luz de su desenvolvimiento sobre el césped, donde en la abrumadora mayoría de sus compromisos impartió auténticas e incontestables cátedras futbolísticas.
Semejante fenómeno germina a partir de la arbitrariedad de pretender que la totalidad de los colectivos adopte las mismas dinámicas, armonías o virtudes que desvelan a nuestras predilecciones individuales.
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¿Qué aficionado se mostraría reacio a extasiarse ante la implacable maquinaria alemana de 2014, el «Jogo Bonito» desplegado por Brasil en las citas de 1998 o 2002, o la milimétrica orquestación de los «Locos Bajitos» en la España de principios de siglo?
No obstante, intimar a que cada formación triunfadora se amolde a parámetros tan singulares constituye el desacierto de sobreponer la preferencia subjetiva por encima de la exégesis rigurosa, metamorfoseando el arbitrio individual en el rasero supremo para evaluar a cualquier plantel, condenándolo o ensalzándolo de manera antojadiza.3
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Si bien España no tiranizó cada casillero de los balances estadísticos, con frecuencia se la examinó de modo torcido a despecho de sus guarismos.
Resulta indiscutible que el combinado ibérico pudo haber cosechado un botín de goles sensiblemente mayor; mas, ¿semejante déficit la tornaba merecedora del menoscabo o de interpretaciones alocadas? Si en el balompié la totalidad de los equipos dilapida opciones frente a las mallas, ¿qué singularidad convertía el caso español en un episodio más severo o recriminable que el de sus pares?
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El elenco de la península ostentó la segunda expectativa de gol por compromiso más elevada en la Copa del Mundo FIFA 2026, ¡la segunda marca del certamen! Las oportunidades eran gestadas en profusión; sin embargo, fue la resolución final en la red la que terminó nublando la nitidez conceptual de variados analistas.
De hecho, representativos de la entidad de Francia, Inglaterra y Argentina, en ese preciso orden, malograron situaciones nítidas de gol en una cantidad superior a cualquier otra delegación en la justa planetaria. ¿Acaso no mandar a guardar el balón entre los tres palos autoriza a encasillar a un colectivo como aburrido, poco sugerente o deficiente?
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A España simplemente se la tildó con adjetivaciones extemporáneas porque una franja sustancial de su propia prensa se consagró a fiscalizarla, renegando sistemáticamente de vislumbrar sus fortalezas o encontrar la oportunidad propicia para el elogio.

Al margen de no alinear a futbolistas del Real Madrid entre sus filas —situación alterada recién cuando Marc Cucurella estampó su firma con la casa blanca—, el meollo de la cuestión anida en otros focos de atención.
Se contó con un conductor sobrio, educado, afable, presto a rebatir conceptos con corrección, modales impecables, serenidad y trato fino. En ese perfil no existía insumo para la primicia, no había resquicio para el morbo, la estridencia ni para nada que la prensa del corazón juzgara «digno de cobertura». Una mirada sencillamente deplorable.
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El jovencísimo Lamine Yamal, la pieza más proclive a desentonar en el fuero mediático o social, exhibió un comportamiento sumamente centrado, lo que desmotivó el rastreo de los sabuesos de la prensa, conduciendo a que se retaceara valor a España por no generar el estrépito apetecido por quienes se nutren del escándalo, el chisme, la bufonada y lo efímero.
El resto del grupo, desde luego, supo conducirse con buena compostura tanto dentro como fuera de la cancha. Sin fisuras en la convivencia ni filtraciones hacia las bambalinas, el grupo fue ninguneado por aquellos que ansiaban relatos escabrosos o lisa y llanamente calumnias. Nadie en el campamento hispano se prestó a la carpa circense que tanto encandila a los sensacionalistas; todos permanecieron abroquelados en el cometido fundamental: jugar bien al fútbol.
Todos ellos, operarios tan silenciosos como eficaces, distantes de los focos, ajenos al escándalo y huérfanos de una prensa desinteresada en amplificar los aciertos.
Un atacante procedente de la Real Sociedad y no del Milan o del Paris Saint-Germain; un zaguero forjado en el Athletic de Bilbao y no en la nómina del Chelsea o el Bayern Múnich. No se trató de celebridad ni de «alcurnia», sino de compromiso irrestricto y lealtad hacia una idea superior a las frivolidades absurdas que suele demandar el vulgo, ya sea desde las plataformas mediáticas o las tribunas. En ese terreno, Luis de la Fuente se impuso por goleada.

Por último, conviene abordar un aspecto estrictamente futbolístico: esa perniciosa manía de desmerecer la faena defensiva, una dimensión del juego que ha experimentado una evolución notable y que rehusó siempre a quedar encorsetada en una receta única para alcanzar el éxito. Resulta una irresponsabilidad absoluta desacreditar el buen oficio en el repliegue y la contención como componentes legítimos y nobles del deporte rey.
Coincidamos en que, de haber dispuesto en la nómina a referentes de la red de la talla de Raúl González, Ismael Urzáiz, Fernando Torres o David Villa, la narrativa habría sido diferente; sin duda. Empero, De la Fuente no requirió de un ariete con presencia escénica, aparato publicitario o estampilla estelar; se valió de la totalidad del grupo sin ceder ante la necesidad de recurrir a clichés, arquetipos o personajes prefabricados para expender espejismos a la afición y a la prensa.
Pugnó palmo a palmo por consolidar un plantel solidario, eficaz dentro de sus márgenes, dotado de una capacidad encomiable para administrar la guinda de manera dúctil, precisa y, fundamentalmente, con la inteligencia requerida para descifrar cuándo acelerar el ritmo, frenar a cero la maniobra o simplemente atenuar la velocidad; determinaciones que, ejecutadas con maestría, facultan a cada uno de los intérpretes a pensar sin urgencias, decidir con mayor lucidez y dosificar el desgaste sobre el césped.
Y es que asistimos a una época donde a lo virtuoso se lo tilda de defectuoso y a lo nocivo se lo ensalza; sin importar el momento ni la geografía donde esto acontezca. Resulta insólito el tenor de ciertas lecturas, articulando críticas desprovistas de sustento, guarismos e interpretaciones serias. Deplorable y ciertamente irresponsable en toda su dimensión; ante todo esto último.
Luis Enrique Martínez asentó los cimientos de esta sensacional selección; Luis de la Fuente asumió la delicada encomienda de modelar y plasmar la cúspide de tan ambicioso proyecto.
Una cuestión de «Luises», una historia de estrategas colosales que no gozan del acoso elogioso de las masas ni de la devoción incondicional que despierta Pep Guardiola, pero que han demostrado con creces que poseen blasones propios de incalculable valía, a años luz de la adulación desmedida y las reverencias rimbombantes de los «entendidos». Vaya lección de conducción que brindaron ambos ayer y hoy.
Se trata de una gestión de los vestuarios y de los egos que debiera ser examinada con urgencia, necesidad y criterio vital por otros técnicos como Julian Nagelsmann, Marcelo Bielsa, Roberto Martínez y tantos otros conductores del panorama internacional.
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