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Más allá de la represión: cómo la violencia moldea la historia y la moral en El Salvador

En el marco del cierre del XVII Congreso Centroamericano de Historia, la relectura de la obra clásica de Patricia Alvarenga y la presentación de un dossier especial de la UCA revelan cómo las formas más sutiles de violencia siguen operando en el imaginario y cotidianidad salvadoreña.

Presencia militar en la historia de El Salvador
Antigua fotografía de cuerpos de seguridad utilizada por el periódico digital El Universitario de la UES, en su nota sobre el 48 aniversario de la masacre del 30 de julio de 1975. Foto: imagen de carácter ilustrativa y no comercial / https://eluniversitario.ues.edu.sv/ues-conmemora-48-anos-de-la-brutal-masacre-del-30-de-julio-de-1975/

La violencia suele imaginarse como un estallido: el disparo de una guerra, la agresión física o la cifra de un crimen sangriento. Sin embargo, la historia centroamericana demuestra que sus engranajes más profundos y duraderos operan de forma mucho más silenciosa.

En la jornada de clausura del XVII Congreso Centroamericano de Historia el pasado 24 de julio, la destacada historiadora costarricense Patricia Alvarenga ofreció una conferencia magistral que invitó a mirar el presente a través del espejo de nuestro pasado.


La cita coincidió con la conmemoración de los 30 años de la publicación de su libro emblemático, Cultura y ética de la violencia. El Salvador 1880-1932, una obra que transformó la forma de entender cómo el poder político y social construyen consensos en el país.

Para homenajear este aporte histórico, la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas (UCA) presentó en la edición No. 24 de la revista Tiempos de América de la Universidad Jaume I de Castellón, un dossier coordinado por el catedrático y director de UCA Editores, Sajid Herrera, y enriquecido por académicos de la institución, que extiende las tesis de Alvarenga hacia otros periodos clave de la historia salvadoreña.

Historiadora costarricense Patricia Alvarenga
La historiadora y catedrática costarricense Patricia Alvarenga tiene una conexión especial con El Salvador, pues su padre era salvadoreño y sus hermanos mayores nacieron en suelo cuscatleco. Foto / cortesía del XVII Congreso de Historia

El legado de Alvarenga

Cuando Patricia Alvarenga investigó el periodo entre 1880 y 1932, descubrió que la dominación estatal no se sostuvo únicamente mediante el uso de la fuerza represiva. El poder necesitó construir una «ética de la violencia»: un conjunto de valores morales, nociones de orden, jerarquía y disciplina en los que ciertos sectores integrantes de la propia población campesina e indígena terminaron participando, ya fuera por apropiación, adaptación o colaboración.

«La violencia no es solo acción represiva; es un horizonte normativo. Determina qué se acepta y qué se rechaza en una sociedad», reflexiona la catedrática de la Universidad Nacional, en Costa Rica, en una conversación con eldiariodehoy.com previa a la clausura del congreso.

Tres décadas después, los aportes de esta investigación siguen vigentes, porque enseñan que la violencia -en todas sus manifestaciones- no desaparece ni se esfuma en el aire cuando concluye un periodo histórico; cuando sus causas estructurales no se resuelven, simplemente muta y cambia de rostro.

Las investigaciones presentadas por la UCA en la revista de historia de América Latina Tiempos de América ahonda en esto, retomando el marco teórico de Alvarenga para demostrar cómo los poderes hegemónicos han perfeccionado la violencia a lo largo del tiempo. Acá mencionamos solo tres de esos contenidos:

Revista de historia "Tiempo de América"
Portada de la edición 24 de la revista Tiempos de América, en donde se incluye el dossier que conmemora los 30 años de la publicación del trabajo de Alvarenga. Foto: imagen de carácter ilustrativo y no comercial / https://www.e-revistes.uji.es/index.php/tiemposamerica/issue/view/498/379

1 La violencia de la imagen (1948). El estudio de David Rocha Cortez analiza cómo el régimen militar del presidente Óscar Osorio utilizó publicaciones e imágenes oficiales para definir quién era un ciudadano «puro y productivo» (el soldado, el obrero disciplinado) en El Salvador. La violencia sutil radicó en la invisibilización: dejar fuera del encuadre el conflicto agrario, las desigualdades y los cuerpos disidentes para vender una ilusión de progreso y armonía.

2 La violencia mediática y de género (décadas de 1970 y 1980). A partir del pensamiento del psicólogo social jesuita Ignacio Martín-Baró, Nathaly Guzmán examina cómo las telenovelas de consumo masivo normalizaron la agresividad machista, la hipersexualización y el autoritarismo familiar. Al no cuestionarse estos patrones, se interiorizaron en la cotidianidad como conductas «naturales».

3 La violencia como «pedagogía política» en la posguerra (1992-2025). El trabajo de Ivon Rivera Andrade revela que, tras los Acuerdos de Paz de 1992, la violencia estatal no se extinguió, sino que se convirtió en una estrategia pedagógica. A través de discursos de seguridad, reportajes y comunicaciones oficiales, el Estado moldeó una subjetividad punitiva en la ciudadanía, enseñándole a aceptar y desear el castigo duro como el único camino para garantizar el orden.

Retrato del presidente de El Salvador Óscar Osorio
El militar Óscar Osorio fue presidente del país de 1950 a 1956, período analizado por el catedrático David Rocha en su investigación «Regímenes de visibilidad e invisibilidad: Cultura visual, género y deseo en la Revolución del 48». Foto / Wikipedia

Discursos autoritarios y pérdida del pensamiento crítico

Vale subrayar que al reflexionar sobre la realidad centroamericana actual, se puede palpar ese peligro de naturalizar nuevas expresiones de violencia que deben ser estudiadas desde la Academia. Por ejemplo, los discursos de odio en redes sociales, expresiones culturales populares, música y ficciones juveniles que glorifican la figura violenta.

Para la historiadora costarricense, sí es necesario estudiar estas nuevas expresiones de violencia, que podrían ser el reflejo de un entorno social donde el autoritarismo vuelve a estrechar los márgenes de la libertad humana a nivel mundial.

Asimismo, respecto a las políticas orientadas exclusivamente al encarcelamiento masivo como solución a la violencia, Alvarenga sostiene que el castigo por sí solo no resuelve la raíz del problema.

«Está bien que exista la cárcel para quien comete un delito, pero la violencia no se elimina por decreto ni llevando a la gente a la prisión. Se resuelve construyendo convivencia comunitaria, ocupando los espacios públicos y privados para la solidaridad, y garantizando condiciones para una vida digna», apuntó.

Frente a un panorama donde los discursos punitivistas y las agresiones cotidianas amenazan con volverse la norma, Patricia Alvarenga y los académicos de la UCA coinciden en un punto crucial: la enseñanza crítica de la Historia es una herramienta poderosa para proteger la democracia.

Aprender historia no consiste solamente en memorizar fechas ni relatos oficiales, sino en despertar en las aulas el «gusanito de la duda». Conocer el pasado permite a las nuevas generaciones comprender por qué pensamos como pensamos y evitar que el imaginario colectivo sea recortado por el poder de turno.

La advertencia final de Alvarenga en el cierre del congreso resonó como una llamada de atención para toda la sociedad salvadoreña, para toda Centroamérica y el mundo: «Si perdemos la capacidad de pensar, lo perdemos todo».

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