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Cómo era la Fiesta de los Farolitos en Ahuachapán hace medio siglo

Hace 50 años, la Fiesta de los Farolitos en Ahuachapán se caracterizaba por la devoción hogareña, calles iluminadas a la luz de las velas y una íntima convivencia comunitaria.

Fiesta de Los Farolitos de Ahuachapán
Imagen de archivo de un ciudadano ahuachapaneco iluminando con farolitos. Foto / EDH

Cada 7 de septiembre, las calles de la ciudad de Ahuachapán se transforman en un deslumbrante mar de luz para celebrar la víspera del nacimiento de la Virgen María.

Aunque hoy en día es una multitudinaria manifestación de color y espectáculo, viajar medio siglo hacia atrás, a la década de los 70, nos devuelve a una festividad marcada por la calidez del hogar, el recogimiento espiritual y una profunda participación comunitaria.

Pero primero, para comprender el espíritu de esta tradición, es necesario remontarse a sus orígenes. De acuerdo con investigaciones recopiladas por la extinta Casa de la Cultura de Ahuachapán -una de las que se caracterizó por su dinamismo-, la explicación más aceptada sobre el surgimiento de los farolitos se remonta a 1850.

En aquel año, un voraz terremoto azotó la región. Temerosos de nuevas réplicas, los habitantes salieron a dormir a las calles y, ante la ausencia de energía eléctrica, debieron alumbrarse con candiles, velas y rajitas de ocote.

Dos feligreses iluminados por velas, en la fiesta de Los Farolitos en Ahuachapán
Los ahuachapanecos celebran con devoción la fiesta del nacimiento de María, con su tradición de Los Farolitos. Foto EDH / Archivo
Taller de elaboración de farolitos en Ahuachapán
Artesano junto a un conjunto de farolitos listos para utilizar en la iluminación de Ahuachapán y Ataco. Foto EDH / Archivo

En medio de la angustia, imploraron la protección de la Virgen María y prometieron iluminar las fachadas de sus viviendas cada 7 de septiembre en su honor, al coincidir la tragedia con la víspera de su natividad (nacimiento).

Otras teorías históricas vinculan la costumbre a la época colonial —cuando la localidad se llamaba Nuestra Señora de la Asunción de Ahuachapán— o a rezos al aire libre donde se iluminaban los cercos para evitar que las casas de paja se incendiaran.

En sus inicios, las familias colocaban únicamente siete faroles. Esta cifra no era casual, sino un símbolo directo de la fecha previa al nacimiento de la Virgen.

Con el tiempo, las sencillas ramas de pascua blanca o carrizo forradas con papel celofán dieron paso a diseños elaborados e incluso a curiosas creaciones hechas con cáscaras de frutas como piñas o naranjas en barrios emblemáticos como San José o Santa Cruz.

Fiesta de Los Farolitos en Ahuachapán y Ataco
Postales de archivo de las fiestas en honor de la Inmaculada Concepción de María en Ahuachapán, cada 7 de septiembre. Foto / EDH

A la luz de la memoria

Hace 50 años, a mediados de la década de 1970, esta festividad conservaba esa escala íntima. Lejos de los focos LED, las estructuras gigantescas patrocinadas por empresas y la masiva afluencia turística de la actualidad, la magia residía en el trabajo hecho a mano por cada familia. En celebrar con la comunidad.

Días antes, vecinos de todas las edades moldeaban la madera de madroño o las varas de bambú, forrándolas cuidadosamente con brillante papel celofán.

Al caer la noche del 7 de septiembre en esta región del occidente del país, no se encendía ningún interruptor de la electricidad.

Eran las mechas de las velas de cera las que encendían la tenue y cálida luz que vestía las puertas, ventanas y cercados de las casas de la entonces cabecera departamental.

Decoración doméstica con Farolitos en Ahuachapán
Antes de las estructuras espectaculares de hoy en día, los ahuachapanecos decoraban de forma sencilla la entrada a sus casas. Foto EDH / Archivo
Fiesta de Los Farolitos en el Barrio Santa Cruz
Imagen de la forma en que se organizaban los diferentes lugares de Ahuachapán para la fiesta. Acá en el barrio Santa Cruz. Foto EDH / Archivo
La tradicional celebración de Los Farolitos une a la comunidad ahuachapaneca
Desde que surgió, la tradicional celebración de Los Farolitos une a la comunidad ahuachapaneca. Foto EDH / Archivo

El crujido de las llamas, el aroma a cera derretida y el sutil humo creaban una atmósfera mística e inconfundible.

Las familias caminaban despacio por las calles empedradas para admirar el esfuerzo de sus vecinos, acompañaban la procesión y asistían a los ritos católicos.

Era una velada de puertas abiertas: se compartía el pan dulce, el atol, los tamales y la amena plática de vecinos.

Si bien en los años posteriores la tradición enfrentó momentos difíciles e incluso corrió el riesgo de perderse hasta su rescate institucional en 1989 y su posterior declaratoria como Patrimonio Cultural Inmaterial en 2014, el recuerdo de los años 70 permanece intacto.

Aquella fue una buena época, en la que la fe y la luz de siete simples faroles bastaban para unir a todo un pueblo.

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