“¿Qué ocurre cuando el deseo de ampliar el horizonte se encuentra una y otra vez con la violencia, la muerte y los muros levantados por el poder?”.
“¿Qué ocurre cuando el deseo de ampliar el horizonte se encuentra una y otra vez con la violencia, la muerte y los muros levantados por el poder?”.

¿Qué sucede con los sueños, con la utopía, cuando la historia parece derrotarlos? ¿Qué ocurre cuando el deseo de ampliar el horizonte se encuentra una y otra vez con la violencia, la muerte y los muros levantados por el poder?
Estas preguntas recorren buena parte de la obra de Roberto Armijo. Figura central de la llamada Generación Comprometida, el poeta, dramaturgo, novelista y ensayista salvadoreño dedicó gran parte de su trabajo intelectual a pensar las tensiones entre el individuo y su tiempo, entre la violencia y la historia, entre el anhelo de transformación y las heridas que dejan las derrotas colectivas.
Su obra parece girar obstinadamente alrededor de una misma preocupación: la búsqueda de un país imaginado allí donde el tiempo solo ofrecía exilio, violencia y desencanto.
Su vida estuvo atravesada por algunas de las experiencias más complejas del siglo XX centroamericano. Conoció la persecución política, la cárcel y el exilio. Vivió durante décadas en Francia, desde donde continuó escribiendo, reflexionando sobre su país y participando activamente en debates culturales y políticos.

Sin embargo, la obra de Armijo desborda cualquier intento de reducirla a las circunstancias que la produjeron. Aunque sus textos nacen del contacto directo con las tensiones políticas e históricas de su época, su escritura se desplaza hacia preguntas más amplias y perdurables sobre la memoria, el desarraigo, la violencia y la imaginación.
Más que documentar la historia, Armijo la transforma en un territorio de reflexión desde el cual interrogar la condición humana y la persistente búsqueda de horizontes posibles.
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Si la poesía y la narrativa de Armijo han ocupado un lugar visible dentro de la cultura salvadoreña, su dramaturgia ha corrido una suerte distinta. A pesar de la importancia de textos como Jugando a la gallina ciega (1970), Los rapaces y El hombre más viejo del mundo, posteriormente reunidos en volúmenes como Teatro inédito (1989) y Trilogía de Teatro (1990), su dramaturgia ha aparecido de manera esporádica en los escenarios nacionales.
De ahí la relevancia de la puesta dirigida por Juan Barrera y presentada en el Acto II de la temporada 2026 del Teatro Luis Poma. Más que recuperar una pieza del repertorio, el montaje vuelve la mirada hacia una zona fundamental de la historia teatral salvadoreña y reactiva preguntas que todavía conservan una notable capacidad de interpelación.

Es fundamental recordar, además, que la dramaturgia de Armijo forma parte de un momento particular de la cultura salvadoreña. Los autores vinculados a la Generación Comprometida escribieron en un contexto marcado por la renovación teatral impulsada por Edmundo Barbero desde la Dirección General de Bellas Artes durante la década de 1950 y, posteriormente, desde el Teatro Universitario de la Universidad de El Salvador (1960-1982).
A través de su trabajo como director, maestro y formador de públicos, Barbero introdujo en el país algunas de las corrientes dramáticas más innovadoras de su tiempo. Obras del existencialismo y el teatro del absurdo comenzaron a circular en los escenarios salvadoreños, ampliando de manera decisiva el horizonte estético de una generación de escritores.
El éxito alcanzado por montajes como A puerta cerrada (1952) de Jean-Paul Sartre en Bellas Artes, Esperando a Godot (1966) de Samuel Beckett, Luz Negra (1967) de Álvaro Menen Desleal o Las escenas cumbres (1967) de José Roberto Cea todas estrenadas con el Teatro Universitario, dan cuenta de un ecosistema teatral que dialogaba activamente con las transformaciones de la escena internacional.
Más que la incorporación de nuevos autores al repertorio, estas experiencias contribuyeron a expandir el horizonte estético del teatro salvadoreño, abriendo espacio para formas dramáticas alejadas del costumbrismo y del realismo tradicional, donde la alegoría, el absurdo, la experimentación formal y la reflexión existencial adquirieron una presencia cada vez más significativa.

Es precisamente en ese cruce entre compromiso histórico y experimentación estética donde debe situarse la dramaturgia de Armijo. Para comprender la singularidad de su teatro conviene recordar que nunca se sintió cómodo dentro de los límites del realismo convencional. En una entrevista realizada por Guillermo Escalón y conservada en el repositorio Archivo Mesoamericano, el escritor explicaba que algunas de sus obras nacieron del deseo de representar fenómenos concretos de la realidad salvadoreña sin reproducirlos de manera literal.
La vigilancia, la represión política, el miedo y la violencia aparecían transformados mediante figuras alegóricas, personajes grotescos y situaciones cargadas de extrañeza. Y en este sentido, el teatro, para Armijo, debía construir un imaginario propio capaz de revelar dimensiones ocultas de la realidad.
El hombre más viejo del mundo participa de ese horizonte estético abierto por el existencialismo y el teatro del absurdo. Como ocurre en buena parte de esta tradición dramática, la obra parte de una situación reconocible para desplazarse progresivamente hacia un territorio donde las certezas se vuelven inestables y los personajes se enfrentan a preguntas fundamentales sobre el sentido de la existencia.
Aunque el texto se desarrolla en un entorno que remite a la enfermedad, la vejez y el deterioro físico, Armijo no se interesa por describir esas condiciones de manera realista. Lo que le importa es explorar cómo los seres humanos construyen significado frente a la pérdida, la soledad y la proximidad de la muerte.

El anciano que ocupa el centro de la acción puede ser leído de múltiples maneras. Es un cuerpo atravesado por el tiempo, pero también una conciencia que se resiste a desaparecer. Es memoria individual y memoria colectiva. Es una figura vulnerable y, al mismo tiempo, un personaje que conserva intacta la capacidad de imaginar y recordar.
Allí radica buena parte de la fuerza de la obra. Lo que podría convertirse en una reflexión sobre la decadencia termina transformándose en una indagación sobre el deseo, la esperanza y la obstinación de seguir soñando cuando todo parece indicar que ya no queda nada por esperar.
La puesta dirigida por Juan Barrera comprende con claridad esta dimensión de la obra. Lejos de cualquier lectura naturalista, construye un universo escénico atravesado por elementos simbólicos donde la enfermedad, la vejez y el deterioro físico funcionan como preguntas sobre el tiempo, la memoria y la fragilidad humana.
La escenografía, la iluminación y el trabajo visual contribuyen a crear una atmósfera suspendida entre el sueño, el delirio y el recuerdo, un espacio donde la realidad permanece abierta a múltiples interpretaciones.

En ese contexto adquiere especial relevancia el trabajo de Francisco Cabrera, Angie Anariva y Roberto Martínez. Los tres intérpretes sostienen con solvencia una dramaturgia que exige transitar constantemente entre el humor, la extrañeza, la reflexión y la emoción. Particularmente significativo resulta el personaje del anciano, figura central de la obra y metáfora de una imaginación/utopía que se resiste a desaparecer.
Más que representar una vejez derrotada, el montaje lo presenta como un sujeto que continúa soñando incluso cuando todo parece indicar que ya no queda nada por esperar.
Resulta llamativo que una obra escrita desde las coordenadas estéticas del existencialismo y el teatro del absurdo conserve todavía una capacidad tan efectiva de interpelación. En una época atravesada por guerras, desplazamientos forzados, crisis ambientales y nuevas formas de incertidumbre global, las preguntas sobre el sentido de la existencia, la fragilidad de los vínculos humanos o la persistencia de la utopía continúan ocupando un lugar central.
La extrañeza, la alegoría y la desarticulación de las certezas que caracterizan buena parte de la dramaturgia de Armijo no pertenecen únicamente al contexto intelectual que las produjo; siguen siendo herramientas válidas para pensar un presente donde la realidad parece desafiar constantemente nuestra capacidad de comprensión.

La puesta de Juan Barrera y Proyecto Talía también permite volver la mirada hacia una zona menos transitada de la tradición teatral salvadoreña. Durante décadas, la dramaturgia producida por autores vinculados a la Generación Comprometida quedó parcialmente eclipsada por la relevancia de su poesía, su narrativa o su intervención política.
Hacer volver a las tablas a El hombre más viejo del mundo supone reencontrarse con un momento de renovación estética en el que los escenarios salvadoreños dialogaban activamente con las corrientes internacionales y experimentaban con nuevas formas de representar la condición humana.
En ese gesto de recuperación emerge también la posibilidad de volver sobre otras obras, otros autores y otras preguntas que continúan esperando nuevas lecturas desde el presente.
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