El aumento de la censura de libros en Estados Unidos, con miles de títulos prohibidos en escuelas, reactiva un debate global sobre educación, control cultural y pensamiento crítico con antecedentes históricos en distintos sistemas políticos.
El aumento de la censura de libros en Estados Unidos, con miles de títulos prohibidos en escuelas, reactiva un debate global sobre educación, control cultural y pensamiento crítico con antecedentes históricos en distintos sistemas políticos.

Hubo un tiempo en que ciertas advertencias literarias parecían exageraciones. Distopías útiles para pensar el futuro sin tomarlas demasiado en serio. Hoy, algunas de esas imágenes regresan, no como profecía, sino como referencia incómoda.
La escritora canadiense Margaret Atwood advirtió recientemente que nunca en la era moderna se habían prohibido tantos libros en Estados Unidos. Los datos respaldan esa percepción.
Según la organización PEN America –según nota de El País de España-, solo en el ciclo escolar 2024-2025 en EE. UU. se registraron 6.870 casos de prohibición de libros en 23 estados y 87 distritos escolares, una cifra que confirma la consolidación de esta tendencia.
El fenómeno no es aislado: desde 2021, se han documentado casi 23.000 prohibiciones en escuelas públicas a nivel nacional, un volumen sin precedentes en la historia reciente del país.

Además, el impacto es amplio: estas restricciones han afectado a más de 2.600 creadores, entre autores, ilustradores y traductores, lo que muestra que no se trata de casos puntuales, sino de un proceso estructural.
Los títulos cuestionados incluyen obras contemporáneas y clásicos modernos. Libros como The Bluest Eye, de Toni Morrison, o Gender Queer, de Maia Kobabe, figuran entre los más desafiados, junto con otros que abordan temas de identidad, racismo o sexualidad.
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De hecho, la Asociación de Bibliotecas de Estados Unidos registró 2.452 títulos únicos censurados o cuestionados en 2024, en muchos casos por abordar diversidad, historia racial o experiencias LGBTQ+.
El patrón también muestra concentración geográfica. Estados como Florida, Texas y Tennessee lideran las prohibiciones, con miles de títulos retirados o restringidos en sus sistemas educativos.
TENDENCIA EN EL TIEMPO
Más allá de los números, lo que emerge es una tendencia sostenida. Informes recientes advierten que estos procesos responden a campañas organizadas y a presiones políticas, más que a decisiones aisladas de padres o comunidades educativas.
El fenómeno, sin embargo, no es nuevo. A lo largo del siglo XX, distintos gobiernos han intervenido en la circulación de ideas. En 1933, la Alemania nazi convirtió la quema de libros en un acto público. Décadas después, durante la Revolución Cultural en China, miles de textos fueron eliminados como parte de una reconfiguración ideológica.

En América Latina también existen antecedentes. Investigaciones del escritor salvadoreño Miguel Huezo Mixco, reunidas en No tengo patria. Ensayos y artículos periodísticos de Salarrué (1928-1939), documentan un sistema en el que la prensa operaba bajo supervisión estatal.
Durante el régimen de Maximiliano Hernández Martínez, la publicación de ideas estaba condicionada por mecanismos de control que afectaban tanto a periodistas como a escritores. Intelectuales críticos enfrentaron censura, marginación o exilio.
Los ejemplos, aunque distantes entre sí, comparten una inquietud común: qué ocurre cuando los espacios de lectura, pensamiento y debate comienzan a reducirse.
No siempre se trata de prohibiciones abiertas. En algunos casos, el cambio es más gradual. Ciertos temas dejan de circular, otros se repiten con mayor fuerza y no toda la información está igualmente disponible. Entre lo que se dice, lo que se omite y lo que se desplaza, el margen para pensar puede reducirse sin necesidad de una censura explícita.

LOBO CON PIEL DE OVEJA
Este tipo de dinámicas ha sido observado por distintos pensadores. George Orwell imaginó sociedades donde el control del lenguaje limita el pensamiento en su libro 1984. Michel Foucault analizó cómo el poder organiza qué discursos circulan. Y Hannah Arendt advirtió sobre la manipulación de la verdad en contextos autoritarios.
En el presente, la discusión no se limita a los libros prohibidos. También incluye el lugar de las humanidades en sistemas educativos cada vez más orientados hacia lo técnico.
El debate, entonces, no es solo qué se retira de las bibliotecas, sino qué se considera necesario enseñar.
A lo largo del tiempo, distintos gobiernos —con distintas formas políticas— han intervenido en ese terreno. En algunos casos de forma directa. En otros, redefiniendo prioridades.
La historia sugiere que el vínculo entre poder y conocimiento no desaparece. Solo cambia de forma.
Y en ese contexto, cada libro que deja de circular no es únicamente una ausencia en un estante, sino una señal —más o menos visible— de los límites dentro de los cuales una sociedad piensa.
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