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A Paquito D’ Rivera, con admiración

La otra noche mi madre y yo no pudimos evitar la emoción. Fueron más de dos horas disfrutando con el trío que lidera Paquito y al que se sumó Serrano, un virtuoso de la armónica que nos dejó pasmados cuando hizo un solo de La Malagueña, de Ernesto Lecuona

Escuchar las notas de Paquito D’ Rivera al saxofón y clarinete es para mí algo más que un deleite musical. También es una descarga emotiva porque al verlo tocar siento la presencia de mi padre, quien falleció hace tres años, como si hoy nos acompañara.

Hace unos días Paquito D’ Rivera, junto a Pepe Rivero al piano, Sebastián Laverde a la percusión y el armonicista Antonio Serrano, deslumbró al público en la sala sinfónica del Auditorio Nacional de Música, en Madrid. Los cuatro músicos provocaron un entusiasmo colectivo con versiones de música clásica pasadas por jazz y blues. De lo que se trataba era de casar piezas de Chopin, Bach o Mozart con ritmos de bolero, danzón o samba. Y con el humor criollo y ligero de Paquito la actuación destiló soltura de jam session. Sólo faltaron el humo de los cigarrillos y el ruido de las copas en un garito de jazz.

Conocí a este gran músico cubano, grande entre grandes, gracias a su amistad con mi padre, quien nunca se cansó de elogiarlo por su inmenso talento y jovialidad. Además, a los dos los unía la herida del exilio, un destierro al que cada uno arribó de modo distinto, pero por los mismos motivos: el rechazo visceral a un régimen dictatorial. Mi padre salió de Cuba muy joven y poco después de la instauración del castrismo. Paquito se formó musicalmente en la isla y cuando consiguió quedarse en el extranjero ya gozaba de fama internacional. En sus memorias, Sin ir más lejos, mi padre escribe de él: “Desde que está asilado, Paquito ha tocado en las mejores orquestas en los mejores sitios, ha ganado premios codiciadísimos y hasta ha publicado libros valiosos.” Mi padre no tenía buen oído, pero apreciaba la buena música.

La otra noche mi madre y yo no pudimos evitar la emoción. Fueron más de dos horas disfrutando con el trío que lidera Paquito y al que se sumó Serrano, un virtuoso de la armónica que nos dejó pasmados cuando hizo un solo de La Malagueña, de Ernesto Lecuona. Paquito también interpretó composiciones del gran pianista cubano Bebo Valdés, a quien sacó del anonimato desde su exilio en Suecia cuando a finales de los noventa lo invitó a grabar un disco con él. Él nunca pierde oportunidad de homenajearlo, así como a su esposa, la soprano puertorriqueña Brenda Feliciano, pareja de Paquito desde hace años. Su A Brenda con amor lo dice todo acerca de ella con la alegría de los compases de una samba. Si Paquito tiene otros amores, son los que manifiesta por la música brasileña y Duke Ellington.

Llegó el momento de las lágrimas con el número final, cuando interpretaron el tema que Ennio Morricone compuso para el filme Cinema Paradiso. Eso también es música clásica. La famosa película de Giuseppe Tornatore fue la última que vimos con mi padre la noche antes de su partida. Rodeada de gente en la hermosa sala sinfónica, cerré los ojos y lo vi frente a la pantalla del televisor, absorto con la historia de un niño que aprende a amar al cine en la modesta sala de proyecciones de un pueblo de Sicilia. Con su gracia habitual, Paquito dice que pudo haber sido en un cine de Manzanillo, de donde es el pianista Rivero. O, pienso yo, en uno de los cines de La Habana que mi padre frecuentaba en la adolescencia antes de un exilio sin retorno.

Al finalizar el concierto releí un artículo que en 2012 mi padre escribió: “Chopin era cubano. Se lo escuché a Paquito D’ Rivera en extraordinario concierto de Jazz Latino que acaba de dar en el Café Central de Madrid. El pianista, arreglista y compositor Pepe Rivero había transformado los valses y nocturnos del polaco en boleros caribeños y sonaban espléndidamente. Ahí estaban la esencia de Chopin y la cadencia melosa del bolero. No había traición, sino traducción.” Esto va por Paquito D’ Rivera, con admiración. Y también con gratitud por el instante con mi padre en nuestro Cinema Paradiso. [©FIRMAS PRESS]

Gina Montaner (La Habana, 1960). Periodista y escritora.  Desde hace más de cuatro décadas publica una columna semanal en el Nuevo Herald  y en  diversos periódicos en América Latina. Su libro más reciente es Deséenme un buen viajeMemorias de una despedida (Planeta 2024). En 2009 publicó la novela La mala fama (Plaza y Janés) y en 2006 coordinó y prologó Un día sin inmigrantes (Grijalbo).

*Twitter: ginamontaner

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