Light
Dark

Una crónica de la legión de salvadoreños que ayudó a reconstruir el Pentágono

Por ser un registro histórico importante reproducimos la crónica escrita en ese entonces por el periodista Francisco Ayala Silva desde Washington en exclusiva para El Diario de Hoy el 14 de enero de 2002 sobre la participación de los obreros salvadoreños en la reconstrucción del cuartel general del Ejército de los Estados Unidos.

Los cinco hombres de apellido Martínez trabajan aquí reconstruyendo la sede de la fuerza militar más poderosa del mundo. Los Martínez son tres hermanos, a los que se agrega un suegro y un yerno, originarios de Sensuntepeque. La madrugada los encuentra trabajando en pleno invierno boreal, cuando los charcos se congelan.

A las 8:00 de la mañana ya es media jornada. Entonces llega el desayuno para los 150 hombres —y un puñado de mujeres— que reconstruyen el lado Oeste del Pentágono, el centro de comando de las Fuerzas Armadas de Estados Unidos. El desayuno llega en un camión pequeño, adaptado para transportar refrescos, hot dogs, hamburguesas y cafés calientes. Y tamales. Y pupusas.

«De los 150 hombres que trabajan aquí, el 80 por ciento es salvadoreño», dice, con orgullo, Carlos Lizama Morales, superintendente de la compañía constructora Facchina, encargada de colocar los millones de toneladas de concreto que llenan el enorme agujero dejado por el choque de uno de los aviones el 11 de septiembre.

Septiembre negro

Lizama Morales es salvadoreño. Emigró a Estados Unidos a finales de los 70.

Aquí completó la secundaria, sirvió en el Ejército e hizo una familia estadounidense. Para él, trabajar en la reconstrucción del Pentágono «no es un trabajo, sino un orgullo».

Lizama Morales recuerda el día que cambió la historia. El 11 de septiembre, él trabajaba en una construcción en la Calle F de Washington; a las 9:40 de la mañana, vio una columna negra que se cernía en el sur, en las llanuras del norte de Virginia. Era el avión Boeing 757 de American Airlines que se había estrellado contra el Pentágono a 500 kilómetros por hora con una carga de 64 hombres, mujeres y niños.

Las Torres del Centro de Comercio Mundial, en Nueva York, ya habían sido golpeadas y se desplomarían antes de media hora.

La noche de ese 11 de septiembre, Carlos Lizama Morales entraba al Pentágono con sus jefes de Facchina, entre el humo y los escombros. Ya entonces se planificaba la reconstrucción.

Sería una obra especialmente difícil. El golpe parecía una gran grieta chamuscada; en realidad, atrás de esa grieta estaba el vacío. Era un cascarón que cubría una zona de escombros tan grande como tres campos de fútbol juntos, lo que quedaba de tres complejos de oficinas de cinco pisos cada uno.

«El golpe no fue frontal», cuenta Lizama Morales. «El avión golpeó en ángulo… el ruido de la explosión rompió los vidrios de las ventanas en otros lados del edificio; restos del avión cayeron al otro lado del Pentágono. Ningún otro edificio en el mundo habría aguantado el impacto».

Los escombros comenzaron a removerse desde la tarde del 11 de septiembre y fue un proceso que demoró dos meses —lo normal es seis—.

La reconstrucción inició el 19 de noviembre. Con el tiempo, los 150 obreros se convertirán en 300, casi todos salvadoreños. «Mire allí», dice Lizama Morales, señalando con el índice cada uno de los obreros que trabajan entre los hierros y tablones del segundo piso, «salvadoreño ese, salvadoreño aquel, salvadoreño el otro…».

El 80 por ciento de los hombres y mujeres que reconstruyen el Pentágono es originario de El Salvador

El 11 de septiembre de 1941 comenzó la construcción del Pentágono, durante la Segunda Guerra Mundial.

El jueves 17 de julio de 1941, el Congreso discutió la construcción de un edificio para alojar a todos los funcionarios civiles y militares del Departamento de Defensa. Ese día se ordenó un plano al arquitecto George Edwin Bergstrom y se le dio fecha de entrega: el lunes 22, a las 9:00 de la mañana. Cinco días después, Bergstrom presentó el diseño. Era un edificio pentagonal, porque ese diseño lo adaptaba a los caminos del condado de Arlington, en el norte de Virginia, cerca del cementerio militar de ese mismo nombre.

El edificio se diseñaba mientras se construía; los arquitectos produjeron 14 mil metros cuadrados de planos, pero los 15 mil albañiles trabajaban más rápido que los arquitectos.

Ya habían construido el cuarto piso con su techo cuando los arquitectos decidieron añadirle un quinto, edificado con tanta rapidez que no se le hicieron ventanas.

Los albañiles trabajaban 24 horas, con reflectores por las noches —los actuales reconstructores trabajan solo 20 horas diarias—.

La construcción original tomó 16 meses. Se le construyeron 284 baños, tiene 691 bebederos y 7.754 ventanas. Cada día se hacen 200 mil llamadas telefónicas y se cambian 250 bombillos eléctricos. Lo sostienen 41.942 pilares de concreto y cubre más espacio que cualquier otro edificio del mundo.

El Pentágono, uno de los edificios más reconocibles del mundo, no fue renovado en medio siglo.

En 1996 se inició un proceso de renovación que lo habría modernizado por otros cincuenta años. Las obras costaron tres mil millones de dólares.

La semana del ataque se habrían completado las mejoras de la cara que ahora está destruida. Se espera que el edificio esté totalmente remodelado para el 2010.

Legales Obituarios Epaper