La vulnerabilidad puede acercarnos muchísimo a alguien. Pero acercarse no concede automáticamente el derecho a avanzar.
La vulnerabilidad puede acercarnos muchísimo a alguien. Pero acercarse no concede automáticamente el derecho a avanzar.

Mi mamá murió y, aparentemente, eso mejoró considerablemente mi vida amorosa.
En las horas posteriores a su muerte, tres hombres con los que había tenido algún vínculo sentimental me llamaron para darme el pésame. Hasta ahí, todo perfectamente normal. Después de las condolencias, los tres encontraron distintas maneras de llegar a una pregunta parecida: ahora que mi mamá no estaba, ¿qué habría pasado entre nosotros? ¿Podríamos intentarlo otra vez?
Mi mamá todavía no había sido enterrada y tres personas ya habían encontrado una consecuencia inesperadamente favorable de su ausencia.
Entiendo de dónde venía la pregunta. Mi mamá tenía muchísimo peso en mi vida y su opinión influía en mis decisiones. Ellos lo sabían. Lo extraordinario fue concluir que las horas posteriores a su muerte constituían un momento razonable para averiguar si su ausencia modificaba sus probabilidades.
“Lamento mucho lo de tu mamá” habría funcionado perfectamente como oración completa.
Pero aquello apenas empezaba.
El día de la vela yo estaba haciendo lo que hace una hija cuando muere su madre: recibiendo familiares, resolviendo cosas e intentando funcionar mientras una parte de mi cerebro todavía no entendía qué estaba pasando. Llegó otro chico con quien había salido. Me dio sus condolencias y, en algún punto de la noche, decidió que era el momento perfecto para decirme que todavía me amaba y que creía que podíamos estar juntos.
Romántico. Excepto por el pequeño inconveniente de que estábamos velando a mi mamá.
Al día siguiente ocurrió mi favorito, si es que uno puede tener favoritos dentro de esta categoría.
Yo había decidido que el entierro sería íntimo. No quería acompañantes espontáneos. Quería estar con mi familia. Un hombre al que yo le gustaba sabía esto y decidió hacer caso omiso a mi deseo.
Pero no se acercó. Me llamó.
Me dijo que me estaba observando desde lejos. Describió y elogió la ropa que yo llevaba y me explicó que deseaba poder estar ahí conmigo.
Yo estaba a punto de enterrar a mi mamá. Él estaba viviendo una escena de una película romántica en su cabeza en la que yo ni siquiera sabía que participaba.
Durante mucho tiempo recordé estas historias simplemente como una colección particularmente desafortunada de hombres incapaces de leer una habitación. Después entendí que había algo más incómodo detrás: la facilidad con la que podemos confundir la vulnerabilidad de alguien con una oportunidad para acercarnos.
Lo hacemos incluso creyendo que nuestras intenciones son buenas. Alguien termina una relación y aparece quien llevaba años esperando. Alguien enferma y una antigua pareja descubre que “la vida es demasiado corta”. Alguien pierde a una persona y otro decide que finalmente debe confesar lo que siente. En las películas funciona. En la vida real, a veces una persona está intentando sobrevivir al peor día de su vida mientras otra decidió que llegó su tercer acto.
La vulnerabilidad puede generar intimidad. Cuando estamos destrozados bajamos defensas, necesitamos compañía, aceptamos abrazos y hablamos desde lugares que normalmente protegemos. Pero que alguien te permita acercarte cuando está vulnerable no significa que esa vulnerabilidad también te pertenezca.
Eso fue lo más extraño de aquellas experiencias. Yo estaba intentando procesar que mi mamá había muerto y, de pronto, también tenía que procesar sentimientos ajenos. Responder declaraciones. Administrar expectativas. Rechazar posibilidades románticas. Como si el duelo viniera con una bandeja adicional de asuntos pendientes: flores, documentos, funeral y cinco hombres preguntándose qué significaba aquello para ellos.
Y quizá querer bien a alguien exige una capacidad bastante poco celebrada: saber cuándo nuestros sentimientos son irrelevantes.
No porque no sean reales. Simplemente porque no todo lo que sentimos necesita convertirse inmediatamente en responsabilidad de quien lo provoca.
Acompañar a alguien es entrar en su dolor sin intentar conseguir un papel protagónico. A veces querer es llamar, llevar comida o sentarse en silencio. A veces es respetar que te pidieron espacio. Y a veces es guardar esa maravillosa declaración de amor para un día en que la otra persona no esté escogiendo el ataúd de su mamá.
La vulnerabilidad puede acercarnos muchísimo a alguien. Pero acercarse no concede automáticamente el derecho a avanzar.
Hay tragedias que no son puertas abiertas. Y si alguien acaba de perder a su mamá, créeme: su duelo no es tu oportunidad.
Alejandra Gavidia
Consultora política y Miss Universo 2021
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