El sabio no demuestra su valentía acelerando un vehículo después de haber bebido; la demuestra entregando las llaves, llamando un taxi o pidiéndole a otro que conduzca
El sabio no demuestra su valentía acelerando un vehículo después de haber bebido; la demuestra entregando las llaves, llamando un taxi o pidiéndole a otro que conduzca

En El Salvador hay costumbres que parecen no desaparecer nunca. Una de ellas es creer que después de cuatro cervezas, dos tragos de whisky y un «solo la del camino», el conductor desarrolla una especie de superpoder que le permite esquivar postes, motocicletas, peatones y hasta hoyos que ni el Ministerio de Obras Públicas ha logrado encontrar. Es un fenómeno extraordinario, porque el mismo hombre que ya no puede meter correctamente la llave en la cerradura de su casa está completamente convencido de que sí puede controlar una máquina de más de una tonelada circulando a noventa kilómetros por hora.
Lo más curioso es que siempre utiliza exactamente la misma frase: «No se preocupen, yo manejo mejor bolo». Esa afirmación debería ser estudiada por la NASA, porque contradice no solamente las leyes de la física, sino también la medicina, la psicología, la criminología y, desde hace algún tiempo, hasta el Código Penal salvadoreño. El reciente accidente ocurrido frente a una conocida pupusería, en Cojutepeque, volvió a poner esa realidad sobre la mesa. En cuestión de minutos las redes sociales hicieron lo que mejor saben hacer, mediante la publicación de un video en la se denuncia que el conductor era un famoso influencer, que había ingerido alcohol y que algunos familiares llegaron al lugar y que aparentemente retiraron evidencias, que intentaron resolver el problema antes de que llegaran las autoridades, que después intervino la Policía Nacional Civil.
Sobre cada uno de esos hechos corresponderá a las instituciones competentes establecer qué ocurrió realmente y determinar las responsabilidades que procedan, pero se presume que el famoso influencer huyo del lugar y no se tiene noticias si lo capturaron o no. Sin embargo, dejando de lado ese caso concreto, hay una verdad que nadie puede discutir: conducir bajo los efectos del alcohol dejó de ser una imprudencia tolerada para convertirse en una conducta que el Estado decidió enfrentar con todo el peso de la ley.
Y, francamente, ya era hora. Durante décadas construimos una peligrosa cultura de la excusa. El salvadoreño jamás acepta que anda ebrio; él asegura que únicamente viene «alegrito». Nunca dice que perdió el equilibrio; sostiene que el piso está desnivelado. Nunca reconoce que apenas puede hablar; afirma que tiene la lengua dormida. Si se cae, culpa a los zapatos. Si choca, el culpable siempre es el bache, la lluvia, el poste, el perro, la moto, el otro conductor o, si ya no encuentra a quién echarle la culpa, hasta Mercurio retrógrado. El único inocente de toda la historia, según él, es precisamente quien decidió beber y luego tomar un volante.
En las reuniones familiares siempre aparece el famoso experto en alcoholemia doméstica, ese amigo que levanta el vaso y dice con absoluta convicción: «Todavía aguanto otras tres». Nadie sabe con base en qué obtuvo semejante certificación profesional. Nunca estudió medicina, jamás ha utilizado un alcoholímetro y probablemente confunde un artículo del Código Penal con una promoción del supermercado. Aun así, habla con la seguridad de quien cree que el hígado es una institución autónoma capaz de negociar directamente con la gravedad. El problema es que la gravedad nunca negocia.
Tampoco lo hace el concreto, ni un árbol, ni un camión de ocho toneladas que viene correctamente por su carril. Quizá por eso el legislador decidió cambiar radicalmente las reglas del juego. Las reformas introducidas al delito de conducción peligrosa ya no dejan espacio para interpretar que manejar bajo los efectos del alcohol es una simple travesura de fin de semana. El mensaje es completamente distinto: quien decide beber también asume el riesgo de enfrentar consecuencias penales mucho más severas que los existentes años atrás. Hoy las penas de prisión son significativamente mayores y la política criminal del Estado es evidente.
Ya no se busca únicamente sancionar después de una tragedia; se pretende evitar que esa tragedia ocurra. Algunos consideran exagerada esa decisión. Curiosamente, casi siempre son los mismos que opinan que «por una cervecita no pasa nada». Es fácil pensar así cuando el accidente ocurre en la colonia vecina. La perspectiva cambia completamente cuando el vehículo impactado es el suyo, cuando el motociclista lesionado resulta ser un hijo o cuando la ambulancia llega a la casa de un familiar. Entonces desaparece el discurso de la tolerancia y comienza la pregunta que nunca debió hacerse: «¿Cómo pudo alguien conducir en ese estado?».
La respuesta es sencilla: porque durante demasiado tiempo la sociedad convirtió esa conducta en una anécdota graciosa y no en el enorme peligro que realmente representa.
La ley puede imponer una condena, retirar una licencia de conducir o enviar a una persona a prisión, pero jamás podrá devolverle la vida a quien murió por culpa de un conductor irresponsable. Tampoco podrá borrar el sufrimiento de una madre que recibe la noticia de que su hijo no regresará a casa, ni aliviar el dolor de una familia que ve desaparecer, en cuestión de segundos, el fruto de muchos años de trabajo.
Por eso, el verdadero objetivo de una legislación más severa no es llenar las cárceles, sino vaciar los cementerios y las salas de emergencia. Ningún salvadoreño debería celebrar que otro termine tras las rejas; lo verdaderamente digno de celebrar sería que todos comprendieran que el alcohol y el volante nunca debieron encontrarse. La prudencia siempre será más barata que un abogado, más valiosa que un vehículo nuevo y mucho más poderosa que cualquier influencia política o popularidad en las redes sociales. Al final, todos comparecemos en igualdad de condiciones ante la ley y, un día, también compareceremos delante del Juez de toda la tierra.
El libro de Proverbios lo resume con una sabiduría que sigue vigentes miles de años después: «El sabio teme y se aparta del mal; mas el insensato se muestra insolente y confiado» (Proverbios 14:16). Quizá allí está la diferencia entre quien llega sano y salvo a abrazar a su familia y quien termina abrazando los barrotes de una celda. El sabio no demuestra su valentía acelerando un vehículo después de haber bebido; la demuestra entregando las llaves, llamando un taxi o pidiéndole a otro que conduzca. Porque, al final de cuentas, el verdadero hombre no es el que presume cuánto licor puede soportar, sino el que tiene la suficiente madurez para reconocer que ninguna copa vale más que una vida.
Y recuerde siempre esto: el alcohol puede nublar la razón por unas horas, pero las consecuencias de una sola decisión irresponsable pueden perseguirlo durante muchos años… o durante toda la vida.
Abogado y teólogo.
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