Si un sujeto en Matagalpa secuestra a un niño para pedir rescate, el régimen imperante (el binomio Ortega-Murillo) ordena a la Policía buscar al individuo hasta encontrarlo, detenerlo, llevarlo ante los tribunales, condenarlo y enviarlo a prisión para purgar una larga pena, como castigo y advertencia a la población.
Pero si los Ortega ordenan arrestar a un sacerdote por celebrar un convivio dentro del templo, entonces se trata de un supuesto “crimen público” que el régimen justifica como un atentado contra él.
En otras palabras, un régimen puede perpetrar toda clase de abusos contra personas por “incomodar” o “complotar” contra él; abusos que van desde torturarlas, robarles sus pertenencias, impedir que se comuniquen con sus seres queridos, apenas alimentarlas y, en muchos casos, asesinarlas e incluso arrojar sus cuerpos a fosas comunes.
Personas que no han cometido ningún delito, fuera de incomodar al régimen imperante en Nicaragua o, para el caso, en Cuba o Venezuela, entre muchos otros, son literalmente hundidas en un infierno sin más motivo que el de “incomodar” a los criminales en el poder, ya se trate del fallecido Hugo Chávez en Venezuela o del régimen de los talibanes en Afganistán, que, intentando revertir el paso de la historia, se aferra a una creencia medieval que choca con los tiempos actuales.
Los extremos a los que estos fanatismos llegan se ilustran con el horrible atentado de un musulmán de veinte años, un joven muy bien parecido, que embistió con su vehículo a un grupo de personas que celebraba “el Desfile del Orgullo”, matando a –– e hiriendo a ––, un crimen que ha conmovido profundamente a Alemania.
La homosexualidad es o era castigada con la pena de muerte por algunos regímenes fundamentados en interpretaciones extremistas de la ley islámica, lo que ha dado lugar a la formación de bandas radicales como ISIS, responsables de atentados y asesinatos en varios países europeos, particularmente en Bélgica.
Hace pocas semanas, un padre mató a su hija porque esta se negó a portar la burka, la vestimenta que cubre de cabeza a pies a las mujeres. El individuo y un par de sus hermanos son delincuentes prófugos, amparados por normas o circunstancias de países dominados por esta clase de fanáticos.
Voltaire luchó toda su vida para erradicar los fanatismos
La ciega intolerancia y la negativa a encajar con normas que permiten la convivencia pacífica entre grupos humanos quedaron expuestas con los ataques a las Torres Gemelas de Nueva York el fatídico 11 de septiembre de 2001. Como una especie de “arrepentimiento”, algunos sectores propusieron construir un centro islámico cerca del lugar de los atentados, iniciativa que generó una intensa controversia pública.
El dictador turco Erdoğan, que ha encarcelado al alcalde de Estambul por liderar la oposición, está convirtiendo en mezquitas antiguos templos cristianos, entre ellos Santa Sofía (Hagia Sophia), un monumento cristiano construido hace aproximadamente mil quinientos años.
El insigne pensador francés Voltaire dedicó su vida y sus luchas a combatir los fanatismos y a liberar a la humanidad de esas prisiones de la mente. Ello lo llevó a vivir en constante movimiento para evitar convertirse en víctima de las jerarquías de la Iglesia católica y de los remanentes de la Inquisición, así como para mantenerse alejado de la influencia de Juan Calvino en Suiza, donde fue ejecutado Miguel Servet.