En el Día Internacional del Perro, como amante de estos maravillosos animales y tras escuchar la controversia generada por las declaraciones de un conductor mexicano, comparto esta reflexión.
Una sociedad no comienza a perder su humanidad cuando deja de amar a las personas. Comienza a perderla cuando deja de respetar la vida de quienes jamás podrán responder con odio.
Los perros no conocen el rencor. No entienden de ideologías, de clases sociales ni de privilegios. Despiertan cada mañana con una sola misión: acompañar. Son capaces de esperar durante años a un dueño que nunca volverá, de permanecer junto a una tumba sin comprender la muerte y de entregar una fidelidad que muchos seres humanos jamás serán capaces de corresponder.
En un mundo donde abundan las palabras vacías, un perro sigue hablando el único idioma que nunca ha perdido valor: el amor incondicional.
Por eso resulta alarmante que, desde espacios públicos, se pronuncien expresiones según las cuales los perros que son llevados a restaurantes o a otros lugares públicos «deberían ser envenenados». No es una ocurrencia ingeniosa. No es humor negro. Mucho menos una opinión valiente. Es una afirmación que normaliza la violencia contra seres indefensos y rebaja el nivel moral de quien la pronuncia.
Puede debatirse si existen establecimientos donde los animales deben o no ingresar. Para eso existen reglamentos, normas sanitarias y derechos que armonizar. Lo que jamás puede aceptarse es convertir el exterminio en un argumento ni el veneno en una respuesta.
Las palabras importan, y mucho más cuando provienen de personas con influencia. Porque las ideas terminan sembrando conductas. Y cuando el desprecio hacia la vida se disfraza de comentario ligero, lo que realmente se intoxica no es un perro: es la conciencia colectiva.
Los perros han rescatado niños entre los escombros, han guiado a personas ciegas, han detectado enfermedades, han servido junto a policías y bomberos y, durante incontables noches, han sido la única compañía de quienes estaban completamente solos. Han hecho más por la dignidad humana que muchos discursos pronunciados detrás de un micrófono.
Mientras escribía esta columna pensé en mi propio perro, que llegó a mi vida en 2017. Recordé su apoyo incondicional, su compañía constante y la forma en que ha estado presente en los momentos más importantes de mi vida y de mi familia. Ha sido un testigo silencioso de nuestras alegrías, nuestras dificultades y nuestro crecimiento.
La empatía jamás será un signo de debilidad. La crueldad, en cambio, siempre será una confesión de pobreza espiritual.
El verdadero problema nunca ha sido un perro acostado junto a la mesa de su dueño. El verdadero problema aparece cuando alguien es capaz de desear la muerte de un ser inocente con la misma facilidad con la que pronuncia una frase.
Porque quien propone el veneno para un animal termina revelando que el tóxico más peligroso nunca estuvo en el plato… sino en las palabras.
Médico.