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La generación que todo lo merece y nada agradece

Una cosa es reconocer las imperfecciones de nuestros padres y otra muy distinta es despreciar todo lo que hicieron por nosotros

Jaime Ramírez Ortega

Si usted cree que los problemas de rebeldía comenzaron con las redes sociales, déjeme decirle que está equivocado. Mucho antes de que existiera Facebook, TikTok, WhatsApp o esos grupos familiares donde siempre aparece un tío enviando «Buenos días, bendiciones» a las cinco de la mañana, ya existía un personaje que hacía campañas de desprestigio, cuestionaba la autoridad y convencía a otros de que él era la mejor opción. Ese personaje se llamaba Coré, y su historia, narrada en Números capítulo 16, parece escrita para la generación actual.

Coré no era un hombre cualquiera. Era descendiente de Leví, primo de Moisés y Aarón, y pertenecía al grupo privilegiado de los levitas, escogidos por Dios para servir en el Tabernáculo. Dicho en buen salvadoreño, Coré ya tenía un «buen trabajo». No estaba desempleado, no era un marginado ni andaba buscando una oportunidad porque Dios ya le había dado una. Sin embargo, el problema del orgulloso nunca es la falta de oportunidades; el problema es que siempre cree que el puesto del otro se mira mejor. Comenzó a murmurar silenciosamente hasta convencer a Datán, Abiram, On y a doscientos cincuenta líderes de Israel para rebelarse contra Moisés.


Su discurso sonaba bonito: «Toda la congregación es santa» (Números 16:3, RVR1960). Traducido al salvadoreño moderno sería: «¿Y vos quién te creés? Aquí todos somos iguales.» Pero detrás de aquel discurso no había justicia; había envidia disfrazada de igualdad. Moisés no discutió con ellos. Simplemente dejó que Dios resolviera el conflicto. Y Dios lo hizo de una manera que nadie olvidaría jamás: la tierra abrió su boca y se tragó vivos a Coré, a Datán, a Abiram y a todos los que persistieron en aquella rebelión, mientras un fuego consumía a los doscientos cincuenta hombres que los acompañaban.

Dicho jurídicamente, fue una sentencia definitiva, sin apelación, sin casación y sin posibilidad de solicitar revisión extraordinaria. Desde ese día quedó demostrado que el orgullo siempre termina enterrando al orgulloso. Ahora bien, cualquiera pensaría que esa historia pertenece únicamente al Antiguo Testamento. Pero no. Coré nunca murió; simplemente aprendió a usar Wi-Fi. Hoy ya no anda con túnica ni carga un incensario. Ahora publica frases motivacionales en redes sociales, comparte videos donde dice que nadie puede decirle cómo vivir y escribe estados asegurando que «la familia es tóxica», mientras desayuna los frijoles que su mamá preparó, utiliza el internet que paga su papá y duerme bajo un techo que jamás ayudó a construir.

El orgullo únicamente cambió de vestuario; su esencia sigue siendo exactamente la misma.

Vivimos en una sociedad donde muchos jóvenes creen que rebelarse es una demostración de personalidad. Confunden el carácter con la insolencia, la libertad con el libertinaje y el orgullo con la autoestima. Algunos llegan a pensar que cualquier consejo de sus padres constituye una agresión a sus derechos fundamentales. Si el papá les dice que estudien, lo consideran un ataque psicológico. Si la mamá les pide que lleguen temprano, inmediatamente sienten que viven bajo una dictadura familiar.

Y si les recuerdan que en esa casa existen reglas, pareciera que estuvieran denunciando un régimen opresor ante la Corte Interamericana de Derechos Humanos. El problema no es que los padres sean perfectos; el problema es que muchos hijos han perdido completamente la capacidad de valorar el sacrificio que hay detrás de cada consejo.

Hay una escena que se repite todos los días en miles de hogares salvadoreños. El padre sale de la casa antes de que salga el sol. Aguanta tráfico, calor, clientes difíciles, jornadas interminables y un salario que apenas alcanza para sostener a la familia.

La madre hace verdaderos milagros financieros para estirar el dinero, administra cada centavo como si fuera ministra de Hacienda y muchas veces deja de comprarse algo para que a sus hijos no les falte nada.

Mientras tanto, el muchacho se despierta cerca del mediodía, toma el teléfono, revisa TikTok durante una hora y luego anuncia con absoluta seriedad que está «agotado emocionalmente». Uno quisiera preguntarle: «¿Agotado de qué, cipote? ¿De cambiar de video cada quince segundos?». Lo más triste es que muchos padres realizan sacrificios gigantescos para abrirles oportunidades a sus hijos, y estos las desperdician con una facilidad que duele.

Hay padres que venden un terreno heredado para pagar una carrera universitaria. Madres que empeñan sus pocas joyas para comprar una computadora. Familias enteras que dejan de salir, de pasear y hasta de comer lo que les gusta para pagar una mensualidad universitaria. Y después de todo ese esfuerzo, el hijo aparece diciendo que abandonará los estudios porque «ya no se siente identificado con esa carrera» o porque ahora descubrió que quiere ser influencer profesional. Claro que todos tenemos derecho a cambiar de rumbo, pero resulta curioso que esos cambios casi siempre aparecen exactamente cuando toca estudiar para los exámenes finales.

Existe otro fenómeno muy salvadoreño que me llama profundamente la atención. El hijo no escucha al padre que ha trabajado treinta años para levantar una familia, pero sí escucha al amigo que no ha logrado sostener ni un empleo durante seis meses. Desprecia la experiencia del abuelo, pero convierte en filosofía de vida un video de treinta segundos grabado por alguien que ni siquiera conoce. Hay jóvenes que rechazan los consejos de quien les dio la vida y obedecen ciegamente a un influencer cuyo mayor mérito consiste en saber bailar frente a una cámara. Definitivamente, el Wi-Fi hace cosas que ni el maná hizo en el desierto.

La rebeldía tiene además un efecto devastador: destruye la memoria. El hijo rebelde olvida rápidamente quién pagó sus útiles escolares, quién pasó noches enteras cuidándolo cuando estaba enfermo, quién dejó de comprarse ropa para poder comprarle zapatos nuevos el primer día de clases, quién caminó kilómetros para llevarlo a una escuela mejor o quién trabajó horas extras para que pudiera ingresar a la universidad. El orgulloso deja de ver los sacrificios y únicamente se concentra en aquello que todavía no tiene. Nunca dice «gracias»; siempre pregunta por qué no le dieron más.

Eso fue exactamente lo que le ocurrió a Coré. Dios ya le había confiado un ministerio extraordinario, pero él dejó de valorar el privilegio que poseía porque comenzó a obsesionarse con el liderazgo de Moisés. El orgullo siempre funciona de esa manera: primero borra la gratitud y luego alimenta la comparación. Cuando una persona deja de agradecer, inevitablemente comienza a murmurar. Y cuando comienza a murmurar, tarde o temprano termina rebelándose. También es importante reconocer que los padres no son perfectos. Cometen errores, levantan la voz cuando no deberían hacerlo, toman decisiones equivocadas y, muchas veces, quisieran retroceder el tiempo para corregir cosas que hicieron mal.

Pero una cosa es reconocer las imperfecciones de nuestros padres y otra muy distinta es despreciar todo lo que hicieron por nosotros. La madurez consiste precisamente en comprender que, aun con sus errores, la mayoría de los padres salvadoreños hicieron lo mejor que pudieron con las herramientas, el conocimiento y las circunstancias que les tocó vivir. La Biblia declara en Proverbios 16:18: «Antes del quebrantamiento es la soberbia, y antes de la caída la altivez de espíritu». No es una amenaza; es una advertencia. Dios conoce el destino inevitable del orgullo porque el orgulloso deja de escuchar, deja de aprender y termina creyendo que nadie puede enseñarle absolutamente nada.

Ese fue el error de Coré. Creyó que sabía más que Moisés y terminó descubriendo que la soberbia siempre presenta la factura. Hoy quizá la tierra ya no se abra para tragarse a los rebeldes, pero sí se abren otros abismos mucho más dolorosos: familias divididas, padres que envejecen con el corazón roto, hijos que desperdician oportunidades irrepetibles y jóvenes que cambian un futuro prometedor por el simple orgullo de creer que nadie tiene autoridad para corregirlos.

Quizá este artículo no sea para todos. Pero si algún hijo lo está leyendo mientras está acostado en una cama que compraron sus padres, utilizando un teléfono que ellos pagaron, conectado a un internet que jamás ha cancelado y comiendo alimentos que nunca compró, tal vez sea un buen momento para apagar el Wi-Fi durante cinco minutos, buscar a su papá o a su mamá y decirles algo que muchas veces cuesta más pronunciar que cualquier discurso: gracias.

Porque el orgullo siempre encuentra razones para reclamar, pero solamente un corazón sabio tiene la humildad suficiente para reconocer que detrás de cada oportunidad que hoy disfruta hubo unos padres que, probablemente en silencio, renunciaron a muchos de sus propios sueños para que sus hijos pudieran alcanzar los de ellos.

Abogado y teólogo.

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