El sistema de Protección Civil se confió a los militares, y lo desguazaron por completo. Eso explica su inutilidad absoluta tras los sismos, y la ira legítima de los ciudadanos
El sistema de Protección Civil se confió a los militares, y lo desguazaron por completo. Eso explica su inutilidad absoluta tras los sismos, y la ira legítima de los ciudadanos

Pedro Mario Burelli
Desde hace años, hablar de militares en Venezuela es hablar de hombres y mujeres disfrazados de militares: optaron por violar su juramento o decidieron mirar hacia otro lado mientras sus compañeros delinquían o reprimían.
Es crucial reconocer las excepciones. En las mazmorras de la DGCIM, decenas de militares que intentaron detener la barbarie se pudren, seis meses después de la extracción de Nicolás Maduro y a pesar de que Washington se jacta de controlarlo todos en Venezuela. Les expreso a esos oficiales mi más profundo respeto y gratitud.
Hugo Chávez, “un militar mediocre de mediana graduación” como supuestamente lo tildaba Lula da Silva, militarizó la administración pública y politizó a la Fuerza Armada. Los resultados no tardaron: la Venezuela paupérrima de hoy es la muestra patente de esa y otras genialidades suyas y de sus sucesores.
El sistema de Protección Civil se confió a los militares, y lo desguazaron por completo. Eso explica su inutilidad absoluta tras los sismos, y la ira legítima de los ciudadanos.
Al aliarse con Maduro para robarse las elecciones de 2024, los militares se amarraron a un barco que naufragó. Para colmo, tras el 3 de enero, ciertos individuos en Washington y Langley decidieron avalar como ministro de la Defensa al general Gustavo González López, sádico exdirector del Sebin sancionado por Estados Unidos, Canadá, la Unión Europea y el Reino Unido. Una decisión humillante para civiles y militares, que solo podía terminar mal. Aquí estamos.
Ojalá el golpe de realidad de los dos terremotos del 24 de junio, Día de la Batalla de Carabobo y Día del Ejército disque Bolivariano, le sirva al Gobierno de Estados Unidos para entender que los atajos en esta materia casi siempre se pagan caro. Ya es hora de actuar con decencia e inteligencia. O viceversa.
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