En este Día del Abogado, mi admiración y respeto para quienes han decidido caminar por la senda más difícil: la de la ética
En este Día del Abogado, mi admiración y respeto para quienes han decidido caminar por la senda más difícil: la de la ética

Cada treinta de junio se celebra el Día del Abogado, una fecha que merece mucho más que un simple «felicidades». Merece un reconocimiento sincero para miles de hombres y mujeres que han decidido dedicar su vida a una profesión tan apasionante como incomprendida. Ser abogado no consiste únicamente en conocer artículos, códigos, leyes o jurisprudencia. Ser abogado significa asumir la enorme responsabilidad de defender derechos, proteger libertades, resolver conflictos y convertirse, muchas veces, en la última esperanza de una persona que siente que el mundo entero se le vino encima.
Por supuesto, los abogados somos objeto de toda clase de chistes. Dicen que cuando un abogado sonríe es porque encontró una nueva forma de cobrar honorarios. Otros aseguran que la diferencia entre un abogado y un tiburón es que uno nada en el mar… y el otro en los tribunales. También cuentan que si un abogado pierde un caso siempre tiene una explicación jurídica de cincuenta páginas para demostrar que, en realidad, no perdió. Y no falta quien afirma que cuando un abogado dice «es un proceso sencillo», lo que realmente quiere decir es: «prepárese para una larga aventura».
Nos reímos de esos chistes porque el humor también forma parte de nuestra profesión. Después de todo, ¿qué abogado no ha salido de una audiencia convencido de haber dado una cátedra magistral, para luego escuchar al cliente preguntar con absoluta serenidad: «Abogado… ¿y entonces ganamos o perdimos?». En ese momento uno comprende que el Derecho no solo requiere conocimientos jurídicos; también exige paciencia franciscana. Pero detrás de las bromas existe una realidad que pocas veces se reconoce.
Hay miles de abogados honestos que trabajan desde muy temprano hasta altas horas de la noche estudiando expedientes, preparando escritos, investigando jurisprudencia y buscando la mejor solución para quienes depositaron en ellos su confianza. Son profesionales que saben que un error puede cambiar la vida de una familia, afectar el patrimonio de una empresa o incluso decidir el futuro de una persona privada de libertad.
Hoy deseo rendir homenaje, especialmente, a esos abogados y abogadas probos, éticos y valientes que nunca han vendido su conciencia por un puñado de billetes; a quienes comprendieron que la toga no se mancha con dinero fácil y que la dignidad profesional no tiene precio; a quienes prefieren perder un cliente antes que fabricar una prueba falsa; a quienes rechazan el soborno, la influencia indebida y cualquier atajo que comprometa la integridad de la justicia.
Porque ejercer el Derecho con ética, muchas veces, cuesta. Hay ocasiones en que decir «no» significa perder un caso, un contrato o un ingreso importante.
Hay clientes que llegan buscando un abogado, pero en realidad quieren encontrar un cómplice. Esperan escuchar frases como: «Eso se arregla con una llamada», «conozco al juez», «yo tengo influencias» o «déjeme el dinero y verá cómo resolvemos». Y cuando descubren que el profesional que tienen enfrente cree en la ley, en el debido proceso y en la honestidad, simplemente buscan otra puerta que tocar.
Sin embargo, quienes permanecen firmes saben que el verdadero prestigio no se construye sobre favores ocultos, sino sobre años de trabajo limpio. La reputación de un abogado no depende del vehículo que conduce, del reloj que lleva en la muñeca o del tamaño de su oficina; se mide por la tranquilidad con la que puede dormir cada noche, sabiendo que nunca tuvo que arrodillarse ante la corrupción para ganar un proceso.
También quiero felicitar a las mujeres abogadas, quienes durante décadas debieron abrirse camino en una profesión históricamente dominada por hombres.
Hoy encontramos extraordinarias litigantes, juezas, fiscales, defensoras, notarias, asesoras jurídicas, académicas y consultoras que diariamente demuestran que la excelencia profesional no conoce el sexo de la persona. Su inteligencia, preparación, firmeza y sensibilidad enriquecen el ejercicio del Derecho y fortalecen nuestras instituciones.
Los abogados sabemos que no existe expediente pequeño. Detrás de cada carpeta judicial hay personas de carne y hueso. Hay matrimonios que intentan salvar a sus hijos, trabajadores que luchan por sus derechos, empresarios que defienden su patrimonio, víctimas que esperan justicia e imputados que reclaman un juicio imparcial.
Cada caso representa una historia humana que merece ser tratada con respeto y responsabilidad. Claro está, tampoco podemos negar nuestras propias ocurrencias. Existe un viejo chiste que dice que, cuando dos abogados se saludan en un pasillo del tribunal, ninguno pregunta: «¿Cómo está?». Ambos preguntan: «¿Cómo va el proceso?». Y si el colega responde: «Todavía está en trámite», inmediatamente el otro contesta: «Entonces todavía hay esperanza… y también trabajo». Porque si algo caracteriza a los abogados es nuestra capacidad para encontrar siempre un artículo, un precedente o una interpretación que todavía no habíamos citado.
Otro clásico afirma que el abogado jamás dice «no sé». Lo correcto es responder: «Permítame revisar la legislación aplicable». Traducido al español cotidiano significa: «Déjeme investigar un poco y mañana hablamos». Esa prudencia, lejos de ser un defecto, muchas veces evita cometer errores irreparables. En Derecho, hablar sin estudiar suele salir mucho más caro que guardar silencio unas horas. Hoy también es oportuno reconocer a quienes ejercen la profesión desde el servicio público. A jueces íntegros que resisten presiones; a fiscales comprometidos con la legalidad.
A los defensores públicos que representan con dignidad a quienes no pueden pagar un abogado; a procuradores, asesores, docentes universitarios y estudiantes de Derecho que cada día mantienen viva la esperanza de que una mejor justicia es posible. Todos forman parte de una misma vocación: hacer que la ley deje de ser un simple texto escrito para convertirse en una verdadera garantía para la sociedad. El Derecho no necesita abogados perfectos. Necesita abogados valientes, profesionales capaces de decir la verdad, aunque resulte incómoda; de sostener sus principios cuando nadie los observa; de defender la Constitución, las leyes y los derechos fundamentales sin importar quién sea la persona que tienen enfrente.
La grandeza de un abogado no consiste en ganar todos los casos, sino en jamás perder su honor. Por eso, en este Día del Abogado, mi admiración y respeto para quienes han decidido caminar por la senda más difícil: la de la ética. Para quienes jamás han sobornado el sistema de justicia, nunca han vendido una sentencia, nunca han negociado su conciencia y nunca han permitido que el dinero sea más importante que la verdad. Ustedes son la reserva moral de El Salvador frente a las injusticias y el mejor ejemplo para las nuevas generaciones.
¡Feliz Día del Abogado!
Que nunca falte la sabiduría para interpretar la ley, la prudencia para aplicarla, el valor para defenderla y la honestidad para honrarla. Porque las victorias más importantes no siempre son las que se consiguen en un tribunal; muchas veces son aquellas que se alcanzan en silencio, cuando un abogado decide que su firma, su palabra y su conciencia valen infinitamente más que cualquier suma de dinero.
Abogado y teólogo.
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