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¿El papel del sociólogo o el sociólogo de papel?

Una sociedad necesita intelectuales que incomoden al poder, no intelectuales que lo celebren. Cuando los académicos terminan hablando como funcionarios, la sociedad pierde una de sus principales herramientas de autocrítica, y cuando la crítica desaparece, el conocimiento corre el riesgo de convertirse en propaganda

La sociología ha sido definida como una disciplina incómoda. Incómoda para el poder, para las élites, para las ideologías y, muchas veces, para la propia sociedad. Desde sus orígenes, los sociólogos han intentado responder preguntas que pocos formulan: ¿por qué existe la desigualdad?, ¿cómo se construye la dominación?, ¿de qué manera operan las relaciones de poder?, ¿quiénes se benefician y quiénes resultan excluidos de un determinado orden social?

A pesar de lo anterior, en tiempos de polarización política y creciente concentración del poder, se levanta una pregunta que merece ser discutida: ¿todos los que se presentan como sociólogos ejercen realmente la sociología?


La pregunta puede parecer incómoda, pero es necesaria. Porque existe una diferencia sustancial entre el sociólogo que analiza críticamente la realidad y aquel que utiliza el prestigio de la disciplina para justificar discursos oficiales. Existe una diferencia entre el investigador que problematiza el poder y quien se convierte en su portavoz.

El sociólogo alemán Max Weber preconizaba que la tarea del científico social no consiste en adoctrinar ni en utilizar su posición académica para imponer creencias políticas. Su acción es más compleja y exigente, derivándose en comprender la realidad, explicarla y someterla al análisis racional. Cuando la investigación se subordina a una causa política, corre el riesgo de abandonar el terreno de la ciencia para ingresar en el de la propaganda.

De esta manera, la sociología no nació para producir aplausos, sino para formular preguntas incómodas. Pierre Bourdieu insistía en que el intelectual debía preservar una relativa autonomía frente a los centros de poder; de ahí que, sin esa independencia, el pensamiento crítico corre el riesgo de transformarse en legitimación. El sociólogo deja de ser observador de la realidad para convertirse en administrador simbólico de las narrativas oficiales.

Es aquí donde aparece la figura que podríamos denominar «el sociólogo de papel». No se trata de alguien que carece de títulos académicos; muy por el contrario, ya que podría poseer credenciales, formación y experiencia. El problema no radica en sus diplomas, sino en la función que desempeña. El sociólogo de papel conserva la apariencia del pensamiento crítico, pero ha renunciado a su esencia. Su trabajo ya no consiste en investigar, contrastar o cuestionar, sino en justificar; esto lo evidencia al seleccionar únicamente aquellos datos que fortalecen una narrativa determinada, silenciando las evidencias que la contradicen e interpretando la realidad desde conclusiones previamente definidas. No busca comprender los fenómenos sociales, busca defender una posición política.

Ahora bien, el problema no es que el sociólogo tenga una postura política; toda mirada sobre la sociedad está atravesada por valores, preocupaciones y compromisos. El problema reside cuando su compromiso con una postura es mayor que su compromiso con la verdad, cuando deja de interrogar la realidad para defender una narrativa. En ese momento, la sociología deja de ser un ejercicio de comprensión crítica y se convierte en propaganda revestida de lenguaje académico.

Por tal razón, no hay que confundir la sociología con la propaganda, lo cual radica precisamente en que la sociología comienza con preguntas, comprende la realidad como una complejidad, parte de la duda y examina críticamente el poder; por el contrario, la propaganda parte de respuestas preconcebidas, simplifica todo a frases trilladas, afirma todo siguiendo el discurso del poder y celebra toda propaganda sin reflexionar, aunque sea por una apariencia formal.

El sociólogo norteamericano C. Wright Mills, uno de los sociólogos más influyentes del siglo XX, criticó a aquellos académicos que terminaban convirtiéndose en servidores intelectuales de las élites. Según Mills, la función de la imaginación sociológica consistía en conectar las experiencias individuales con las estructuras de poder que organizan la vida social. Esta tarea resulta imposible cuando el investigador se transforma en defensor incondicional de quienes gobiernan; de ahí que todo poder tiene necesidad de legitimarse y una de las formas más eficaces de hacerlo consiste en reclutar voces académicas para otorgarle apariencia científica a decisiones que, en realidad, responden a intereses políticos y de élites económicas.

Este fenómeno no es nuevo; ha ocurrido en regímenes de izquierda y de derecha, en democracias y en autoritarismos. El poder siempre busca intelectuales que lo expliquen favorablemente. Lo verdaderamente importante es si el intelectual conserva suficiente independencia para criticar aquello que previamente defendía, cuando las evidencias así lo exigen.

A partir de aquí, los sociólogos enfrentan una prueba ética fundamental, que podría esbozarse en las siguientes preguntas: ¿debe el sociólogo defender gobiernos o comprender sociedades?, ¿debe actuar como portavoz del poder o como observador crítico de la realidad? La respuesta parece evidente, si recordamos que la sociología crítica no surge para proteger gobernantes, sino para comprender las dinámicas sociales, revelar relaciones de dominación y ampliar la capacidad crítica de los ciudadanos.

Una sociedad necesita intelectuales que incomoden al poder, no intelectuales que lo celebren. Cuando los académicos terminan hablando como funcionarios, la sociedad pierde una de sus principales herramientas de autocrítica, y cuando la crítica desaparece, el conocimiento corre el riesgo de convertirse en propaganda.

Por eso, el valor de un sociólogo no se mide por su cercanía al poder, sino por su disposición a examinarlo críticamente. La verdadera prueba del pensamiento crítico no consiste en cuestionar únicamente al adversario; eso resulta relativamente predecible. Más bien, la prueba auténtica consiste en cuestionar también aquello con lo que simpatizamos, apoyamos y desearíamos que fuera cierto; en otras palabras, aspirar a la autonomía del pensamiento.

Cuando la crítica desaparece y es sustituida por la lealtad incondicional, la sociología pierde su razón de ser, y entonces queda únicamente el título, el papel y, por lo tanto, el sociólogo de papel.

Sociólogo e investigador salvadoreño.

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