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Manifestantes ingleses contra inmigración

Hay agravios reales y problemas mal resueltos, pero también hay una narrativa política que convierte esos problemas en rechazo generalizado al inmigrante y al musulmán. Esa distinción es fundamental para analizar el fenómeno con seriedad.

De acuerdo con diversos medios internacionales, decenas de miles de personas marcharon el sábado 16 de mayo en el centro de Londres en una manifestación de tono antiinmigración, antiislam y marcadamente nacionalista.

La actividad, convocada bajo el lema Unite the Kingdom («Unir el Reino Unido”), fue encabezada por Tommy Robinson, nombre público de Stephen Yaxley-Lennon, activista británico conocido por su discurso contra la inmigración y contra el Islam político. Según algunas estimaciones periodísticas, la marcha reunió alrededor de 60,000 personas, aunque las cifras variaron según la fuente.


Durante la manifestación se escucharon consignas contra la llegada de migrantes por el Canal de la Mancha, críticas al sistema de asilo y acusaciones contra el primer ministro Keir Starmer, a quien los manifestantes responsabilizan de priorizar a los inmigrantes sobre los ciudadanos británicos en áreas como vivienda, seguridad y gasto público.

Pero ¿qué piden, en concreto, estos sectores? De acuerdo con lo reportado por medios británicos como BBC News y The Guardian, sus demandas giran alrededor de cuatro ideas principales: endurecer drásticamente la política migratoria; detener las embarcaciones de migrantes que cruzan el Canal de la Mancha; rechazar lo que describen como una creciente influencia islámica en la vida pública; y recuperar una identidad nacional británica asociada a valores cristianos tradicionales.

¿Cuál es el origen de esta visión antiinmigración y antiislam? No nace de un solo hecho, sino de una acumulación de acontecimientos, percepciones y frustraciones sociales.

El primer elemento es un cambio demográfico rápido y visible. El Reino Unido recibió durante décadas habitantes procedentes de sus antiguas colonias y de países de mayoría musulmana: Pakistán, Bangladesh, India, Somalia, Medio Oriente y el norte de África. Esto modificó barrios enteros, sobre todo en ciudades como Londres, Birmingham, Bradford, Leicester y Luton. Para 2021, la población que se identificaba como musulmana representaba el 6.5% del total en Inglaterra y Gales. Aunque sigue siendo una minoría, su presencia se ha vuelto culturalmente visible a través de mezquitas, escuelas, negocios halal, vestimenta religiosa, barrios étnicos e idiomas distintos.

El segundo elemento es la huella emocional dejada por atentados islamistas. El Reino Unido recuerda especialmente los ataques del 7 de julio de 2005 en Londres y los de 2017 en Westminster, Manchester Arena, London Bridge y Parsons Green, que dejaron decenas de muertos y cerca de 200 heridos. Estos hechos no representan a la población musulmana británica, pero sí alimentaron en ciertos sectores una asociación emocional entre Islam e inseguridad.

El tercer elemento son los casos de explotación sexual infantil en ciudades como Rotherham, Rochdale, Telford y Huddersfield. En Rotherham, el informe Jay estimó que alrededor de 1,400 menores fueron abusadas entre 1997 y 2013, y señaló que muchos perpetradores eran hombres británico-pakistaníes. Estos casos revelaron delitos gravísimos y fallos institucionales profundos. Sin embargo, también han sido usados políticamente para convertir crímenes concretos en una acusación general contra comunidades enteras.

El cuarto elemento es la inmigración reciente y la sensación de pérdida de control fronterizo. Muchos británicos creyeron que después del Brexit el país “recuperaría el control” migratorio. Pero las cifras siguieron siendo altas, especialmente la inmigración no europea. A eso se sumaron las imágenes de pequeñas embarcaciones cruzando el Canal de la Mancha, que se han convertido en un símbolo político de frontera vulnerable.

El quinto elemento es el uso de hoteles para alojar solicitantes de asilo. En varias comunidades locales se generó molestia al observar que ciertos hoteles eran cerrados al público para alojar migrantes, con costos asumidos por el Estado. En algunos casos, delitos atribuidos a residentes de estos centros encendieron aún más la tensión, como ocurrió en Epping, Essex.

El sexto elemento es económico y social: austeridad, vivienda, salud pública y competencia percibida. Muchos ingleses de clase trabajadora sienten que el Estado ya no responde a sus necesidades. Ven listas de espera en el NHS, alquileres elevados, escasez de vivienda, empleos precarios y barrios deteriorados. En ese ambiente, el inmigrante se vuelve un blanco fácil para explicar frustraciones que, en realidad, tienen causas mucho más amplias.

El séptimo elemento es el Brexit y la promesa incumplida de recuperar identidad. Para muchos votantes, salir de la Unión Europea significaba reducir la inmigración, recuperar soberanía y restaurar una identidad nacional que sentían amenazada. Cuando esas expectativas no se materializaron plenamente, parte de la frustración se volcó contra inmigrantes no europeos, solicitantes de asilo y comunidades musulmanas.

El octavo elemento es la influencia de redes sociales, desinformación y radicalización emocional. Cuando ocurre un crimen, con frecuencia circulan versiones falsas o incompletas sobre la identidad del agresor. En algunos casos se afirma, sin pruebas, que el responsable es musulmán o migrante recién llegado. Aunque después se corrija la información, la indignación inicial ya produjo su efecto.

El noveno elemento es Gaza y el choque simbólico en las calles. Desde 2023, las grandes marchas propalestinas en Londres han reactivado tensiones identitarias. Para algunos británicos, esas manifestaciones son expresión legítima de solidaridad humanitaria; para otros, son prueba de que Londres ha cambiado culturalmente y de que sectores musulmanes o de izquierda dominan el espacio público.

Por tanto, hay agravios reales y problemas mal resueltos, pero también hay una narrativa política que convierte esos problemas en rechazo generalizado al inmigrante y al musulmán. Esa distinción es fundamental para analizar el fenómeno con seriedad.

¿Ha quedado todo en Londres? Al parecer no. Noticias emitidas por Reuters, The Guardian, Associated Press, Al Jazeera, Die Welt, The Scottish Sun y comunicados de la Policía de Escocia muestran que el discurso antiinmigración no se ha limitado a la capital británica, sino que ha tenido expresiones en otras ciudades europeas.

En Roma, el 13 de junio se realizó una marcha antimigración de varios miles de personas bajo la consigna “Remigración y Reconquista”. La iniciativa busca promover retornos forzosos o incentivados de extranjeros y llegó al Parlamento italiano tras reunir más de 50,000 firmas. Ese mismo día hubo una manifestación promigración mucho más numerosa.

También en Glasgow, el 13 de junio, medios británicos reportaron tensión entre manifestantes pro-refugiados y contramanifestantes antiinmigración. La Policía de Escocia confirmó la realización de una protesta y una contraprotesta en el centro de la ciudad.

Aunque Centroamérica no sea hoy el foco principal de estas tensiones europeas, el fenómeno merece seguimiento. Europa está discutiendo con creciente dureza el vínculo entre inmigración, identidad nacional, seguridad, asilo y cohesión social. Y cuando una sociedad comienza a mirar al extranjero como amenaza general, el debate rara vez se queda limitado a un solo grupo religioso o nacional.

¡Hasta pronto!

Médica, Nutrióloga y Abogada

mirellawollants2014@gmail.com

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