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Diáspora, economía y política: ¿útiles para qué?

La creación de esta circunscripción no es un homenaje a la nostalgia ni un acto de justicia democrática; es, un impúdico cálculo electoral. Otorgarles un regalo político es la jugada perfecta: desde hace rato se les usa como motor financiero del país y, ahora, como salvavidas en las urnas

Desde que la actual asamblea legislativa (así con minúscula, tal cual corresponde a lo que hace) convirtió a la constitución en una ley más que se puede reformar en cualquier momento, quedó claro que nuestro marco constitucional queda sometido al capricho o necesidad del presidente. Esto quedó confirmado con la reciente reforma que crea una “circunscripción 15” para la diáspora residente en el extranjero, dígase Estados Unidos. Decisión que también se llevó de encuentro una resolución de la Corte Suprema de Justicia (de cuando esta existía) que establecía que no se podían hacer reformas al sistema electoral un año antes de las próximas elecciones.

Que la diáspora tenga representación política en el ejecutivo no es en sí algo negativo. Puede tener sus aspectos positivos. Pero, seamos sinceros, desde que el fenómeno migratorio se intensificó y, sobre todo, cuando las remesas comenzaron a crecer hasta convertirse en pilar de la economía nacional, hubo quienes pensaron que los salvadoreños emigrantes eran importantes para el país. En este punto los trabajos del jesuita Segundo Montes fueron pioneros. Más tarde, otras instancias confirmaron la tesis. Recuerdo bien, el impacto que el Informe de Desarrollo Humano, El Salvador 2005 dedicado completamente al tema migratorio. Para entonces ya era claro que para El Salvador la emigración tenía dos caras bien perfiladas: por una parte, las remesas y los cambios culturales; estos sería la parte a celebrar; por otra, la desintegración familiar y las pandillas. Este era el componente negativo. Si se tenía buen ojo, ambos eran perfectamente visibles en el aeropuerto de Comalapa.

Por un lado, estaban los migrantes exitosos, esos que con mucho sacrificio y esfuerzo habían realizado su sueño americano (dólares y legalización). Estos ya podían regresar al país para las vacaciones, y su recibimiento convocaba a todos sus familiares en las afueras del aeropuerto. El éxito de estos redundaba en la economía: dos rubros que se beneficiaron de inmediato y no siempre de buena manera fueron la entonces dominante TACA y compañías telefónicas que elevaron sus tarifas a su gusto. Pero también estaban los que fracasaron en el intento y volvían deportados en el vuelo “federal”. Estos venían esposados, casi nadie los recibía y a menudo volvían con antecedentes criminales y ya contagiados con el virus de las pandillas, el cual inocularon sus comunidades.

Al igual que pasó con las pandillas, con el tiempo, los políticos entendieron que tratar con los migrantes podía ser beneficioso. De repente, en el oriente aparecieron candidatos a alcaldes y diputados migrantes. La política los tentó; si ganaban retornaban, sino volvían a Estados Unidos. El Estado mismo, que no hizo nada (ni hace) para evitar que migraran, comenzó a crear instituciones para atender al migrante. Cualquiera diría, nada extraño tiene que hoy se les dé representación en la asamblea.

Sí hay mucho de extraño e incluso contradictorio. Hace un tiempo, la embajadora en Estados Unidos comenzó a hablar de un fenómeno interesante: la “migración inversa”. La ocurrencia se basaba más o menos en este razonamiento. Los migrantes salieron del país porque este no les ofrecía oportunidades; los gobiernos de los “mismos de siempre” tenían tan mal al país que, para muchos, la única posibilidad de mejorar era emigrando. Pues bien, hoy el país está tan bien, que muchos salvadoreños van a regresar. Volverían con muchos dólares para invertir y pasarían su vejez disfrutando de amenidades como Surf City y hartándose de pupusas, sopa de mariscos y minutas de cuatro dólares. Tal cosa solo existió en la mente confundida de la embajadora. Tan no existe la migración inversa que el gobierno ha decidido dar representación política a los emigrados.

Lo anterior no excluye otra posibilidad concurrente. Pareciera que el “encanto Bukele” se va debilitando, al menos entre los que viven y sobre viven el país. Previsores como son, tratan de reducir el impacto electoral del desencanto, dándole representación a la diáspora. Esa que todavía se deslumbra con las imágenes retocadas del centro histórico, de las playas y las luces led. Se reforma la constitución y se les da un regalito político. Buena jugada.

Ahora bien, ¿de qué sesudos estudios y análisis surgió el número mágico? Se les dan seis diputados. Fue realmente patético ver como los diputados oficialistas fueron incapaces de responder a esa pregunta. Acción Ciudadana señala que de acuerdo a la cantidad de salvadoreños que registran residencia en el extranjero, a la diáspora debieran corresponder al menos ocho diputados, no seis. Su planteamiento tiene sentido, pero no debiéramos olvidar que en este país hace rato que el sentido común ha desaparecido. Al igual que con los municipios, el número de diputados para la diáspora responde a la aritmética del capricho, no a la demografía. De repente pasamos de 262 municipios a 44. ¿de dónde surgió ese número? Es obvio que fue algo antojadizo; en su momento el presidente tuvo la ocurrencia de decir que debían ser 50. ¿Por qué razón? Por ninguna, como dijo 50 pudo decir 75. Lo mismo aplica para los 44 que hoy tenemos; que funcionan desastrosamente, por cierto. De repente tendremos otra sorpresa.

La representación política de la diáspora compensará la pérdida de apoyo político local. Al fin de cuentas, son salvadoreños comunes y corrientes. Su nivel educativo no sobrepasa la media nacional, son fácil presa de renders, TikToks e influencers. Lo mejor de todo, siguen ilusionados con el tren del Pacífico y su aeropuerto en La Unión y no sufren en carne propia las penurias de la realidad salvadoreña: los atascos de tráfico, las deficiencias de los servicios públicos, el régimen de excepción perpetuo, los despidos de empleados públicos, la economía que no crece, el encarecimiento de la vivienda y un largo etcétera. Un acumulado de factores por los cuales ellos emigraron. Para ser objetivo, hay algo positivo: más seguridad, pero con menos libertades.

En definitiva, la creación de esta circunscripción no es un homenaje a la nostalgia ni un acto de justicia democrática; es, un impúdico cálculo electoral. Otorgarles un regalo político es la jugada perfecta: desde hace rato se les usa como motor financiero del país y, ahora, como salvavidas en las urnas. Mientras tanto, el gobierno guarda silencio frente a la embestida anti inmigrantes de Donald Trump, las cifras de salvadoreños deportados crecen. Está por vencerse el TPS y el presidente, que tanto presume su cercanía con Trump, no hace nada por ellos.

Carlos Gregorio López Bernal

Historiador, Universidad de El Salvador

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