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Movilidad humana: La guerra contra el narcotráfico

Las drogas solo pueden proveer consuelo temporal, y pronto las consecuencias son mucho peores que el sufrimiento original

Sigmund Freud

En junio de 1971, el presidente estadounidense Richard Nixon declaró la guerra al narcotráfico. En una conferencia de prensa el 17 de junio de ese año, afirmó que el abuso de drogas era el enemigo público número uno de los Estados Unidos y que para combatirlo y derrotarlo era necesario librar una ofensiva a gran escala.

Esta postura tiene un importante antecedente en la Convención Única sobre Estupefacientes de 1961 (enmendada en 1972) que, como señala la Washington Office on Latin America (WOLA) en su escrito titulado Decades of Damage Done: The Drug War Catastrophe in Latin America and the Caribbean, (Décadas de daños: la catástrofe de la guerra contra las drogas en América Latina y el Caribe), inauguró un régimen global prohibicionista para combatir el grave problema que representa la adicción a las drogas, pues obliga a los países signatarios a prohibir y sancionar las actividades relacionadas con las drogas que no tengan fines médicos o científicos. Así las cosas, continúa diciendo, prevé la práctica eliminación del cultivo de cannabis, coca y amapola de opio con fines no médicos y, desde su entrada en vigor, su enfoque ha sido punitivo y prohibicionista.

Ahora bien, como la experiencia de décadas ha demostrado los límites de la visión punitiva y prohibicionista, se ha desarrollado también una visión realista basada en un enfoque de salud pública. Las grandes diferencias entre ambas visiones sobre cómo combatir el flagelo de las drogas ilícitas se aprecian rápidamente a la mera lectura de artículos de prensa, de revistas y de informes de organismos especializados y puede decirse que:

  1. Los países consumidores favorecen una lucha punitiva y prohibicionista porque lo consideran un problema de seguridad nacional y regional, mientras que muchos países productores, y también muchos de tránsito, tienen una visión realista que, sin negar ni descuidar la dimensión delictiva, pone énfasis en la salud pública.
  2. En los países consumidores se aborda desde una perspectiva política que plantea a su opinión pública que se trata de un problema que viene de fuera y que, por lo tanto, se necesita llevar la guerra a los países productores y de tránsito, pero en los países productores y de tránsito prefieren una perspectiva realista basada en la experiencia de varias décadas que, además, debe incluir la realidad en los países consumidores.
  3. En los países consumidores se presenta como un problema solo de oferta, contradiciendo así uno de los fundamentos de la economía de mercado, mientras que en los países productores se hace hincapié en que se trata de un problema de oferta y demanda. Además, numerosos expertos señalan que hay pocas, por no decir inexistentes, campañas de información en los países consumidores para informar a sus ciudadanos sobre las consecuencias del consumo de drogas.
  4. En muchos países consumidores se niega que haya una responsabilidad compartida y se traslada toda la responsabilidad a los países productores y de tránsito. Además, bastantes especialistas señalan que es curioso constatar que no se habla de la complicidad de ciudadanos de los países consumidores en el tráfico de drogas y que solo se habla de extranjeros, por lo general provenientes del Sur global.
  5. En la mayoría de los países productores y de tránsito, por las diferencias de la realidad del poder, termina imponiéndose la visión de los países consumidores, aunque no la compartan.

Los resultados de décadas de lucha demuestran que el problema ha seguido creciendo y, en su informe mundial sobre las drogas del año 2025, la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC) concluye, inter alia, que: “En 2023, cerca de 316 millones de personas consumieron alguna droga (excluidos el alcohol y el tabaco); es decir 6% de la población de entre 15 y 65 años, frente a 5.2% de la población en 2013. Con 244 millones de usuarios, el cannabis continúa siendo la droga más utilizada, seguido de los opioides (61 millones), las anfetaminas (30.7 millones), la cocaína (25 millones) y el éxtasis (21 millones). Los nuevos grupos de personas en situación de vulnerabilidad que huyen de la inestabilidad y el conflicto podrían hacer que estas cifras incrementen”, advierte el Informe.

En su artículo de 2021 titulado America has spent over a trillion dollars fighting the war on drugs. 50 years later, drug use is climbing again (Estados Unidos ha gastado más de un billón de dólares en la lucha contra las drogas. 50 años después, el consumo de drogas está aumentando nuevamente), Juhohn Lee afirma que los Estados Unidos han gastado más de un billón (trillion) de dólares en esa guerra, pero que el consumo de drogas está aumentando, lo que indica que “las políticas prohibicionistas basadas en la represión de la producción y de interdicción al tráfico y a la distribución, así como la criminalización del consumo”, no han producido los resultados esperados y que, por lo tanto, estamos más lejos que nunca del objetivo proclamado de erradicación de las drogas.

Esto se debe a que tradicionalmente el debate sobre el problema de los narcóticos en las Américas se ha centrado en los problemas relacionados con la oferta, y las cuestiones relativas a la creciente demanda de drogas en los Estados Unidos y Europa Occidental siempre han sido secundarios, afirma Menno Vellinga en su artículo titulado The War on Drugsand Why it Cannot be Won (La guerra contra las drogas y por qué no se puede ganar). Añade que de forma análoga a las acciones estereotípicas de un gobernante autoritario que desvía la atención de la disidencia interna apuntando a agitadores externos, los políticos occidentales generalmente han pasado por alto la importancia primordial del control de las drogas a los países consumidores. A lo largo de los años, recuerda, este enfoque ha causado considerable irritación en los gobiernos y las sociedades de América Latina y el Caribe, pues se sienten marginados por un país -los Estado Unidos- que, desde su perspectiva, creó todo el problema.

En su artículo titulado Drugs: The Debate Goes Mainstream (Drogas: el debate se generaliza), los ex presidentes de Brasil, Fernando Henrique Cardoso, y de México, Ernesto Zedillo, son contundentes al afirmar que los hechos hablan por sí solos, pues los fundamentos de la guerra contra las drogas -erradicación de la producción, prohibición del tráfico y criminalización del consumo- no han tenido éxito ni lo tendrán jamás porque cuando existe demanda por un producto de consumo, existe una oferta. Agregan que los únicos beneficiarios de la prohibición son los cárteles de la droga, y que años de arduos esfuerzos no han logrado reducir la producción y el consumo de drogas y la corrupción relacionada con la prohibición se ha convertido en una grave amenaza para la seguridad pública y la estabilidad de las instituciones democráticas.

La realidad, que siempre termina por imponerse, es que después de tantos años de guerra contra las drogas no se ha logrado un avance significativo. Esa realidad también indica que se necesita un replanteamiento sereno y profundo, pues el costo humano, material e institucional es altísimo, la seguridad pública y la seguridad regional, el Estado de derecho, la democracia, la salud pública y los derechos humanos están amenazados, sin olvidar que los cambios culturales y la inversión de valores son reales. Mientras tanto, muchas personas optan por huir de la violencia que genera el enfoque actual de guerra contra el narcotráfico y abandonan sus países.

Abogado y diplomático.

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