Estamos viviendo tiempos profundamente disruptivos. El cambio dejó de ser un evento ocasional para convertirse en una constante que atraviesa nuestras vidas personales y profesionales. En este contexto, todos enfrentamos el reto del upskilling y el reskilling: aprender nuevas habilidades, desaprender viejas prácticas y reinventarnos. La pregunta entonces es inevitable: ¿cómo trabajar de forma sistemática en nuestro crecimiento personal y profesional? Existen múltiples caminos, pero uno de los que considero más poderosos por su efectividad es el coaching. En cualquiera de sus corrientes —ya sea el coaching directivo (Whitmore, 1992), el coaching ontológico (Echeverría, 1994) o el coaching de vida (Leonard, 1996)— esta disciplina ha demostrado generar cambios duraderos y consistentes en la forma en que las personas se desarrollan y alcanzan su potencial.
El coaching tiene dos protagonistas centrales. El primero es el coach, quien para desempeñar adecuadamente su labor debe contar con una formación sólida. Hoy existen excelentes opciones para ello: certificaciones, especializaciones e incluso maestrías que permiten adquirir el conocimiento necesario. Como disciplina, el coaching posee procesos, metodologías y herramientas que deben conocerse y aplicarse con rigor para lograr resultados reales.
Sin embargo, el coaching no es únicamente técnica. En esencia, es una relación profundamente humana entre el coach y el coachee. Por ello, más allá del conocimiento metodológico, el coach debe desarrollar competencias clave, entre ellas la empatía. Solo a través de la empatía es posible comprender el universo emocional del coachee, quien muchas veces atraviesa un quiebre personal o profesional. En algunos casos ese quiebre es evidente; en otros, la persona ha convivido con él durante tanto tiempo que termina creyendo que forma parte de su personalidad o que simplemente no tiene solución. La empatía permite abrir ese espacio de confianza en el que el proceso fluye, facilitando que ambos actores cumplan con su rol de manera efectiva.
El segundo actor del proceso es el coachee, de quien paradójicamente se habla menos, a pesar de ser el verdadero eje del coaching. Esto es un error, porque el éxito del proceso depende en gran medida de sus características y actitudes. La primera es la voluntad de cambio: ese deseo genuino de dar un salto cualitativo en algún aspecto de la vida personal o profesional que hoy lo mantiene estancado. Aunque pueda parecer sencillo, no lo es. Para el coachee, iniciar un proceso de coaching implica enfrentarse, muchas veces, a sus propios demonios; en otros casos, a su llamado “cuadrante ciego”, aquello que no logra ver sobre sí mismo. Pero, sobre todo, implica salir de la zona de confort.
Un proceso de coaching es, por naturaleza, desafiante. Requiere involucrarse con honestidad, cuestionar creencias y abrirse a la posibilidad de cambiar. Y aunque parezca sorprendente, hay personas que no están dispuestas a recorrer ese camino. Algunas veces por ego, creyendo que no necesitan mejorar; otras, por miedo a descubrir aspectos de sí mismas que prefieren no confrontar. Sin embargo, pensar que no tenemos nada que mejorar revela una enorme necedad, porque no existe ser humano que no tenga oportunidades de crecimiento, tanto en su vida personal como profesional.
Pero el coaching no es solo cuestión de voluntad. También exige esfuerzo. Quienes deciden recorrer este camino deben estar dispuestos a revisar profundamente sus modos de pensar y actuar. Cambiar paradigmas mentales, modificar hábitos y transformar conductas es un proceso complejo que demanda disciplina, compromiso y perseverancia.
Después de más de veinte años como coach profesional, he llegado a una conclusión clara: si bien es fundamental contar con un coach preparado que guíe y facilite el proceso, el verdadero motor del cambio está en el coachee. Se necesitan personas humildes, capaces de reconocer que siempre hay espacio para mejorar. Y, sobre todo, se necesitan personas valientes, dispuestas a enfrentar el desafío de transformarse.
Ojalá que entre los lectores de estas líneas se encuentren muchos de esos humildes y valientes que deciden apostar por su propio crecimiento.
Dr. Roberto R. Rabouin, Director de la Maestría en Recursos Humanos de ADEN University, Miami (USA)