A 90 años de historia y ante el cierre de su edición impresa, redescubrimos la faceta poética de Napoleón Viera Altamirano, quien bajo el seudónimo Enrique Rey Solares, cultivó la poesía
A 90 años de historia y ante el cierre de su edición impresa, redescubrimos la faceta poética de Napoleón Viera Altamirano, quien bajo el seudónimo Enrique Rey Solares, cultivó la poesía

El aroma a tinta fresca y el estruendo rítmico de las rotativas marcaron, durante casi un siglo, el pulso de la realidad salvadoreña en las páginas de El Diario de Hoy.
Sin embargo, en el marco de sus 90 años de fundación y coincidiendo con la melancolía reflexiva que impone el Día Internacional del Libro, surge una figura que la historia oficial del periodismo suele mantener en la penumbra de las redacciones: el poeta.
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Detrás del aguerrido periodista y visionario empresario que fue Napoleón Viera Altamirano, habitaba un espíritu sensible que se refugiaba en el seudónimo de Enrique Rey Solares.
Como bien ha rescatado en sus investigaciones el escritor e historiador Carlos Cañas Dinarte, el nombre de Rey Solares ha sido injustamente ignorado o eliminado de la mayoría de las antologías de la poesía cuscatleca.

Hoy, cuando el papel cede su trono a la edición digital, es imperativo volver la vista a ese hombre que entendió que la inteligencia, como decía Alberto Masferrer, solo brilla si camina a la par de una vida honrada.
Nacido en la calidez de La Unión el 22 de junio de 1893, Viera Altamirano —o Rey Solares, cuando el alma le dictaba versos— forjó su carácter entre el Colegio de Oriente en Santiago de María y el Instituto Nacional de San Salvador. Su bautismo de fuego literario ocurrió temprano: el 20 de febrero de 1908, el Diario Latino publicó su primer poema.
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Fue un comienzo prolífico. Entre 1909 y 1928, sus versos y artículos inundaron las páginas de rotativos como Vox Populi, Diario del Salvador, Patria y el migueleño La Noticia.
Eran tiempos donde la pluma se sentía sagrada. El mismo Alberto Masferrer, antes de que las desavenencias personales dictaran una ruptura insalvable en 1930, lo describió como un «patriota sin sombra de codicia» y un escritor que estudiaba tanto en los libros como en las cosas cotidianas.
EL MODERNISTA DE «TONO MENOR» Y GRAN CORAZÓN

La crítica contemporánea, representada por el poeta Vladimir Amaya, define a Rey Solares como un «modernista de tono menor», pero dotado de una soltura e imaginación envidiables.
Fue un animador incansable del Modernismo en El Salvador durante la segunda década del siglo XX, poseedor de una musicalidad nata y un oído privilegiado para el corte de los versos.
A pesar de que el fragor de la noticia, la polémica política y la defensa del medio ambiente absorbieron la mayor parte de su vida profesional, Rey Solares nunca abandonó la lírica.
Desde su posición al frente de su empresa periodística, se convirtió en el mecenas y guía de las voces más brillantes de nuestra literatura. Por su redacción desfilaron figuras de la talla de: Claudia Lars y Lilian Serpas. Matilde Elena López y Roque Dalton. Ítalo López Vallecillos y David Escobar Galindo, entre otras grandes plumas nacionales.
Su tribuna no solo informaba; era un ecosistema donde la cultura respiraba a través de hombres y mujeres de letras que hoy son pilares de nuestra identidad.
La muerte sorprendió a Napoleón Viera Altamirano en San Salvador, el 8 de agosto de 1977, dejando inconclusas unas memorias que empezó a hilvanar apenas un año antes. Sin embargo, el tesoro más personal de Enrique Rey Solares permanece en la sombra: un poemario titulado Fuego de Guayacán, que aún aguarda su paso por la imprenta para ser entregado a los lectores.

Como señala Cañas Dinarte, publicar esta obra es una tarea obligada para «justipreciar» al hombre detrás del mito periodístico. Sus versos, como los del poema «No soy el mismo de antes», revelan a un soñador que, a pesar de las sombras y el «infinito dolor» que a veces acecha al espíritu, mantuvo siempre su jardín ideal, aunque los «corceles del ensueño» parecieran huir.
Hoy, cuando la edición impresa de este diario se despide para transformarse, recordamos que antes de las noticias, existió el verso.
Enrique Rey Solares nos recuerda que, más allá de la urgencia de la rotativa, siempre habrá un lugar para la «vida sencilla y honrada» y para la poesía que, como el «fuego de Guayacán», arde lento pero eterno en el corazón de El Salvador.
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