Antes de Stand, el Mitch o el Fifi, una depresión tropical golpeó con fuerza a Centroamérica en junio de 1934. Honduras y El Salvador fueron los más golpeados. Ramón Rivas lo revive a través del relato de uno de sus parientes, en un nuevo libro
Antes de Stand, el Mitch o el Fifi, una depresión tropical golpeó con fuerza a Centroamérica en junio de 1934. Honduras y El Salvador fueron los más golpeados. Ramón Rivas lo revive a través del relato de uno de sus parientes, en un nuevo libro

La madrugada del 8 de noviembre de 2009, el municipio de Verapaz en las faldas del volcán Chinchontepec fue el escenario de un alud que destruyó más de un centenar de viviendas y dejó decenas de muertos.
Ese año -durante el gobierno de Mauricio Funes-, una fuerte lluvia de cinco horas saturó la tierra en las faldas del volcán durante el paso del huracán Ida por la región.
Pero 75 años antes, en junio de 1934, Verapaz también fue escenario de muerte y desolación producto de un alud provocado por un huracán que azotó el istmo durante 15 días. En ese entonces, fue bautizado popularmente como «El temporalón», y causó grandes estragos en diferentes zonas del país.
Justo dicha tragedia, está a la base de uno de los nuevos libros del doctor Ramón Rivas, antropólogo que lidera el Museo Universitario de Antropología (MUA) de la Universidad Tecnológica de El Salvador (UTEC) desde hace varias décadas.

La investigación se titula Las inundaciones de junio de 1934 en El Salvador: una tragedia olvidada y aún no ha sido lanzada de forma oficial. Aunque el objetivo principal del profesional es visibilizar el drama de esa época y aprender de la historia, Rivas parte del testimonio de los sobrevivientes para adentrarse en los hechos.
Diarios de la época como La Prensa Gráfica y el Diario Nuevo registraron lo que se calificó como una «hecatombe».
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«Yo hago una descripción micro -como hacemos los antropólogos-. (Luego) me dedico a narrar lo que sucedió en el cantón Paratao, en Victoria, departamento de Cabañas», explica vía mensajería el investigador.
En esa zona fronteriza con Honduras, en las riberas del río Lempa, residía uno de los tíos de Ramón Rivas. «Mi tío ‘Conce’, Concepción Rivas Reyes -que vivió el desastre y los embates que vinieron-, me narró lo sucedido», subrayó.

Ese tío no solo sobrevivió a la tragedia, fue testigo de muchos sucesos más a lo largo de su vida, pues falleció a la edad de 108 años, el 15 de octubre de 2019. «Él fue testigo del desastre que afectó gravemente a todos los pobladores y a la familia, mis ancestros directos», añade Rivas.
En 1934, durante «El temporalón», fue el gobierno de Maximiliano Hernández Martínez el que enfrentó la crisis. Y aunque el dictador publicitó sus acciones «acertadas» para asistir a las miles de víctimas, la ayuda nunca llegó a los poblados arrasados por el Lempa en el departamento de Cabañas. De eso, dio fe el tío Conce de Ramón Rivas.
De la magnitud del desastre, quedó registro gracias al aviador Alfredo Massi, quien logró volar sobre el territorio salvadoreño. Esas tomas fueron proyectadas posteriormente, a través de la revista visual «Lorotone».
«Massi y su equipo de producción participó seguramente en una serie de vuelos especiales sobre el territorio nacional autorizados por el gobierno del general Maximiliano Hernández Martínez (1931-1944). La reseña con uno de esos recorridos fue publicada el 30 de junio; según Diario Nuevo, la gira aérea fue realizada en un avión de Pan American Airways por el ministro de Gobernación, José Tomás Calderón», se detalla en nota publicada en el sitio elsalvador.com, a inicios de la década del 2000, firmada por la periodista y antropóloga Carmen Tamacas.



En Honduras, las heridas provocadas por «El temporalón» también fueron graves. El poblado de Ocotopeque, en el departamento homónimo, ubicado en la zona fronteriza con El Salvador, al occidente del país.
Parte del poblado fue sepultado por un alud de lodo, piedras inmensa y árboles, provocado por una improvisada represa que se originó con materiales de un desprendimiento anterior en la ladera sur del cerro El Pital (Ocotepeque colinda con Chalatenango, ambos países comparten la famosa Piedra de Cayahuanca).
«El 7 de junio la barrera reventó, produciendo un flujo de escombros que mató a un estimado de 468 personas, lo que representaba más del 10 % de la población de Ocotepeque. El pueblo quedó destruido en su mayor parte, y todos los edificios sucumbieron a la inundación, excepto la iglesia del pueblo», se detalla en reseña editada en Wikipedia.
La tragedia que azotó a El Salvador y Honduras inspiró a escritores que publicaron narraciones inspiradas en «El temporalón» de 1934.

Como bien indica el antropólogo residente en Países Bajos, este tipo de sucesos deben ser visibilizados para recordar que las inundaciones, aludes o deslizamientos a causa de fuertes lluvias o extensos temporales son cíclicas y que suelen repetirse casi todos los años.
La pregunta, ¿por qué a pesar de la larga lista de hechos históricos sobre este tipo de tragedias, siguen registrándose en Centroamérica? ¿Es que no hay cómo prevenirlas?
En Verapaz, volvió a ocurrir algo similar con 75 años de diferencia. En Honduras, el antiguo Ocotepeque ahora está ubicado en otro lugar, uno más distante de las riberas del río Marchala, y luego de nominarla Nueva Ocotepeque en 1935, se le volvió a bautizar como Ocotepeque en 1958.
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