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Diez años sin Prince, la vigencia de una rebeldía

A diez años de su muerte, recordamos a Prince como el genio polifacético de Minneapolis que desafió a la industria musical con su talento infinito, perfeccionismo neurótico y un estilo inigualable

A 10 años de la muerte del cantautor y músico estadounidense Prince
El cantante y compositor estadounidense Prince durante un concierto en el palacio de los deportes de Amberes, Bélgica, el 8 de noviembre de 2010, dentro de su gira mundial. Foto EFE / Dirk Waem

Por Amalia González Manjavacas

Para entender a Prince solo hace falta un par de auriculares y la disposición de aceptar que un hombre de poco más de metro sesenta, subido a unos tacones de infarto, fuera capaz de «comerse» a cualquier banda de rock consagrada sin despeinarse. Prince no necesitaba que sus asesores le dijeran cómo actuar: Él era el espectáculo, la empresa y el producto.

Se cumplen diez años de la muerte, el 21 de abril de 2016, a los 57 años, a causa de una sobredosis accidental de opiáceos. Murió en un ascensor de su propia mansión, un final triste para uno de los mayores artistas que ha dado la música pop, y cuando parecía haber descifrado el código de la eterna juventud.

Una de las figuras más influyentes y enigmáticas de la música popular, con una carrera prolífica que se extendió por casi cuatro décadas. Su éxito trascendió fronteras, y sus excentricidades absorbieron su personalidad hasta convertirle en un recluso de su propio talento, perfeccionista hasta la neurosis.

Su vida fue un equilibrio casi imposible entre el exhibicionismo salvaje sobre el escenario junto a una reclusión voluntaria en su residencia de Paisley Park que más bien parecía un búnker de alta seguridad donde se escondía quizá por un exceso de celo de su privacidad. Cuentan sus biografías que este verso suelto de la música necesitaba alejarse del mundo exterior para que éste no contaminara su proceso creativo ni cuestionara su forma de vida.

Mientras que el resto de las estrellas del pop de su época se rodeaban de productores de renombre para conseguir ese sonido pulido de radio, él desde sus inicios en Minneapolis dejó claro que venía sin pedir permiso. se encerraba solo en el estudio.

A 10 años de la muerte del cantautor y músico estadounidense Prince
El cantante y compositor estadounidense Prince en una imagen promocional de su disco «Rave Un2 The Joy Fantastic» de noviembre de 1999. Foto / EFE

Prince Rogers Nelson (1957-2016) no era solo un músico; era un ser distinto, ajeno para el sistema, que decidió que las reglas de la industria estaban para romperse, mientras tocaba un solo de guitarra que dejaba al público extasiado.

En sus primeros discos, como el homónimo Prince o el sucio y directo Dirty Mind, él era la banda completa. Si escuchamos con atención «Uptown», oímos a un solo hombre grabando primero la batería, luego el bajo, después las guitarras y finalmente los sintetizadores. Ese «pulso único» se llamó sonido Minneapolis, un funk mecanizado, pero con alma, donde la precisión de las máquinas se encontraba con el directo. Era, en esencia, la dictadura de un solo hombre.

Una autosuficiencia que no era solo una cuestión de ego, sino de velocidad mental.

«Prince componía más rápido de lo que cualquier banda podía aprenderse sus canciones». Se dice que en sus sesiones los ingenieros de sonido trabajaban en turnos de ocho horas mientras él lo hacía durante veinte, saltando de un instrumento a otro sin hacer descanso. «Podía grabar una batería perfecta en una sola toma, e inmediatamente después, coger un bajo y clavar una línea que a cualquier bajista profesional le llevaría días perfeccionar».

Esta urgencia creativa fue la que alimentó su leyenda, pero también la que empezó a levantar los muros de su aislamiento. El estudio dejó de ser un lugar de trabajo para convertirse en su búnker, el único sitio donde el mundo exterior, con sus juicios y sus lentitudes, no podía entrar.

EL MÚSICO POLIFACÉTICO QUE PASÓ DEL BAJO

La música moderna posee muchos graves que llegan a retumbar incansablemente. En 1984, Prince decidió que no necesitaba seguir la corriente y con esa idea llegó su gran revolución: «When Doves Cry».

En un género como el funk, donde el bajo es el motor y el corazón, él se lo arrancó de cuajo.

Los ejecutivos de Warner Bros. debieron quedarse cuando escucharon aquel tema por primera vez: una caja de ritmos seca, un sintetizador hipnótico y una guitarra que rugía como un animal herido. Sin embargo, funcionó. No necesitaba los graves para hacerte bailar; le bastaba con su instinto y una estructura muy sencilla. Demostró que Prince no seguía las tendencias, sino que las creaba desde el vacío.

Esa austeridad, mezclada con melodías pop, definió el sonido. En temas como Kiss, la guitarra rítmica no solo acompaña, sino que funciona como una percusión más, encajando en los huecos del ritmo con una precisión que solo alguien que ha grabado todos los instrumentos por separado puede imaginar.

Era un minimalista atrapado en un cuerpo de barroco, alguien que podía recargar su puesta en escena hasta el delirio pero que, pero en el estudio, sabía que menos era siempre más. Esa capacidad para la reinvención no se limitaba a lo técnico, era una filosofía de vida que le permitía saltar de la psicodelia al minimalismo crudo de «Sign o’ the Times» sin perder un solo fan.

A 10 años de la muerte del cantautor y músico estadounidense Prince
En 1999 Prince publica «Rave Un2 The Joy Fantastic», firmado como «The Artist», su antiguo nombre que usa para producir este disco. (11.11.1999). Foto / EFE

Pero detrás de sus cortinas de terciopelo, la realidad era mucho más compleja. Prince era un perfeccionista maniático en las partituras; si, lo era, pero también en la vida de quienes le rodeaban. Su necesidad de control absoluto se extendía a lo personal con una intensidad que rozaba lo asfixiante. Con sus parejas y colaboradoras solía ejercer un gran control y poder: qué ropa debían vestir, qué podían decir en las entrevistas…

Un ejemplo de este magnetismo controlador fue su relación con Susannah Melvoin, a quien Prince intentó aislar de su axfisiante entorno. Cuentan sus biógrafos que eso era fruto de la inseguridad profunda que le perseguía desde niño, cuando fue expulsado de su casa muy joven por lo que nunca volvió a confiar en que alguien se quedara a su lado sin condiciones.

Esa fragilidad se acentuó con la muerte en 1996 de su hijo, Amiir, a la semana de vida. Pero Prince hizo lo que mejor sabía hacer: tocar. Pocas horas después de la tragedia, apareció en un programa fingiendo que todo iba bien. Aquel desdoble entre el dolor desgarrador y la máscara pública de estrella invulnerable definía al verdadero Prince.

ABRAZA LA FE

En 2001, todo cambió. El hombre que había escandalizado al planeta simulando masturbarse con una guitarra eléctrica se convirtió en Testigo de Jehová. Fue un giro de guion digno de uno de sus discos. Bajo la tutela de Larry Graham, Prince abrazó la fe con la misma intensidad maníaca con la que grababa música. De repente, el genio púrpura se convirtió en el «hermano Nelson», un tipo que asistía a las reuniones en el Salón del Reino y que llamaba a los timbres de sus vecinos para repartir folletos de La Atalaya.

Esta nueva vida trajo consigo una censura en Paisley Park. Prohibió las palabras malsonantes e instaló un «tarro de las palabrotas» para multar a quien soltara una grosería. Dejó de interpretar sus temas más lascivos, reescribiendo letras enteras para que encajaran con su nueva moralidad. Para él, su pasado era una piel vieja de la que se había despojado. Se tomaba tan en serio su neutralidad que dejó de votar y de celebrar su propio cumpleaños, alegando que solo importaba el presente de su fe.

Pero llegó un momento en que el músico se volvió demasiado grande para su propio cuerpo. Encerrado en su mansión de Minnesota, acumuló canciones como quien colecciona sellos en «La Bóveda», un lugar mitológico donde descansan miles de temas inéditos. Su perfeccionismo derivó en una neurosis productiva: grababa una canción al día, todos los días, durante años. El resultado es un archivo inabarcable que hoy es objeto de deseo de coleccionistas y pánico para los gestores de su legado.

Hasta la fecha solo un documentalista galardonado con el Oscar ha rascado las múltiples capas del ídolo del pop para dar como fruto un mastodonte audiovisual de nueve horas. El problema: puede que no lleguemos a verlo nunca. Ese documental de Ezra Edelman prometía un retrato humano, quizá demasiado humano.

Profundiza en esas sombras: el lado manipulador, la fragilidad derivada de maltratos infantiles y la eterna contradicción de un hombre que amaba a las mujeres pero necesitaba dominarlas. Los herederos, temiendo que esta visión «destructiva» devalúe la marca comercial, se han agarrado a cláusulas contractuales para impedir que el mundo vea esta obra completa de nueve horas. Prefieren mantener la imagen del mito impecable, antes que dejar que el público vea las grietas de un hombre que vivía en una soledad profunda.

El miedo a la verdad es, en este caso, el carcelero de su legado. Hoy, mientras «La Bóveda» se abre a cuentagotas, seguimos esperando ese retrato definitivo. Prince merece que se cuente su historia completa, no solo la versión blanqueada. Merece que se entienda que detrás de «Kiss» o «Purple Rain» no había solo talento, sino una lucha constante contra sus propios demonios.

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