El arte contemporáneo se está agotando y su transición es desconcertante. Entre el agotamiento de la posmodernidad y el avance de la IA, el péndulo de la Historia parece regresar a lo sagrado: un nuevo clasicismo occidental que convive con la ferviente reivindicación de las raíces precoloniales
Esta obra de Óscar López (Gogal) mantiene unos valores estéticos del siglo XX, síntoma general del arte contemporáneo; pero, con altas cuotas estéticas de lo nuestro y nuestra realidad. La tropicalización de la estética vanguardista es un tema importante en el arte Latinoamericano del siglo XXI. Foto / cortesía del autor
Existe la creencia de que el Arte está muriendo. Esto se debe a la desconexión entre la intención del artista y el público cultural. Gran parte de los espectadores se sienten intimidados frente al arte posmoderno por miedo a no entenderlo o por incomodidad frente a los discursos moralizantes. Un ejemplo perfecto: la apatía que los espectadores sienten debido al cine de hoy. Por lo que esto ha movido su juicio a considerar el Arte como algo insustancial, aburrido y de peor calidad.
Curiosamente, estos síntomas se parecen a los que experimentaron los mismos artistas modernos y posmodernos frente al arte académico. Entonces, estos síntomas se deben a un envejecimiento del arte contemporáneo. Desahuciado o inadaptado a las tendencias globales más frescas, el arte ha pasado de moda. La posmodernidad está sucumbiendo, como sucumben todos los modelos de pensamiento, por agotamiento intelectual.
La IA, la tecnología, la fatiga sistemática de los discursos contemporáneos y la percepción de que el arte no comunica nada, regaña y aburre, abre el debate sobre qué sucederá a continuación. ¿El arte puede desaparecer?, ¿todo será hecho con inteligencia artificial? Más allá de la plataforma donde se haga: digital o física, la duda sigue siendo la misma: ¿cómo será el arte del futuro?
A continuación, repasaremos los escenarios plausibles para responder a esta pregunta.
¿El Arte es políticamente incómodo o muy cómodo?
Imagen creada por Gemini Pro, bajo el modelo de IA Nano Banana, en respuesta al prompt: “Imagínate que eres un pintor y estás por crear una obra de arte. Tras pensar y pensar llegas a una conclusión y la creas. ¿Puedes crear una imagen del resultado?”. Sorprendentemente la IA asocia el arte a lo contemplativo —un paisaje— y no a la denuncia política y social de la actualidad.
La Historia del Arte en sí misma revela un movimiento estable y predetermina lo que sucederá dejando poco hueco al azar. Este movimiento es dirigido por las fuerzas del Poder, incluso si nos parece que la libertad de creación del Arte refleja su naturaleza rebelde. Pero, ¿qué tan real es esta afirmación?
Pensamos que la juventud del siglo pasado, indomable e insumisa, encontró en el Arte un espacio seguro para expresar su rebeldía frente al sistema. La música underground, el arte urbanizado, la poesía libre y el arte de acción son ejemplos del deseo juvenil de desposeer a su expresión de lo académico. La expresión artística del siglo XX se volvió sinónimo de progreso e inconformidad.
Esta idea surgió a finales del siglo XIX; el arte tradicional y académico comenzó a ser visto como insustancial y un lujo caro. Posteriormente, se incorporó la visión constructivista soviética, que quería transformar el arte burgués-contemplativo en un arte social-funcional. Esta idea terminó de formarse en mayo del 68, donde nace el vínculo de la burguesía con el socialismo y, por tanto, la idea de desacralizar el arte aburguesado o contemplativo se volvió una práctica común e institucional.
Entonces, las expresiones artísticas se volvieron vías alternativas a los ejes de poder y se transformaron en disidencia. Podemos decir que el arte se adhirió al pensamiento posmoderno que cuestionaba los ejes tradicionales de poder, sobre todo en el plano de lo moral, y buscó generar un método basándose en la máxima: “No harás el mal, no por convicción de hacer el bien, sino porque es penado por la ley”.
Y es aquí donde nace la relación del arte con los vínculos sociales que vemos en la actualidad y la búsqueda de politizarlo. Y esto es porque se busca trastocar la estética contemporánea: no existe mayor valor moral que la denuncia y la inclusión, por encima incluso de la estética.
Miguel Ángel hace uso de un tema bíblico (Crucifixión de San Pedro) para aplicar con rigurosidad tanto la composición, como la perspectiva. El Renacimiento, al igual que los movimientos que se desmarcan hacia lo Clásico, tienden a favorecer lo matemático y la verosimilitud.
Pero considerar el Arte como ese eje de disidencia por una etapa específica sería un error histórico. Pues el Arte —el conjunto de artistas, mecenas y mercado— se ha prostituido con mucho placer en el ámbito del poder y siempre se ha sentado a la derecha de quienes lo financian. Y lo financiado no puede ser genuinamente disidente. Y no me refiero a la lectura casual de poemas en un bar alternativo, me refiero al estatuto que sostiene al Mundo del Arte.
En la actualidad sucede algo curioso: la victoria electoral de figuras conservadoras en América y el eterno avance de la extrema derecha en Europa muestran un giro hacia lo conservador. Curiosamente, es la Generación Z quien está jugando un papel importante, desencantada de lo progresista. Entonces, por lo visto, si los poderosos ahora son conservadores y los jóvenes un tanto igual, el Arte institucionalizado virará hacia lo conservador. ¿O no?
Si entendemos el arte moderno desde el materialismo dialéctico de Hegel, sí. Principalmente porque la antítesis del arte de la contemporaneidad debería ser un giro hacia un arte académico y clasicista. Por lo tanto, la síntesis, o sea el arte del futuro, virará de la mano del poder hacia lo clasicista, pero asumiendo realidades de la Posmodernidad. ¿Por qué sucedería así?
En primer lugar, si establecemos una línea del tiempo básica, encontramos dos esquemas:
1 Los clásicos: Grecia y Roma, Renacimiento y Neoclasicismo. Movimientos basados en el raciocinio, la belleza desde la matemática, la estética y, en último término, la Academia.
2 Los modernos: Edad Media, Barroco y Romanticismo. Movimientos creados desde la oposición a lo clásico, retomando valores más sentimentales y generando controversia por ser “antirracional”.
Por lo contrario, Caravaggio, pintando el mismo tema que Miguel Ángel, prioriza la angustia de San Pedro. Respeta los postulados de la estética (el Barroco respetaba la estética académica, con el tiempo otros movimientos modernos no lo harían); pero, aumenta el dramatismo al disminuir la verosimilitud: no crear una atmósfera real, solo crear la escena con un fondo negro, el claroscuro.
La Historia del Arte nos ha enseñado que el movimiento estilístico nace por oposición. El arte medieval se opuso al arte grecolatino; el renacentista, al medieval; el barroco, al renacentista; el neoclásico, al barroco y el romántico, al neoclásico. Por lo que, bajo esta lógica pendular, el Arte que está por surgir debe oponerse al Romanticismo, entendiendo, eso sí, que el arte posmoderno es su prolongación o al menos su etapa tardía.
Por lo tanto, si es así, significa que la esencia “moderna” está muriendo y, de la mano de los cambios políticos, surgirá a continuación un arte clasicista. ¿Qué evidencia tenemos? Primero, que todo lo “tardío” en el arte tiende a exagerar lo ya creado, desde una óptica manierista (intentar emular a los maestros del periodo clásico del movimiento) o desde una óptica exagerada (por ejemplo, el Arte Helenístico que exageró todo lo conseguido por Praxíteles).
Según esta óptica hegeliana, el Arte no está muriendo, sino mutando hacia un arte sintético, que priorizará lo clasicista, pero con aspectos que rescatará de la posmodernidad. ¿Cuáles?
Pero el Arte va más allá de Europa, entonces… ¿Qué sucede?
Ahora, si juzgamos el Arte con el lente moral de la actualidad, lo moralmente correcto es su capacidad inclusiva. Por lo tanto, la apertura de nuevas expresiones artísticas y de nuevos espacios históricamente excluidos se ha vuelto prioridad. Es una reivindicación a nuestra Historia, muchas veces ignorada. Si abrimos un libro de Historia del Arte, generalmente, todo lo amerindio, africano y asiático aparece en bloques cortos y compactos, donde se mezclan miles de años de historia.
La apertura de nuevos espacios nos ha permitido encontrar diferentes formas de abordar y ejecutar la producción artística. Se trata de una manera no europea de entender el Arte que se asocia más a lo comunitario que a lo mercantil. Y en ese sentido, la búsqueda posmoderna de la funcionalidad del arte se ha centrado en retomar las tradiciones enraizadas en lo precolonial y despojarlo de toda capa colonial.
El Arte no europeo nunca experimentó un Renacimiento, por lo que nunca tuvo la significación de la estética, ni una separación entre la utilidad y la contemplación. Y esto hace que, al despojarlo de la máscara colonial, muestre un rostro historicista, indígena y profundamente reivindicativo de aquello que la Colonia opacó para siempre, tras imponer su lectura del Arte. Y esa lucha por tener una voz no perecerá con el tiempo.
Pero ahora el péndulo gira hacia lo conservador y rechaza, por oposición, los postulados posmodernos. Esto nos invita a pensar que ese cierre dialéctico puede cerrar el pensamiento de inclusión geográfica. Pero eso no es del todo cierto. Recordemos que Hegel habla de tesis (esquema clásico), antítesis (esquema moderno) y síntesis (el arte del futuro). Por lo tanto, el arte del futuro asumirá mucho de lo posmoderno y, entre esas cosas, la inclusión de las diferentes formas de leer el Arte.
Lo que significa que los éxitos conseguidos para visibilizar nuevos espacios no caerán en saco roto. La inclusión de nuevos espacios es innegable y tratará de forzar y pujar por su propia voz y su parte escrita en la Historia del Arte.
Entonces, indistintamente de cómo se aborde, nos damos cuenta de que el arte del futuro buscará aproximarse a lo arraigado y tradicional. En Europa con un regreso a los valores de lo clásico; en América manteniendo el triunfo aperturista, que nos permitirá visibilizar las tradiciones precoloniales.
Esto nos lleva a pensar que el futuro del Arte se fundamentará en lo tradicional, lo orgánico: la novedad será volver a la contemplación a fin de acallar nuestras turbadas almas. Sin embargo, la inclusión de nuevos espacios, donde el arte es comunitario, abrirá una nueva forma de comprenderlo.
En este sentido, el arte aliado al poder siempre irá de su mano. Por lo que, en Occidente, el péndulo virará hacia un arte clasicista y, en los espacios históricamente colonizados, habrá dos vertientes: una “colonizada” que busque emular los postulados de la metrópoli y una más defensora de sus raíces.