Quejarse tiene mala prensa. Se le asocia con amargura, con negatividad, con esa tía que en cada Navidad encuentra un defecto nuevo hasta en el aire. Nos han vendido la idea de que la persona admirable es la que aguanta, la que “fluye”, la que sonríe incluso cuando el mundo le sirve un café frío y caro. Pero tal vez —solo tal vez— el problema no es que nos quejemos demasiado, sino que nos quejamos peligrosamente poco.
Empecemos por lo obvio: nadie arregla lo que nadie señala. La historia humana no está construida sobre personas que dijeron “bueno, ni modo”, sino sobre gente que se incomodó lo suficiente como para abrir la boca. Si hoy tenemos derechos laborales, acceso a servicios básicos o incluso cosas tan triviales como garantías en productos, es porque alguien, en algún momento, decidió que ya era suficiente y lo expresó. Probablemente con bastante fastidio.
Sin embargo, en la vida cotidiana moderna hemos desarrollado una extraña tolerancia al desastre. Nos sirven mal en un restaurante y respondemos con un tímido “todo bien, gracias”. Nos cobran de más y preferimos evitar “el momento incómodo”. Nos tratan mal en el trabajo y optamos por racionalizarlo como “parte del crecimiento profesional”. Hemos perfeccionado el arte de tragarnos la queja… y luego desahogarnos en privado, donde no sirve absolutamente para nada.
Es como si hubiéramos decidido que la incomodidad momentánea de decir “esto está mal” es peor que la incomodidad permanente de vivir con cosas mal hechas.
Y aquí es donde la queja se vuelve un acto casi revolucionario. Porque quejarse no es llorar por llorar; es establecer un estándar. Es decirle al mundo: “esto no alcanza”. Y eso, en sociedades donde lo mediocre se normaliza con rapidez sospechosa, es casi subversivo.
Claro, hay una trampa. No toda queja es útil. Existe la queja olímpica, ese deporte extremo en el que la persona se queja de todo, todo el tiempo, sin intención alguna de cambiar nada. Esa queja no construye: drena. Es ruido blanco con tono dramático. Pero la alternativa no puede ser el silencio resignado, esa forma elegante de complicidad.
Porque sí, el silencio también comunica. Y generalmente comunica permiso. Cuando no nos quejamos ante lo injusto, lo mal hecho o lo abusivo, estamos validándolo. No con entusiasmo, pero sí con eficacia. Es una especie de voto pasivo a favor del status quo. Y luego nos sorprendemos de que nada cambie, como si el universo fuera a interpretar nuestras molestias internas por telepatía.
Hay además un componente cultural interesante. En muchos contextos, quejarse se percibe como mala educación. Como si exigir calidad, respeto o coherencia fuera un exceso de carácter. Se premia al cliente “fácil”, al empleado “flexible”, al ciudadano “comprensivo”. Traducido: al que no molesta. Al que no cuestiona. Al que no incomoda.
Pero las sociedades que funcionan mejor no son las que tienen menos quejas, sino las que tienen mejores quejas. Más claras, más directas, más difíciles de ignorar.
Quejarse también es una forma de autoestima. Es reconocer que mereces algo mejor que lo que estás recibiendo. Y eso aplica para todo: desde un servicio mediocre hasta dinámicas personales o profesionales que se sostienen únicamente porque nadie se atreve a señalarlas.
Hay algo profundamente irónico en cómo celebramos la autenticidad, pero castigamos una de sus expresiones más básicas: decir cuando algo no está bien.
Tal vez lo que necesitamos no es dejar de quejarnos, sino profesionalizar la queja. Elevarla. Sacarla del terreno del berrinche y llevarla al de la exigencia inteligente. Quejarnos menos por reflejo y más por criterio, pero definitivamente quejarnos más de lo que lo hacemos ahora.
Porque lo contrario —la resignación silenciosa— es mucho más peligrosa de lo que parece. No hace ruido, no incomoda, no genera conflicto inmediato. Pero erosiona lentamente los estándares, las expectativas y, en última instancia, la calidad de todo lo que nos rodea.
Así que en lugar de respirar hondo y decir “da igual”, considera el pequeño acto de rebeldía que implica no dejarlo pasar. No tienes que montar una revolución. A veces basta con una frase incómoda en el momento correcto. Después de todo, si nadie se queja, todo funciona… mal.
Consultora política y Miss Universo El Salvador 2021