Daniel, Pedro y Carlos son solo tres adultos mayores de muchos que viven en mesones. Espacios que se ofrecen como una alternativa económica para quienes no pueden acceder a una vivienda propia
Daniel, Pedro y Carlos son solo tres adultos mayores de muchos que viven en mesones. Espacios que se ofrecen como una alternativa económica para quienes no pueden acceder a una vivienda propia

Cuando Daniel Pracedio Vásquez nació era julio de 1946: hacía un año que finalizó la Segunda Guerra Mundial, se conformaba la Organización de las Naciones Unidas, comenzaba la guerra fría y otros sucesos mundiales. Ahora tiene 79 años de edad, es pensionado; pero los $400 que recibe de pensión no son suficientes para mantener una vida digna, por ello ha optado por vivir en un mesón desde hace 22 años.

Su pequeño cuarto es de cuatro metros cuadrados. No tiene muchas pertenencias, solo lo necesario asegura: Una mesa de madera donde encima tiene un televisor antiguo que no enciende, un ventilador para el calor, una pequeña cocina eléctrica de un quemador por si quiere calentar agua para café, un freezer donde guarda su mercadería de helados que vende a algunos sorbeteros de la zona, que es su otro ingreso pequeño; un refrigerador, otra pequeña mesa donde tiene una bocina portátil, un depósito de medicinas y unas cajas donde tiene parte de su ropa. Antes tenía una cama, pero hace pocos meses decidió vender la base porque esta era muy grande y no cabía en su pequeño cuarto. Optó por dejar el colchón en el suelo y dormir ahí.
Daniel es un hombre que ha vivido solo la mayor parte de su vida. En 2004 llegó a un mesón de la 4a Calle Oriente, cerca de la Plaza Zurita, en el Centro de San Salvador, apenas recibía $200 aproximadamente de pensión en ese entonces. Anteriormente también vivió en cuartos alquilados, porque son una opción más económica para vivir. Ahora, vive en un mesón donde convive, en su mayoría, con personas mayores. Sin embargo, en su mente siempre existe la incertidumbre de que sus ingresos son ajustados debido al incremento del costo de la vida.
VER: Historias de sobrevivencia: Vivir sin una pensión o ingresos fijos en El Salvador
«Pago $70 de comida, a veces tengo que salir lejos, de ahí todo se va en comida o en la venta de mis productos de paletas. Solo me quedan unas fichitas para las golosinas», detalla mientras está sentado sobre su freezer. Daniel es alguien que no puede estar mucho tiempo parado, pues padece de un dolor intenso en las rodillas y, además, tiene un problema en su próstata que provoca que se inflame parte de su pelvis.

Vásquez trabajó 38 años en empresas de heladería. Tiene la convicción que siempre fue reconocido como un buen trabajador, pero lo que ganaba no le alcanzó para poder comprar una propiedad o vivienda a su nombre y en la ubicación que necesitaba cercana a su trabajo.
Cuando se jubiló, el dinero que recibió optó por utilizarlo para comprar un terreno para su familia en San Martín, pues atravesaban momentos de pobreza y dificultad de dónde vivir. Dejó un poco de dinero para él, pero decidió seguir pagando un cuarto en un mesón, porque no era suficiente para una casa.
Actualmente, paga $70 por su cuarto a unas pocas cuadras del Centro Histórico de San Salvador, donde ha pasado toda su vida. Si Daniel decidiera buscar una vivienda en la misma zona, difícilmente encontraría, y los alquileres que encontraría serían por $200 aproximadamente, o incluso más.

Las ocho décadas de Pedro
Una tarde de enero, Pedro Barahona pinta de blanco las láminas que sirven de paredes del cuarto que alquila en un mesón a pocos metros de donde vive don Daniel. Si bien no se conocen, comparten situaciones similares: ambos reciben una pensión, viven solos en un mesón, pertenecen a los adultos mayores que no poseen una vivienda propia.

El cuarto de Pedro es un poco más grande, alrededor de seis metros cuadrados. Adentro tiene unas cuantas pertenencias más: una cocina de cuatro quemadores, mueble de ropa, una cama, una mesa donde tiene electrodomésticos varios y hasta unos lazos que sirven para colgar su ropa. Todo en un mismo cuadrado.
Su vida en un mesón pasa lento a sus 81 años, asegura. Pero, dentro de lo que cabe, intenta disfrutar la tranquilidad de estar solo. Su esposa y madre de seis hijos falleció en 2011 a causa de leucemia. Sus hijos crecieron e hicieron su vida, la mayoría en el extranjero.
Barahona vive con lo que le alcanza de su pensión. Recibe $368 al mes porque le descuentan el seguro social. «Ellos saben que esta pensión no alcanza», dice al referirse la asignación para los pensionados. Sale justo con el dinero, asegura, y esto también no le permite buscar otro lugar donde vivir.

«Yo no quisiera estar aquí, pero es para lo que me alcanza. Quisiera una casa donde poder vivir más tranquilo, pero para nosotros ya es muy difícil», comenta con cierta resignación.
A Pedro le gusta vivir en el orden y, además, en ocasiones hace algún que otro trabajo de carpintería y fontanería, lo que el cuerpo le aguante para conseguir un pequeño ingreso extra.
Carlos, el sastre de 87 años de edad
Justo a la par de la habitación de don Daniel, Carlos Villalta es quien pasa los días en el mismo cuarto de cuatro metros cuadrados. Es, posiblemente, de las personas más recientes que llegó al mesón, tiene cinco años de habitar ahí.

Anteriormente, Villalta vivió con unos hermanos de la iglesia donde se congrega, ellos optaron por brindarle un techo y espacio en su vivienda cerca de San Salvador. Sin embargo, en 2021 ya no pudo continuar habitando en el lugar porque sus compañeros de religión debían mudarse.
Su congregación le ha echado la mano desde entonces, le ofreció ayudarle con un arrendamiento que no fuese costoso y también con sus necesidades básicas. A sus 87 años se siente con ánimos para continuar haciendo una de las cosas que más le gusta: servir en la iglesia.
Carlos decidió quedarse la mayor parte de su vida con su padre. Cuenta que fue él quien lo crió cuando su madre los abandonó, y también quien le brindó todo lo necesario para vivir. Tuvo oportunidades de irse a trabajar a Estados Unidos, México y obtener mejores ingresos para mejorar su calidad de vida; pero nunca quiso dejar solo a su padre.

Villalta no se dedicó a ningún tipo de trabajo formal. Aprendió varios oficios como la carpintería, fontanería, electricista por un tiempo. Pero el que más le atrajo: la sastrería.
Con una gran sonrisa, Carlos siempre recuerda la gran cantidad de piezas que elaboraba: sacos formales, pantalones de vestir, camisas formales, uniformes escolares, remiendos y la mayoría de cosas que le pedían elaborar, él las podía crear.
Ser sastre le permitió vivir con dignidad junto a su padre, quien trabajaba de jornalero. Pero cuando falleció, en el año 2000, dejó un vacío muy grande en su vida, porque fue su único compañero en todo. Tuvo que buscar otros lugares para vivir, ya que sus ingresos no le permitían costear el alquiler de una casa.
Ahora, Villalta vive con una relativa tranquilidad, esperando que los días pasen mientras sucede, según sus creencias religiosas, «un llamado de Dios».
Según Fundasal, una fundación que vela por el acceso a una vivienda digna para personas de escasos recursos económicos, registra que alrededor del 21% de la población femenina mayor de 55 años que vive en mesones es de la tercera edad. Esto se traduciría en 87 mujeres de la tercera edad de un estudio de 416.
En relación a la población masculina, la fundación registra un total de 360 hombres, de los cuales 69 son mayores de 60 años. Es decir, representa un 19%. En 2024 el Censo de Población y Vivienda registró cifra récord en habitaciones de mesones con una totalidad de 21,859, en comparación con el año 2007 que detalló 19,326.
Claudia Navas, investigadora de Fundasal, enfatizó que “más allá de los números, la población de la tercera edad añade a sus dificultades habitacionales las de movilidad por espacios no adecuados para su desplazamiento, los ingresos meguados por la discriminación por edad y el analfabetismo que es mayor en estas edades”.

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