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Ushuaia y el hantavirus

Ante este caso —y considerando que Ushuaia nos recuerda la pesadilla que vivió la humanidad en 2020— cabe recalcar que cualquier basurero en Latinoamérica reúne las condiciones críticas para convertirse en el epicentro de una nueva zoonosis con potencial pandémico, ya que los vertederos a cielo abierto actúan como gigantescos “reactores biológicos”.

Ushuaia es la ciudad más austral del planeta, capital de la provincia de Tierra del Fuego, Antártida e Islas del Atlántico Sur (Argentina). Es considerada un laboratorio natural por excelencia. Ubicada a los 54° 48′ S de latitud y 68° 18′ O de longitud, su emplazamiento en la Isla Grande de Tierra del Fuego la calificó como la ciudad más austral del planeta.

Dentro del contexto geomorfológico y tectónico, está estrictamente ligada a la orogenia andina y a la actividad tectónica regional. La ciudad se asienta sobre la porción terminal de la Cordillera de los Andes y está modelada por el contacto entre la placa Sudamericana y la placa Scotia, que interactúan a través del sistema de fallas Magallanes-Fagnano. El paisaje actual es el resultado directo de la última glaciación del Pleistoceno. El canal Beagle baña las costas de la ciudad y el paisaje es indescriptible.

En cuanto a su función geopolítica, que en un inicio estaba destinada a la población carcelaria para consolidar la soberanía argentina, ahora opera como “la puerta de entrada” a la Antártida, concentrando más del 90 % del tráfico marítimo turístico global hacia el continente blanco.

Hace unos años, unos primos visitaban Ushuaia y recibí un mensaje con la foto de una calle bonita, de estilo europeo y cielo nublado. Se podía apreciar un edificio con un rótulo que decía: Colegio Salesiano Don Bosco. “Mirá quiénes están por acá, en el Fin del Mundo (literal)”.

Con todo ese preámbulo sobre la ciudad más austral del mundo, que es un imán para expedicionarios y exploradores que se encaminan o embarcan hacia la Antártida, recientemente —en abril— tomó connotación internacional el caso de una pareja de turistas que descendió de un crucero para hacer turismo y tomar fotografías en Ushuaia. Según reportes, visitaron un basurero que atraía aves propias de la zona y, horas después, se infectaron con la cepa andina del hantavirus. Tras el suceso, muchos tripulantes del crucero MV Hondius también resultaron infectados.

Las autoridades de salud de la provincia de Tierra del Fuego niegan y desmienten rotundamente el origen del denominado “punto cero del brote”, y con justa razón, pues esto vendría a propinar un durísimo golpe a la economía local a través del turismo. Hasta mediados de mayo de 2026, el brote suma 11 casos confirmados y tres fallecidos.

Ningún basurero a cielo abierto, botadero o relleno sanitario es bonito ni huele bien. Son lugares donde pueden concentrarse algunas de las peores enfermedades e incluso futuras pandemias. En muchos países de Latinoamérica, estos espacios representan el fracaso de las políticas de gestión integral de residuos.

Según la comunidad científica y diversos infectólogos, el vector natural del hantavirus en Argentina es el ratón colilargo (Oligoryzomys longicaudatus), aunque existe el dilema de si habita o no en Tierra del Fuego; todavía faltan estudios para determinarlo.

Ante este caso —y considerando que Ushuaia nos recuerda la pesadilla que vivió la humanidad en 2020— cabe recalcar que cualquier basurero en Latinoamérica reúne las condiciones críticas para convertirse en el epicentro de una nueva zoonosis con potencial pandémico, ya que los vertederos a cielo abierto actúan como gigantescos “reactores biológicos”.

El lector preguntará: ¿por qué?

En cualquier basurero conviven múltiples especies, entre ellas roedores, aves, perros y gatos, además de vectores como mosquitos y garrapatas. Estas especies interactúan estrechamente y comparten fluidos sobre la basura. Esto permite que diferentes virus infecten simultáneamente a un mismo huésped, facilitando la recombinación genética y creando mutaciones más agresivas.

El mal manejo de residuos hospitalarios y biológicos ilegales agrava aún más el problema. En muchos vertederos de nuestra región se desechan de forma clandestina residuos patogénicos provenientes de hospitales o laboratorios sin ningún tipo de incineración o tratamiento previo.

Existen alternativas para evitar la proliferación de botaderos a cielo abierto y rellenos sanitarios cerca de nuestras ciudades. Una de ellas es clausurar y sanear los botaderos informales, así como tecnificar los rellenos sanitarios existentes. Una de las fuentes más importantes de contaminación es el lixiviado —líquido tóxico que se filtra al suelo— y que puede afectar pozos y aguas subterráneas.

Hay soluciones que requieren voluntad política para convertir un desecho pestilente en una oportunidad energética. Una planta de biogás es una de las soluciones más efectivas y transformadoras para aminorar de raíz la problemática ambiental derivada de la gestión de residuos. Al instalar una planta de digestión anaeróbica, se evita que la basura orgánica llegue a generar contaminación descontrolada.

El metano (CH4) generado por la basura orgánica en descomposición es un gas de efecto invernadero hasta 28 veces más potente que el dióxido de carbono (CO2). La planta succiona este gas mediante tuberías y lo quema de forma controlada para generar energía. Además, disminuye drásticamente el volumen de lixiviados que amenazan con filtrarse y envenenar las aguas subterráneas.

Y algo muy importante: al no haber basura orgánica disponible o expuesta, se corta la fuente de alimento de roedores, insectos y aves carroñeras.

Para fomentar una correcta implementación de estas tecnologías se necesita infraestructura, incentivos económicos, educación persuasiva y marcos regulatorios adecuados.

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