Seguir al Mesías exige discernir nuestras lealtades, visibilizar toda injusticia y afirmar que ningún gobernante está por encima del bien
Seguir al Mesías exige discernir nuestras lealtades, visibilizar toda injusticia y afirmar que ningún gobernante está por encima del bien

Juan el Bautista fue enviado como precursor del Salvador, para preparar al pueblo y disponerlo a recibirlo. Como heraldo de Cristo, su espiritualidad no estuvo desconectada de la realidad. Su proclamación de la soberanía de Dios cuestionaba a quienes gobernaban mediante el abuso, la propaganda y la violencia. Lucas sitúa el inicio del ministerio de Juan en el año decimoquinto del reinado de Tiberio, cuando Poncio Pilato gobernaba Judea, Herodes era tetrarca de Galilea y Anás y Caifás ejercían como sumos sacerdotes (Lucas 3:1-2). Las personas mencionadas poseían títulos, palacios, ejércitos y reconocimiento oficial. En contraste, Juan no tuvo ningún cargo institucional y, sin embargo, la palabra de Dios no llegó al César ni a Herodes ni a los sumos sacerdotes, sino a Juan, en el desierto.
De esta manera, el evangelio cambia la ubicación de la verdadera autoridad. El emperador controlaba territorios, Herodes encarcelaba a quienes quería, pero ninguno controlaba la palabra de Dios ni determinaba el futuro definitivo del pueblo. El Reino de Dios se acercaba para desafiar a los poderes humanos anunciando un orden que hacía frente al creado por los gobernantes.
Herodes Antipas era un gobernante dependiente de la voluntad del emperador. A este tipo de mandatarios se les identificaba como «gobernantes clientes». Ellos eran tolerados por Roma con el propósito de dar a las naciones conquistadas cierta impresión de autonomía y eran tolerados mientras garantizaran estabilidad social y fidelidad al Imperio. La permanencia de Herodes en su posición de tetrarca dependía de mantener el orden, recaudar impuestos y demostrar lealtad al emperador. En ese afán de mostrar su lealtad, Herodes fundó la ciudad de Teberíades, nombre que honraba al emperador Tiberio. Pero la ciudad era rechazada por la población por haber sido construida sobre un antiguo cementerio, condición que la hacía ceremonialmente impura.
El anuncio de Juan el Bautista de que venía uno que era «más poderoso» y que Dios estaba a punto de juzgar, declaraba que Herodes y Roma no tenían la última palabra. Sus gobiernos eran pasajeros y estaban sujetos al juicio de Dios. Juan no negaba que Herodes ejerciera poder, sino que negaba que ese poder fuera absoluto, sagrado o incuestionable. Juan bajaba la autoridad de Herodes de su aspiración divina a la realidad de la mortalidad humana.
El Imperio atribuía al emperador la capacidad de producir orden, seguridad y bienestar. Juan, en cambio, esperaba esas realidades de la intervención de Dios y del Mesías venidero. El asunto central era sobre a quién se otorgaba la lealtad. ¿Quién determinaba lo justo: los gobernantes o Dios? ¿Quién podía juzgar a quién? ¿De dónde procedía la seguridad y la salvación? ¿Qué reino merece la obediencia última? Juan respondió a esas preguntas mediante su conducta: Herodes también estaba bajo la ley de Dios. Por eso pudo decirle: «No te es lícito». El gobernante no creaba por sí mismo la moralidad ni quedaba exento de ella.
La predicación de Juan atrajo a un gran número de personas. Eso hizo visible una autoridad popular independiente de Herodes. Flavio Josefo relata en su obra «Antigüedades judías» que el tetrarca temía que la influencia de Juan sobre las multitudes pudiera provocar una rebelión y decidió encarcelarlo preventivamente. Los Evangelios destacan la denuncia que Juan hacía del matrimonio incestuoso de Herodes; Josefo destaca el temor político que producía su popularidad. Ambas explicaciones se complementan: la denuncia moral de Juan desacreditaba públicamente al gobernante y podía debilitar su legitimidad. La proclamación espiritual de Juan invocaba elementos políticos porque se trataba de cuestionar la legitimidad moral de un gobernante sostenido por Roma.
El ministerio de Juan el Bautista demuestra que la fidelidad a Dios nunca queda limitada al ámbito privado, como si fuera lo único que importara. Juan examinó y enseñó sobre las pretensiones, decisiones y abusos del poder. Su voz desde el desierto reveló que la verdadera autoridad no depende de cargos, palacios o ejércitos, sino de una conciencia sensible a la justicia divina. Aunque Herodes trató de silenciarlo, no pudo invalidar su testimonio. También hoy, seguir al Mesías exige discernir nuestras lealtades, visibilizar toda injusticia y afirmar que ningún gobernante está por encima del bien. La palabra profética permanece libre, incómoda y necesaria para todos.
Pastor General de la Misión Cristiana Elim.
2026 – Todos los derechos reservados
La realidad en tus manos
Fundado en 1936 por Napoleón Viera Altamirano y Mercedes Madriz de Altamirano.
Facebook-f Instagram X-twitter11 Calle Oriente y Avenida Cuscatancingo No 271 San Salvador, El Salvador Tel.: (503) 2231-7777 Fax: (503) 2231-7869 (1 Cuadra al Norte de Alcaldía de San Salvador)
📞 +503 7854 1557
✉️ anunciate@elsalvador.com