Busquemos todo aquello que puede hacernos mejores personas, recordando que en esta vida estamos sembrando todo aquello que recibiremos al dejar este mundo.
Busquemos todo aquello que puede hacernos mejores personas, recordando que en esta vida estamos sembrando todo aquello que recibiremos al dejar este mundo.
La Semana Santa, que inicia mañana con la solemnidad del Domingo de Ramos, es un tiempo que debe despertar en nosotros el ansia de la vida espiritual. Es una oportunidad para estar juntos, en familia, y crecer en la fe. Indispensable, cuando nuestro país, al igual que el resto del mundo, está sumergido en problemas de diferentes índoles, sobre los que poco o nada podemos influenciar.
Pero, ¿qué hacer, cuando no se ha adquirido todavía una vida de piedad?
Pues precisamente la Semana Santa es el momento adecuado para adquirirla y convertirla en parte de nuestra vida diaria. Que estos sean unos días en los que sí, se descanse, pero también se tengan prácticas religiosas que hagan de este tiempo un período muy especial y dejen huella perdurable.
Para ello, no nos compliquemos, haciendo propósitos que van más allá de lo que sabemos que podemos realizar. Los guías espirituales recomiendan prácticas que podrán irse aumentando a medida que las vayamos dominando, especialmente si nuestra vida de piedad ha sido bastante pobre. Aconsejan, por ejemplo, escoger un tiempo específico del día, dedicado a la oración y meditación, que puede ser tan corto o largo como cada quien lo determine, pero eso sí, NO NEGOCIABLE.
Una vez establecida esa buena costumbre, se irá viendo cómo todo nuestro hacer diario va cambiando, no porque el mundo sea diferente y nos dé la sorpresa de volverse maravilloso por arte de magia, sino porque nosotros, cada uno, tomaremos una actitud distinta, enfocaremos los problemas de mejor manera y buscaremos las soluciones con mayor serenidad. Y, finalmente, aceptaremos los éxitos con gratitud y los fracasos los asumiremos como enseñanzas, para saber cómo cumplir con el afán de cada día.
Y, con cumplir un único propósito – el de la oración y meditación diarias – habremos adquirido para siempre, esa riquezas de la que habla la Biblia, que no se corroe, sino que perdura eternamente.
Por supuesto, esos días santos tienen de por sí ya establecidas otras prácticas, que nos ayudan a medir el sacrificio infinito que Jesús hizo por cada uno de nosotros, y son un medio adecuado para crecer en la fe: las ceremonias del Triduo Pascual, tan impactantes, con el Vía Crucis del Viernes Santo y la Vigilia del Domingo de Resurrección, entrando a la iglesia a oscuras y haciéndose la luz, poco a poco, al ir encendiendo las velas con la llama del Cirio Pascual. Días en que se nos recomienda la abstinencia de carne, el ayuno con propósito de sacrificarnos, pero también de compartir con quienes pasan necesidades.
Todas esas prácticas tienen como finalidad el acercarnos más a Dios, pero también el hacernos conscientes de las obligaciones que tenemos hacia nuestros prójimos: limpiar nuestras mentes y corazones de rencores, poder perdonar y pedir perdón, hacer un examen general de nuestra vida y apartar todo aquello que nos daña, incluyendo personas que no son buenos ejemplos, o costumbres que nos hacen perder nuestro tiempo (que no es oro, como dicen, sino que es la materia prima de la que está hecha la vida). Busquemos, en fin, todo aquello que puede hacernos mejores personas, recordando que en esta vida estamos sembrando todo aquello que recibiremos al dejar este mundo.
Que esta Semana Santa sea de paz y bondad, y no haya hechos trágicos que lamentar.
Empresaria.
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